Expedicionarios

JORDANIA BIEN VALE UN... "AY CUANTO TE QUIERO".

¡Que raro!, quedamos 18 personas en la terminal 4 de Barajas y no solo todo el mundo está a la hora pactada (bueno salvo pequeño despiste de la familia Telerín) si no que algunos llegan con más de media hora de antelación. Sería que había ganas de irse. ¡Qué amable la azafata del mostrador de facturación!, que Alá confunda, quiso que lo hiciéramos todos a la vez para poner a todo el grupo junto en los asientos del avión. Que tetris hizo la tía, no se cómo consiguió separar tanto al grupo dentro del avión… total debió pensar que ya nos íbamos a ver mucho durante la semana para que ahora fuéramos juntos.
Hasta el metro tuvimos que coger hasta llegar a la zona de tiendas libres de impuestos previas a la puerta de embarque. Que de tiempo libre, pues nada a dar vueltas, a picar o a comprar alguna cosilla. Para darle un poco de incertidumbre, ya que el grupo estaba demasiado relajado, determinamos Juanki y yo gastar una bromita. Hicimos que adelantaran el embarque del vuelo media horita, con lo cual todos a buscarnos para alertarnos del cambio, el caso que un primer grupo llegó a la entrada y nos llamó desde allí para decirnos que o llegábamos ya o nos dejaban en tierra. Lo bueno fue cuando Juanki dejó deliberadamente su mochila con el segundo grupo mientras él ya estaba casi en el avión. Fue muy divertido ver como el cabreado controlador de puerta nos decía que si ese individuo había regresado a por su mochila y no volvía ya que le descargaban su maleta y se la tiraban a un contenedor con su pasaje. Y la mochila que se la había recogido Blanca y estaba con nosotros. Al final quisieron dejarle en tierra, pero como ya sabéis de que pueblo es el angelito, al final se coló dentro del avión justo cuando estábamos acelerando para el despegue y según entraba dijo “si sé que me va a sobrar tiempo hago unas tomas en tierra del avión despegando…”.

Vaya 2 azafatas que nos tocaron, una parecía una luchadora de pressing catch con la camisa de una barbie, que además tuvo la amabilidad de refrescar mis calores cuando me abrió la soda water y me echó la mitad encima y la otra que parecía una lámpara de esas de muñeco que le meten una bombilla dentro para que se le iluminen los ojos. Aunque lo mejor de todo, no fue la separación del grupo, o el que se terminara el chicken, o que te refrescaran sin tú pedirlo, lo mejor fue las parrafadas en castellano del piloto y sobre todo de la azafata por megafonía. Por una vez he preferido entender el inglés que el castellano jordano. Creo que sólo llegué a entender la palabra, gracias.
Después de 4 horitas y media de vuelo estábamos tomando tierra en Ammán. Sin incidentes con la recogida de las maletas y metidos en el autobús nos dirigimos al primer hotel para alojarnos, dejar las cosas, dormir una horita y empecer el primer día de marcha. Concha aprendió en el aeropuerto que la propina se da al final del servicio y no antes si quieres que el mozo que te lleva las maletas no desaparezca antes de tiempo.

La verdad es que los hoteles visitados estaban mejor de lo esperado, eso sí, respecto a las comidas todos están cortados por el mismo patrón y terminamos de comer del mismo tipo de buffet hasta las orejas.
Claro, como no había habido amenazas de castigo de por medio la primera citación fue un rosario de tardones; la familia Telerín, las Pin y Pon, y los Village People. Aunque al final tuvimos que esperar a que Pedriles se bajara del bus a buscar no se qué, que no encontró… mejor no preguntar no fuera a tratarse de un apretón de última hora. Nos llevaron un autobús nuevo que nos quedaba igual de apretao que unos vaqueros de cuando éramos jovenzuelos y se llevaban justitos. Menudo cubo rubick había que solucionar para poder meter las maletas, hasta en el pasillo llevábamos unas cuantas. Las rotaciones de asientos fueron gestionadas por Fer que nos hizo cambiarnos a cada parada que hacíamos. Yo, que hubiera dejado todo el viaje a los Village People en los asientos de las esquinas… eso por pedir pasillo e ir de comodones en el avión. Pues no se creen especiales por pasar de 1,90cm.

Rashad, ese era el nombre del guía que nos iba a acompañar durante todo el viaje. Hizo su trabajo correctamente y solo podemos poner en su debe que no nos acompañara en las inmersiones, aunque bastante hizo con venirse en el barco sin saber nadar atiborrado de biodramina. Pues junto a Rashad emprendimos camino hacia el norte y ¿no os parece extraño que a estas alturas de la crónica no haya aparecido Cristinita?. Pues aquí irrumpe, en esta ocasión como objeto de deseo. Llevamos durante 15 minutos a un tío con un Mercedes pegao al cristal de Cris como si fuera una calcomanía. Como parece que la churri no estaba muy por la labor, porque el Mercedes era de los antiguos, el despechado salió quemando ruedas a lo macarra-hortera y desapareció entre sollozos de frustración. Después de un par de horas de camino viendo que el paisaje podía pasar perfectamente por uno español llegamos a las ruinas de Umm Quais, destino metido de relleno que no tiene mucho interés, salvo por el punto, encima del monte, donde puedes divisar, Siria, Israel o Palestina, según empezó a contarnos Rashad, ¡qué manera de defender a los palestinos de la invasión judía!. Es curioso ver cómo en Jordania Hussein es un héroe, lo mismo es porque antes les daba la gasolina gratis y ahora les cuesta una pasta. Otra horita de regreso hacia el sur para llegar a Jerash, lo mejor del día con diferencia. Junto con el de Mérida, parece que es el vestigio romano que se encuentra en mejor estado de conservación: teatro, foro, camino triunfal, circo. Lo único es que hay algunas cosas que las han restaurado demasiado y se ven un poco artificiales. La vista desde lo más alto del graderío del teatro de toda la ciudad romana es espectacular.
La última visita del día fue al castillo de Ajlun; interesante pero castillos como esos tenemos cientos en España, con sus eucaliptos, sus pinos y sus olivos.
Cenita rápida, amenizada por artistas del lugar que regalaron nuestros oídos con músicas autóctonas, ¡madre mía!, como le pegaba uno al bombo, retumbaba el solo toda la sala. Después de haber dormido en cama sólo una hora (los desnuques en el bús dicen que no cuentan) todo el mundo a dormir que mañana hay más y además hay castigo de pagar el agua de todos para los que lleguen tarde.

Que raro, hoy nadie llega tarde, y eso que hemos tenido que hacer todo el equipaje para llevarlo al hotel de Petra, por qué será? Sin casi tiempo para los primeros desnuques del día en el bús llegamos al Mar Muerto, en el que estuvimos un par de horitas, la verdad es que ha sido una de las experiencias del viaje y no me refiero a los coqueteos de Almodovar y Macnamara con el encargado del vestuario masculino, que perdía más aceite que el Boris Izaguirre, me refiero a la sensación de meterse en un mar en el que no te puedes hundir, aunque quieras, y a la sensación de embadurnarte como un marrano en un charco. Pasamos un buen rato divertido entre manoseos de unos con otros restregando lodo, barro y simpáticas piedrecitas que te acarician desollándote la piel para que la sal del agua hiciera luego el resto del trabajo y así que no pudiéramos decir que el Mar Muerto no nos había dejado huella. Una duchita con agua dulce y unas compritas en la tienda de chouvenirs de productos para niñas y metrosexuales. Y al bús camino de Madaba para ver la iglesia de San Jorge, cuyo único atractivo es el mosaico de piedrecitas en el suelo, en la que con más de 2 millones realizaron un mapa de toda la zona. De allí al Monte Nebo, donde Moisés se quedó a un palmo de narices de entrar en la Tierra Prometida. Unas ruinas reconstruidas en las que un grupo de japoneses estaba haciendo una misa cantada y poco más, porque la calima impedía ver la vista. Lo más relevante fue la comprobación de todo el grupo del verdadero cariz del Faraón, que solo con enseñar un poco el gemelo desbocó las hordas de jovenzuelas que se destrozaban entre ellas por compartir unos instantes a su lado. Pedriles intentó llamar la atención por si pillaba alguna despistada y no se le ocurrió otra cosa que reventarse el dedo gordo del pie contra una piedra, el chorro de sangre fue generoso pero el éxito escaso. Menos mal que Navarriles fue presta en su auxilio y socorro y con un buen torniquete se evitó la amputación. Rashad quiso persuadirnos de no subir a las ruinas del castillo cruzado de Souback y que nos conformáramos con una vista panorámica, vano intento, hasta la picota más alta que quedaba en pie llegamos. Si el mismo Gibraltar hubiera estado por allí lo hubiéramos tomado al asalto. Normalito sin más. Volvemos por la bajada empinada con el bús camino del punto más anhelado del viaje, Petra.
En menudo momento se le ocurrió a Rashad, una vez instalados en el hotel, decirnos que si queríamos ir a un baño turco a que nos dieran un masaje. Incautos de nosotros, los 12 del patíbulo nos decidimos a pasar una horita y media por 15 dinares (18 euros). Cuando llegamos al lugar nos dicen que el masaje solo es de 10 minutos… imbécil de mi, les digo que por lo menos que sea de 15 a cada uno, así me hubieran dao en la lengua con el mismo guante que el enano desgraciao me desolló el cuerpo entero. Para no entrar en muchos detalles, te despelotan de todo, te meten a sudar como un puerco, te pasan una lija por todo el cuerpo y luego un chichirivainas que no tiene media leche te hace pasar 10 minutos de calvario. ¡Que cabrón!, con esos dedines cómo puede hacerte tanto daño, creo que aún me duelen zonas del cuerpo por las que pasó el Atila aquel, al que parecía que le debíamos algo. Para terminar, nos espera la recepción, embutidos con 3 toallas, turbante y zuecos y una bebida de hierbas para que se te pase el sofocón. De vuelta en nuestro hotel y después de la cena, donde nos enteramos que Salido había disfrutado de los placeres de la borrachera de las profundidades, volvieron a hacernos el truquito de la Haima en la que te invitan a una pipa pero en la que te cobran bien el té que te ofrecen.
La última sorpresa del día fue la habitación VIP que dispensaron al Faraón. Este hotel debía ser la pera hace 20 o 30 años y esta habitación tuvo que ser el sueño de muchos Tony Manero. Subida como en una tarima una cama redonda inmensa, con una colcha rojo chillón y rodeada de espejos. Vamos que sólo faltaba la bolita de cristalitos dando vueltas encima. Eso sí, con la excusa de probarla celebramos allí una pedazo de orgía de las que se recordarán en la historia de Topodiving. Lo siento pero entenderéis que no deba entrar en más detalles. Después del fiestón cada uno a su habitación que mañana es el gran día.

Creo que por mucho que intente explicar lo que fue la visita de Petra esto es una de las cosas que hay que verlas y poco contarlas. Según el comentario generalizado no decepcionó a nadie. Nada más llegar tuvimos una imagen como sacada de un espectáculo del bombero torero, unos cuantos del grupo decidieron hacer unos metros a caballo, cuales Indiana Jones, hasta la entrada del cañón. Fue gracioso ver a Alvarito sentado en su rocín dando con la punta de los pies en el suelo. Los 1200 metros que hay que recorrer por el cañón de entrada al cementerio y después ciudad Nabatea están envueltos en una magia especial, incluso de fondo casi podíamos oír los sones de una afamada película que se rodó por allí. La primera imagen que tuvimos de la fachada del tesoro entre las grietas del cañón será inolvidable y eso que precisamente estaba dándole el sol en ese momento y el reflejo no te dejaba verlo con detalle. Que bárbaro es aquello, y eso que aún queda mucho por excavar, esos tíos no dejaban ni un solo hueco en las rocas, estaban todas horadadas para hacer sus panteones, que luego terminaron siendo sus viviendas. Y si ya de por si tenía poco atractivo, los romanos hicieron allí un teatro y un palacio, incluso se ven los restos de lo que fue un castillo cruzado. Mención a parte tiene la subida al monasterio, que es lo mismo que el tesoro pero en lo alto de una montaña a la que tienes que ascender por un camino endiablado esquivando pollinos que trasportan jinetes de oronda figura. La recompensa de ascender es buena, aunque no tanto por la visión del panteón, la vista que hay detrás es de las que merecen la pena contemplar y de las que se te quedan grabadas en la memoria. Lo que es increíble es la poca vigilancia que tienen estos monumentos. Allí los niñatos se dedican a escribir grafitis en las paredes con la mayor naturalidad del mundo. Acción que pudimos contemplar estupefactos a la vez que Pedriles continuaba con su colección de afecciones y se hacía un pequeño esguince en el tobillo.
Tras la bajada del monasterio comimos lo poco que nos dejó un grupo de 100 puertoriqueños que llegaron antes que nosotros y acabaron con la barbacoa. Que tamaño se gastaba alguna de esas mozas, algún pollino todavía está derrengao de cargar con ellas. De vuelta hacia el tesoro el grupo se dividió, los que quedamos atrás pudimos vivir momentos de aventura inusitada escalando una de las paredes, sorteando peligros, gritos cristiniles, fieras salvajes ladrantes de casi más de un metro de altura, guiris aterrados fuera de control, etc. Lo importante es que al final conseguimos el objetivo y nos reagrupamos. Si alguna vez vais por allí no penséis que dentro de las tumbas vais a encontrar algo, en todas ellas solo hay una pequeña sala excavada en la roca que no tiene ningún tipo de decoración. La última foto de grupo en la fachada del tesoro a modo de despedida y vuelta al cañón para desandar los 1200 metros hechos por la mañana. Sin lugar a dudas la foto para el recuerdo es ver la fachada del tesoro totalmente rosa entre las grietas bañada por la luz del atardecer. Se termina el día grande del viaje tomando camino hacía Aqaba, a la que llegamos por la noche. En el hotel tenemos una pequeña reunión con la gente del centro de buceo para que podamos planificar los 2 siguientes días de buceo. Después toca la reunión con todos los buzos para contarles todo y organizarnos un poco. Como siempre, la reunión se alarga entre risas, bostezos y preguntas.

Primer día de buceo con los naturales nervios de estos casos, acrecentados por un vientecito y una corriente en superficie que no esperábamos. El paseo en el barco caracol es muy placentero y las inmersiones las hacemos las 3 casi en el mismo sitio. La vida submarina que vemos es la típica coralina del Mar Rojo pero algo más esquilmada. De la primera inmersión podemos destacar la visita a un tanque haciendo la parada de seguridad. La barbacoa de pollo y atún que nos hicieron para comer, que rompía con la monótona comida de los buffets de hotel, fue recibida con el beneplácito general; bueno va, se olvidaron del postre. Hasta Rashad, aterrado antes de subirse al barco, parecía relajado y tranquilo. Al final Lucia se tuvo que quedar en el hotel con unas decimillas de fiebre… o ¿esa fue la excusa para quedarse un día sola en Aqaba a su libre albedrío?.
De vuelta al hotel la sorpresa fue mayúscula, Alá sea loado, lo que es capaz de conseguir la magnificencia y el embrujo de un Faraón. La Navarro, encabezando un intento de agasajo divino grupil entró en un McDonalds… sí, sí, habéis leído bien, en un McDONALDS y compró un menú completo para obsequiar al desconcertado Faraón. Este día estará por siempre señalado en el calendario.
Mientras que el Habibi, el cabeza Telerín y los Village People se iban a hacer una nocturna, el resto nos fuimos a pasear por Aqaba pasando de la cena del hotel a la búsqueda de un Kebad. Finalmente fue encontrado aunque más de uno no era lo que esperaba. Fue divertido degustarlos a la vez que descubríamos los recónditos vericuetos de Salido y Her Direktor… que tío, en su despedida de soltero le dieron permiso para echar una cana al aire. Claro que no tuvo… para hacerlo. Por cierto, son muy finos, tienen yeguada particular y practican la equitación.

El segundo día de buceo empezó con la baja de Rashad en el barco, ya tuvo bastante experiencia el día anterior, y el alta de Lucía, por fin todos en el barco. Repetición del lento trayecto con mejores condiciones que el día anterior. Vamos a bucear en el destino más esperado, el Cider Pride, un carguero de 85 metros. Dos inmersiones necesitamos para verlo al completo, hasta pasamos bajo su quilla a unos 30 metros de profundidad para en la segunda meternos en sus bodegas, esquivando peces león, hasta descubrir una burbuja de aire a 15 metros dentro del casco del barco. Tras las 2 inmersiones de la mañana a recuperar calor, que el agua no estaba como en verano y el semi seco, en vez del corto, se agradece. Unos gráciles saltitos desde la cubierta del barco, cual delfines melodiosos, dieron pie a la comida, de nuevo una barbacoa, con plátano de postre y pastelillos con almíbar. La última inmersión fue un infierno para unos y una delicia para otros, un par de tortugas fueron a despedir a uno de los grupos, antes de que Salido se encargara de ponerla pies en polvorosa, es que la pobre pensaba que las íbamos a capturar para hacer sopa con ellas. Para terminar, un pequeño bautizo para Guille y Maribel. Con el aire restante de las botellas les hicimos comprobar un poquito lo que se sentía allí abajo. Menudo susto, eh Guille, menos mal que pudimos esquivar el ataque del pepino de mar asesino. Cristinita nos amenizó con unas cuantas piruetas circenses, pedimos que continuara en una barra vertical del barco y ya no quiso.
Y se acababa nuestra relación con el buceo en este viaje. Propina, bromitas, exaltación de la amistad, uno de los guías ligando con Concha, la rompecorazones, cantos regionales, en fin, lo típico de la despedida. Rashad nos esperaba en el puerto para cumplir la promesa que le hizo a Fer de conseguirle un buen Kebab. Cenita en el hotel y paseito para comprar pistachos por el pueblo para rematarlo con un buen McFlury. A dormir que mañana toca desierto y retorno a la capital.

Una horita de camino de bus y ya estábamos a las puertas del desierto de Wadi Run. Si, parece mentira pero ya le ponen puertas hasta al desierto. El punto de partida desde el que se cogen los todoterrenos. Nos hicieron falta 3, uno cubierto y los otros 2 a pleno soletón y con el aire mandando a hacer puñetas alguna permanente. La excursión duraba aproximadamente un par de horas y se visitaban un par de puntos, la fuente de Lawrence de Arabia y un cañón con pozos de agua similar al de Petra. Como la fuente estaba llena de gente fuimos primero al cañón, que fue lo mejor que vimos allí, es sorprendente el fresquito que hacía entre sus paredes en comparación del calor de fuera. Efectivamente había pozas con agua, aunque de dudoso aspecto. Tras disfrutar un rato del lugar nos dirigimos a la decepcionante fuente de Lawrence. No había nada de nada, nos señalaron un punto en la parte alta de la montaña donde decían que manaba una fuente y ni tan siquiera te permitían subir a verla. Unos de los “modernos” 4x4 que llevábamos decidió que estaba cansado para arrancarse y tuvimos que empujarlo, menos mal que no se hizo de rogar y nos llevó de vuelta a la salida.
Es una pena que estuviéramos allí tan poco tiempo, la verdad que el paisaje era espectacular, grandes montículos de piedra entre valles desérticos con camellos retozando a su antojo. Junto con Petra, el Mar Muerto y el Cider Pride, lo mejor del viaje.
Camino hacía Ammán paramos en el típico lugar donde llevan a todos los turistas a comer y cuando nos esperábamos lo peor resultó que fue la mejor comida, para muchos, que habíamos hecho hasta ahora. Por entonces el conductor de bús ya le había tirado los trastos a Concha, que no paraba sus conquistas. Chica, quédate por allí que te vas a poner las botas. Con eso que tenía un poquillo de tos el hombre se buscó la vida para conseguirle un bebedizo que se la apaciguara, aunque en realidad la bebida era una pócima de amor para encandilarla. Nunca sabremos si surtió efecto.
Otra vez nos encontramos llegando al hotel de Ammán que nos recibió, algo menos cansados que la primera vez pero también más tristes por la inminencia del final. Antes de irnos cada uno a nuestra habitación, nos despedimos de nuestro guía Rashad, no sin antes darle unas golosinas de regalo y que nos dijera dónde se comían los mejores Kebad, o como también les llaman, shawarmas de la ciudad.
Un ratito para dejar los trastos y ya estábamos en la puerta del hotel de nuevo para dar una vueltecita por la ciudad. Como Álvaro y Pedriles habían quedado con un par de churris para acostarse con ellas (la fiebre y la calentura) sólo fuimos 16, de manera que 4 taxis. 2 dinares para cada taxista, excepto el del Faraón, que magnánimo y generoso obligó a Fer a que le diera 3. Eso sí, a todos se les pidió que nos llevaran a la puerta del teatro romano y a cada uno nos bajaron en un sitio diferente.
Cuando llegamos a la puerta del teatro una vez reagrupados nos lo encontramos cerrado, pero gracias a un lugareño que nos explicó que subiendo por la calle de atrás se podía ver desde arriba, pudimos contemplarlo desde el cuidado jardín de un chalecito que dominaba la vista del atardecer y los dos teatros romanos, uno grande y otro más chico que parecía de juguete. Fue aquello tan bucólico que estrechamos lazos los unos con los otros y nos abrazamos de la emoción, dejándose entrever alguna lágrimita, incluso alguna tuvo que buscar un apartado para miccionar del subidón.
Ahora viene una de las grandes incógnitas del viaje. Estábamos paseando por el centro de la ciudad por la zona comercial con miles de tiendas por doquier de todo tipo de cosas, cuando de repente Pedro desapareció, tardamos 15 minutos en encontrarlo, haciendo varias expediciones de rescate. Fueron minutos de tensión, temíamos lo peor, aunque para mis adentros pensaba que si lo habían raptado, no eran muy listos los captores, anda que se habían llevado al más manejable del grupo. Cuando finalmente apareció descartamos esa hipótesis y la excusa de que se había metido no sé donde a comprar una camiseta, como que no coló. Solo él sabrá qué ocurrió verdaderamente en esos 15 minutos sin su inseparable Álvaro y su grupo.
De nuevo a convencer a los taxistas para que nos llevaran al hotel por 2 dinares. Algunos tuvimos la oportunidad de dar un pequeño turf por la ciudad hasta que el taxista se enteró de donde estaba el hotel. Por cierto, la conducción no es tan caótica como en Egipto, pero cuando ven un Stop, allí es señal de acelerar, vamos como aquí cuando se pone el semáforo en ámbar.
La cena la pasamos entre carcajadas gracias a Juanki que nos contó su anécdota de esa mañana con un camarero habibi amigo suyo. Siento no entrar más en detalles; quien quiera que se los pida en directo a él.
A la camita a pasar la última noche en Jordania, aunque algunas aprovecharon para deleitarse viendo el Señor de los Anillos en inglés-moruno, altamente emocionadas, en vez de ir a perderse por los garitos de perdición de la noche.
Por la mañana otra de captura de taxis para ir a ver la Ciudadela, ya que descartamos ir a la mezquita azul. No teníamos mucho tiempo y había que aprovecharlo bien, como creo que lo hicimos. La Ciudadela fue mejor de lo esperado, sobre todo por las magnificas vistas que tiene desde sus murallas de todo Ammán que la circunda. Casi nos metemos en un conflicto diplomático con Jordania porque a Tomás no se le ocurrió otra cosa que intentar colarse en la entrada, menos mal que la técnica Disney solventó el problema.
Tras esta visita decidimos hacer un poco de deporte y echar una carrera en busca del lugar de los shawarmas que nos contó Rashad el día anterior. Tras media horita de acelerado paso escuchando los descubrimientos en el aparatage buceador de Salido, llegamos al tele-shawarma en cuestión. La verdad es que el esfuerzo mereció la pena, estaban de rechupete y alguno que empezó comiéndose sólo medio terminó apretándose un par de ellos completos. Ah y encima, bien baratos. Rashad estaba en lo cierto y nos había encaminado bien. Con la barriga llena, corriendo al hotel en otro taxi que se nos echaba la hora encima.
Al aeropuerto de nuevo, entre charlas sobre el horario de vuelta a casa de Guille por las noches en Madrid y la paga que le dan sus padres. Maribel, lo mismo hemos sido una mala influencia para tu niño.
Salvo algún que otro cacheo en la puerta para meter las maletas y que los muy guarros le dieron a Cristina el mismo billete que a mi para que volara sentada en mis rodillas, no hubo más episodios reseñables y al igual que en la ida, consideraron que ya nos teníamos muy vistos y volvieron a esparcirnos por todo el avión. Debieron pensar lo de Napoleón de “divide y vencerás” por si nos daba por organizar un motín, secuestrar el avión y que nos llevaran a Maldivas o a Galápagos.
Tras 5 horitas de vuelo llegábamos a las 10 de la noche a Madrid y tras recoger las maletas, por suerte no hubo ni roturas ni pérdidas, comenzó la despedida. Los momentos que se vivieron en la sala de aquel aeropuerto no pueden reproducirse en unas líneas: la desolación de la gente viendo a los integrantes de la expedición fundidos en un único abrazo, llorando la desgracia de la separación era patente y tras varias horas de constantes conjuras y promesas de amistad eterna cada uno marchó a su casa… bueno excepto los Navarro que tuvieron que acercarse a un hospital a hacerle un pequeño chequeo a Pedriles que parecía que había regresado de la guerra de Irak.

Pues hasta aquí llega el relato de esta aventura jordana de Topodiving, si has conseguido llegar a leer hasta aquí sin dormirte eres todo un campeón/a. Hasta la próxima…

El viaje en capítulos gráficos