Expedicionarios
Mercedes

Por tierras africanas

Autor: Juanra
Archivo: Barran
Oceánicos en la Sabana

Parecía que se había cubierto una etapa, y que las expediciones oceánicas iban a modificar su formato. Han sido varios años de duro trabajo y quizá era el momento de cambiar las cosas.Sin embargo, alguien puso un hilo delante de la organización con un cartelito que anunciaba un destino espectacular al otro lado. Y la organización tiró del hilo. Tanto, que hizo madejas y con las madejas jerséis. Hubo que deshacer muchos nudos en el hilo. Pero los jerséis iban saliendo, aunque hubo que deshacerlos y rehacerlos muchas veces, y cada jersey era más complicado que el anterior. A veces no había luz para tejer, y hubo quien aportó luz. El trabajo ha sido largo y duro, y sólo con la motivación de hacer un viaje inolvidable, irrepetible, insuperable, y sobre todo que fuera capaz de hacer realidad los sueños, quizá ocultos, de muchos de los expedicionarios.

Este año, el reto que se planteó la organización era extraordinario. Pero lo ha superado con creces. Este es el diario de lo que es sin duda (hasta ahora), el mejor viaje Oceánico: Mozambique, Sudáfrica y Swazilandia. ¡Con dos cojones!.

Viernes 11 de agosto de 2006

Aquel día amaneció soleado. Había sido una noche larga, llenando y vaciando de nuevo el mochilón de buceo para ver si encajaba las putas bolsas de ibéricos que siempre acababan estorbando. Cada uno utilizaba sus trucos: Vicente, las intentó meter enrollándolas para que entraran entre las juntas tóricas (pensó que con la grasilla, irían ya engrasadas y no necesitaría vaselina, con el consiguiente ahorro de espacio), Cepe lo intentó entre los mapas y las hojas de rutas, pero se le embadurnaban de grasa, y al sumar kilómetros no le salían las cuentas. Almudena las guardó metidas en los escarpines… JuanRa no llevaba ibéricos, sino camisetas oficiales para la organización local de Maputo, y después de tanto meterlas y sacarlas, se hizo un lío y no supo de quien era cada una, incluidas las suyas.

En fin, que cada uno con sus bolsas se presentó en el aeropuerto, unos en el coche de familiares o amigos, otros en taxi, y alguna en furgoneta de alquiler de 15 metros cúbicos. Habíamos quedado en la T2 del aeropuerto de Barajas a las 16:00 horas. Los últimos en llegar fueron Palomino y JuanRa, debido a la imposibilidad de cuadrar el inmenso maletón de Palomino en el maletero, o quizás fue por el largo pasteleo de despedida de Juanra con Tere. Ah nooo, el último en llegar fue Elvira y además después de la hora de citación.Nos pusimos en la cola roja, y a esperar. Como todos los años, apareció el listillo de Fernando diciendo: “No os preocupéis, que aquí me conocen. Dadme los pasaportes”.Tardamos en los trámites unos 15 minutos, lo cual no está mal para 18 personas. Es lo que tiene ser el Boss.

El vuelo a Lisboa se pasó volando… Y ya en Lisboa, ante la tesitura de esperar 2 horas en la sala Vip, porque en Oceánica tenemos clase, pues unos pocos nos decidimos por ir a dar una vuelta. Fernando, que sabe idiomas, preguntó en Información la manera mas barata de ir al centro de Lisboa. Porque en Oceánica tenemos clase, si, pero poco dinero. Y le dicen que sí. Que hay un autobús para turistas que, enseñando el billete, te lleva gratis. Un español que está en la cola, nos oye y nos comenta que sí. Que hay taxis y que no tardan nada al centro. Salimos a la puerta, y Vicente pregunta a un … bueno no se lo que era pero llevaba uniforme, y le dice que sí. Que los autobuses son los amarillos, pero que no son gratis desde hace por lo menos 2 años. Así que con esta información tan precisa decidimos sacar el mapa e irnos andando. “¡Hostia, que el centro está a tomar por culo!”. No importa. Hay que adaptarse. La aventura es la aventura “Vámonos a las instalaciones de la Expo. Es fácil: calle abajo”.

Pues fue orientar el mapa, y ya estábamos perdidos. “¿Cómo coño se llega a la calle que se ve ahí en frente?” Le hicimos esa misma pregunta a un policía que estaba regulando en tráfico que llegaba al aeropuerto. Pero debe ser que no nos entendimos mucho porque acabamos cruzando por donde Dios nos dio a entender, pisoteando el césped, y esquivando coches. Pero ya estábamos en la calle que nos llevaría al barrio construido para la Expo de no se que año. Fue salir del aeropuerto, y los edificios empezaron a ser cada vez más cutres. Tanto que cada vez andábamos más juntos y más deprisa, no sea que nos tomaran por el Racing de Oporto o algo así y nos apalearan. Nos dejó impresionados ver en uno de los edificios que vimos de camino, que tenían una barbacoa de obra en la terraza (sí, he dicho de obra, y sí, he dicho en la terraza). La tenían encendida y con unas llamas que subían al piso de arriba. Pero debía ser bastante normal, porque aquí y allí se veía en medio de la fachaza el hollín del fuego. Alguno de los inquilinos de los edificios nos saludaba cuando apuntaba Reyero con la cámara. (¡Dios. Que no les de por bajar a conocernos!).

Fue cruzar una calle, y llegamos a la zona de la Expo. Con edificios de lujo, coches de lujo, restaurante de lujo, estatuas de lujo, gimnasio de lujo y hasta una pija de lujo haciendo spinning en el gimnasio, que nos ofrecía un generoso escote, mientras pedaleaba. Cuando se dio cuenta de los 4 tíos vestidos de rojo la miraban y cuchicheaban, nos ofreció una mirada de desprecio, que nos hizo salir de ensueño, y nos fuimos a ver el Tajo. Poco que ver, y ala, para el aeropuerto. Mientras volvíamos, llegamos a la conclusión de que el dinero para remozar los barrios de la Expo, se acabó en un cruce, y no hicieron zona de transición. Donde llegó el dinero, quitaron los suburbios, y el alcalde dijo, hasta aquí, e hizo una raya en el plano. Y el de la barbacoa y sus amigos, se quedaron al otro lado. No me gustaría hacer ese trayecto yo solo y de noche.

Mientras tanto, en el aeropuerto, los que se quedaron, dando paseítos aquí y allá, pasaron el rato viendo como una señora negra inmensa atascaba un pasillo mecánico al volcar un carro acorde con su talla. Fue espectacular.Una vez recuperada la unidad del grupo, nos fuimos a la zona del embarque, y a volar a Maputo. Más de uno hacia esfuerzos por no dormirse por si se perdía la gran cena que nos habían anunciado en un folleto. Como en las bodas. Cena, con búsqueda del pollo, manta, almohadón y a dormitar. Hubo alguno que tuvo pesadillas con un niño que no paraba de chillarle en el oído. Pero amaneció y la tripulación nos ofreció un desayuno excelente, aderezado con olor a humanidad, principalmente del final de las extremidades inferiores. Y tiradas de cadena.

Sábado 12 de agosto de 2006

Una vez desayunados y aseados (cada uno en la medida de sus posibilidades, y gustos: unos con lavados checos, otros con lavados de gato con toallita aromática), recibimos las instrucciones de Palomino para quitarnos las camisetas y no llamar la atención e impedir que pillen todos los ibéricos. Así que hubo jornada de “me importa un güevo que me veas el sujetador” y de “como lo ha hecho la tía?, ni me he dado cuenta”. No debían saber que éramos un grupo, así que la consigna era: “Yo a este/a no la conozco, y seguramente lleve droga”.

Desembarcamos con cansancio pero buen humor y con la mente abierta como buenos viajeros que éramos (muestra de ello fueron los cometarios del tipo: “Ese era el hijoputa del niño” o “échate más Relec que ya bajamos”, “Si es que tienen un olor muy fuerte” o “Huelen a sudor todos”). Ya en a cola de los pasaportes, recibimos la instrucción contradictoria de ponernos otra vez la camiseta roja de Oceánica. A alguno la CPU le ”crujió”, pero conseguimos rearrancarlo. Ahora éramos oficialmente la selección española de buceo para pasar mejor por la aduana Mozambiqueña y que no nos registren los maletones . Shit yourself little parrot!

Pues la cosa salió bien. Lucimos con orgullo la camiseta y los colores de la bandera nacional. No siempre se es represéntate de España en algo. Una vez fuera del edificio del aeropuerto, había que irse a por los coches. Juntamos todos los maletones y las mochilas de mano para tenerlos controlados. Los “cargamaletas” nos miraban asombrados.Una avanzadilla se fue a por los coches de alquiler que teníamos reservados: 5 Kia Río. No teníamos muy claro como eran los Kia Río, pero Dios, que es grande y todo lo ve, cuando vio el tamaño del Kia y el montón de maletones, se escojonó e hizo que estuvieran agotados los Kia Río, con lo que nos dieron dos Kía Shuma II y un Kía Picanto (más conocido posteriormente como “El Huevo del Elvirita”. El coche mas pequeño que llevábamos y el que lleva al ocupante mas grande (Oli). Dos metro de ocupante. Y es que los oceánicos somos sufridos), un Ford Ranger pickup 5 pax, un Ford Ranger pickup 2 pax. ¡Menos mal!. Si no fuera por las Pickup, hubiera habido que atar con pulpos los mochilones al parachoques de los coches para que fueran sobre sus propias ruedas. Los conductores se dieron unas vueltas por el parking del aeropuerto, para acostumbrarse a conducir con el volante a la derecha. No sirvió de mucho porque estuvieron los 16 días esquivando ramas, cunetas, morenitos, dando al limpia en vez del intermitente y entrando por la puerta del copiloto.

Una vez cargados los bártulos, nos pusimos rumbo al centro de Maputo. Al alojamiento que nos albergaría durante nuestras estancias en Maputo: la Pensao Martins. La jugada de los ibéricos estuvo bien. La de los coches mejor. ¡Pero claro! Todo no iba a ser igual, y algo tenía que fallar. El de la Pensao decía que por Topodiving no le venía nada en el libro de reservas. Después de tirar del hilo, resulta que el dueño a todo el que llamaba le decía que tenía habitaciones libres. Y claro, se llenó antes de que fuéramos nosotros. Así que amablemente nos reservó el hotel Kaya Gwanka (mas conocido como Calla Juanra). Allí si que parecía estar todo en regla. Dejamos el equipaje. Un poco de desodorante para tapar el olor, y ala! a comer algo con la hermana de Fernando, Maria, y el causante del tremendo hinchazón de tripa que lucía. Nos llevaron al restaurante Mimmos, sito en la avenida del 25 de julio (día en el que Mozambique consiguió su independencia en aquel glorioso año de 1975), donde la flor y nata de Maputo se reunía. Chicas y chicos espectaculares, y más de un “europeo” feo con morena despampanante debajo del brazo, lo que da que pensar…

La comida la pagó el fondo de Oceánica. Pero los que estaban ávidos de comprar regalos y tener independencia económica, necesitaban cambiar dinero. Así que nos fuimos al Centro Comercial Polana a cambiar dinero. Cola interminable de blancos con camisa verde, conseguir moneda mozambiqueña (Meticales) y sudafricana (Rands). Así que con los monederos abarrotados de billetes de tres países distintos, y dos sistemas monetarios diferentes nos fuimos a gastar unos cuantos millones de meticales en comida para nuestras estancias en Sudáfrica e Inhambane. Cansados ya, volvimos al Calla JuanRa. Pero aún había que ir a llevar las maletas de buceo y parte de la compra a casa de Maria para que se quedaran allí hasta que volviéramos de Sudáfrica. Unos cuantos voluntarios y otros cuantos forzados, se fueron en las pick-up a llevar la carga. Allí conocimos al guardia de seguridad del vecino, que nos iba a echar un vistazo a las maletas durante nuestra ausencia. Dejamos las maletas y nos quedamos tranquilos pensando que era una zona segura y que era normal que en las zonas tranquilas como esa los guardias de seguridad llevaban porra de madera y un fusil a la espalda. En cualquier caso, si robaban, no se llevarían nuestro tesoro mas preciado, el secador de Cristina: Vicente se vio obligado a protegerlo, llevándoselo escondido en el cinturón, tratando de evitar el escarnio público. No lo consiguió.

De nuevo rumbo al Kaya Gwuanka. Todavía se dudaba en los cruces, pero la destreza de los conductores iba en aumento. Las ojeras llegaban hasta los carrillos, así que hubo que levantar el ánimo con una buena cena de ibéricos en la terraza del hotel. Una ducha y a la cama. No hubo fuerzas de luchar contra los mosquitos: El aire acondicionado a 15 grados, y que tiriten… Aun así a alguno le picaron. Puede que con el frío, los mosquitos se arrejuntaran al calor de las mantas.

Domingo 13 de agosto de 2006

¡Dios! como duele madrugar tanto. A algunos se nos había olvidado lo que era esto de las oceánicas. ¡Pues ala! deprisa y corriendo para llegar tarde y que no nos pongan un warning.
- ¿¡Donde coño hemos quedado?!
- Si. Ya se que en los coches, pero ¿donde están?
- ¡Jooodeeeeeeeerrrrrrr! El primer día y ya llegamos tarde.
- ¡Oye!, que ya no queda nada en las habitaciones (dicho de manera que parezca que hemos estado revisándolas mientras que los demás cargan los bolsones en las furgonetas).
No parece que haya mosqueos. ¡Pues a Sudáfrica!

Salimos de Maputo observando cómo la ciudad despierta. Nada mas dejar la almendra de la ciudad, no quitamos ojo de los puestos que hay a los lados de la carretera. Parece que la vida circula en torno a ella. Es increíble: Se vende todo: desde fruta hasta boaserís (sobre esto, me pregunto si le darán cera a las boaseris como a los jarroncitos de madera para hacerlos brillar…). Nos causa sorpresa que las calles y las carreteras no están desechas como cabría pensar. Los coches tampoco están destartalados, ni mucho menos. No tardamos mucho en llegar a la frontera con Sudáfrica. Nos impacta la diferencia que hay en apenas 10 metros. De un lado te leen con escáner el pasaporte, y en el otro, después de rellenar un informe de vida laboral, que ya me contarás para que coño quieren saber de que trabajas, te lo leen con el ojo del … a juzgar por lo que tardan. Bueno, pues ya estamos en Sudáfrica. Aquí el paisaje cambia. Mucho mas modificado por el hombre: plantaciones enormes, riegos, etc. Llegamos a Cocodrilo Gate: Nuestra puerta de entrada al Parque Kruguer, que con una extensión equivalente a Extremadura (alguien tiró el rasero y dijo que era equivalente a Portugal), es uno de los mas grandes del mundo.

- ¡Que con coches normales no se puede pasar! Y que cojamos una furgoneta con guía. ¡No te jode!
- Anda dile que llevamos cuerdas, somos muy fuertes y llevamos las páginas amarillas y a Cepe como guía. ¡Vámonos!

Una entrada por coche y pa’dentro. Al poco de entrar, frenazo.

- Que es eso?
- Y yo que se!
- Una vaca!
- ¡Como va a ser una vaca! Será un buey de esos, o un bisonte.
- No se lo que es pero es grande y lo tienen en el zoo de Madrid.

Ese fue el comienzo. Luego se sucedieron las caras de asombro, admiración y sobre todo los aspavientos. El huevo estuvo a punto de volcar un par de veces al irse todos sus ocupantes hacia el mismo lado para ver algún animal. Quizá por eso el huevo pinchó, y hubo algunos recelos a la hora de cambiar la rueda:

- Cámbiala tu, que así aprendes.
- Coño y si viene un león?
- Pues ya si eso doy aviso yo.

Pero lo que al principio fueron recelos, luego fueron risas al ver la miieerrda de rueda de bici que tenía como repuesto. Pero era eso, o exponerse a los buitres. Así que la cambiamos. Los animales se sucedían. Y ya estábamos desatados. Estaba prohibido sacar el cuerpo por la ventanilla, pero hasta nos bajábamos para hacer mejor la foto. Entre parada y parada llegamos a la hora de comer, y no habíamos hecho ni la mitad del camino que habíamos pensado (”¡Putos elefantes!”, repetía Cepe. “Me van a joder el promedio”). En un área cuya única protección era un cartel, si que permitían bajarse del coche, así que nos dispusimos a dar cuenta de la ración de ibéricos del día. El olor atrajo a numerosas aves exóticas que parecían interesadas en degustar la grasilla de los plásticos. Con la andorga llena, a seguir viendo animales. ¡Que espectáculo!

- ¡Coño! una gasolinera. Hay que joderse, lo grande que tiene que ser esto para haber gasolineras dentro de un parque nacional.

Estación de servicio de Satara. Pues a llenar los depósitos y a arreglar los pinchazos.

- Pero que hace con ese punzón!

A Oli hubo que agarrarle entre 4 para que no se abalanzara contra el mecánico. Sufre el síndrome de Pikanto, que consiste en pasarse 3 horas seguidas arañandote la cara con las rodillas, pero cogiendo al coche un cariño que no se puede explicar con palabras. Solo con hechos como estos. Resulta que allí las reparaciones de rueda las hacen metiendo un cacho de espuma en el agujero. El tío decía que lo garantizaba por 10 años o 100.000 kilómetros. A nosotros con que aguantara unos días nos sobraba. Cepe empezaba a hiperventilar. No atinaba a decir una palabra detrás de la otra. Solo decía que no con la cabeza, daba golpes con la calculadora sobre el mapa, buscaba el norte con la brújula, mientras pronunciaba la palabra “puerta”. Después de un rato, consiguió hacerse entender: Nos quedaba un güevo para llegar a la puerta de Phalaborwa, que es por la que queríamos salir, antes de la hora de cierre de la puerta. Alguien dijo:

- Si nos pasamos la noche dentro, la cena está garantizada, pero hay que salir a matarla.

Había que tomar decisiones drásticas y había que tomarlas ¡ya!: A Porlaborda a toda hostia.El límite de velocidad dentro del parque era de 50 km/h, pero nosotros íbamos a unos 80 km/h.

- Mira un elefffnnnnte.
- Una jirrrrrffa
- ¿Que?
- Un rincrnte
- ¿Dónde dices?
- No. Ahí atrás. 2 kilómetros atrás.
- ¡Dios! no quiero ni pensar que en una curva nos salga… ya no digo un elefante. Un jabalí de esos de los cuernos, o una gacela. Como no salte…
- ¡Hostia si! es una jirafa.
- ¿¡Pero qué dices!? Era un hormiguero.

Al final llegamos a la salida con tiempo para hacernos fotos antes de que cerraran. ¡Nos ha jodido! ¡Hemos despeinado a las cebras…!. En la ciudad de Porlaborda nos acercamos a un supermercado a comprar agua, y después a buscar el hotel que nos acogerá durante dos noches: el African Lily Lodge. Después nos fuimos a cenar a un restaurante-parrilla típico americano. Manda güevos, irnos casi a las antípodas para acabar en un americano. Eso si, era muy intimo, porque había tan poca luz que apenas veíamos al comensal que teníamos enfrente. Loreto pidió un par de helados con sirope “aquí and aquí”. Ante la insistencia de Loreto, la trajeron un cántaro de sirope. Había sirope para los helados, pero también para la pasta, para las costillas y para las pizzas. Pues ala! con la andorga llena, a la cama. Pero antes había que montar las mosquiteras y eso era harina de otro costal. Hubo que usar cuerdas, cordinos, pulpos y alcayatas, pero al final aunque algo estrambóticas, quedaron bien. Hubo quien, además se embadurnó de Relec, embadurnó también la mosquitera, encendió la espiral, se puso el zumbido antimosquitos, y se apretó la perla de ajo y la pastilla de la malaria antes de meterse en la cama

Lunes 14 de agosto de 2006

Toque de diana consistente en golpetazos en las paredes para despertar al vecino, y desayuno en los apartamentos. Hubo despliegue de sobaos, cereales, galletas, leche, zumos, batidos… Al salir al aparcamiento, el guardacoches corricolari nos vio y nos hizo sus reverencias con la mejor de sus sonrisas indicándonos que nos había limpiado los coches. Considerando como acabaron el día anterior, realmente estaban bastante limpios.

Nos pusimos de nuevo de camino al parque Kruger. Pero esta vez nos fuimos a otra zona, pensando que conoceríamos sitios nuevos. Visitamos unas minas de cobre, que decían que tenían 500 años. Alguno se extrañó de ver, después de 500 años, lo bien que se conservaba las cañas del tejado, y lo avanzado de esa tecnología que conocían el cemento Pórtland. También visitamos el museo del elefante. Sin embargo, animales no vimos muchos, quizá porque lo comparábamos con lo del día anterior, en el que terminamos ahítos de tanto animal.

Comimos la ración diaria de ibéricos en ruta y salimos por la misma puerta pensando que aunque no habíamos visto gran cosa ese día, el balance era muy positivo, considerando además que habíamos visto 4 de los cinco grandes. Nos fuimos a cenar por Porlaborda y a los apartamentos. Nos llevamos una grata sorpresa porque sin saber cómo, las camas aparecieron hechas y aparentemente las mosquiteras que las cubrían no fueron tocadas.

Martes 15 de agosto de 2006

Ese día madrugamos tanto que el guardacoches corricolari se tambaleaba cuando corrió al vernos. Cargamos los maletones en los coches, encajamos a Oli en el huevo y nos fuimos a visitar varios sitios de camino a Maputo. Llegamos a Blyde River Canyon (¡oh yea!), justo después de que pusieran las barandillas, los árboles y el rió del fondo. Nos habíamos pasado madrugando. Después visitamos la Cascada de Berlín, una caída de agua impresionante. Nos asomamos justo desde encima del chorro. Se les había olvidado poner algún tapón por ahí arriba. En fin, todo sea por que el turista esté satisfecho. Seguimos y nos hicimos un caminillo que acababa en un mirador sobre una extensión enorme de bosque maderero, lleno de pistas forestales y poblados de trabajadores. Era increíble la cantidad de madera que sacaban de ese bosque. Había montones de camiones y hasta un tren de madera. Paramos en “Pregúntale_a_Cepe”. Una población llena de simpáticos lugareños para decidir donde comíamos y aprovechamos para cambiar dinero. Había una cola bastante larga, y nos toco detrás de un tío que olía a una mezcla de orín, alcohol y sudor que echaba para atrás. El tío, que era ya mayor, o no era muy espabilado o estaba algo borracho. Ante la tesitura, dejamos a Loreto y Mercedes con toda la pasta para que cambiaran. Los demás esperamos fuera. Por supuesto de vez en cuando entraba alguno de nosotros o bien para comprobar que era cierto lo del olor (que se fue extendiendo por toda la oficina de cambio), o bien para ver que seguían conscientes y de pié nuestras dos exploradoras.

Paramos a comer en un pueblucho de 4 casas llamado Pillgrim, pero con cuatro árboles que nos daban cobijo. Hubo un reparto anormal de la comida de tal modo que la mitad del grupo se hinchó a comer la paletilla ibérica a costa de la otra mitad que se tuvo que conformar con oler el bocadillo del de al lado. Todavía está el juicio pendiente ya que se está investigando el asunto para ver si hubo premeditación. Como colofón a esta comida campestre, hubo una muestra de sucesivos potorros a los automovilistas y a algún viandante desde una cuneta, mientras las féminas oceánicas hacían sus necesidades. Llegando a la frontera pasamos por Valencia (la de allí), y contemplamos sus naranjas, que no tenían nada que ver con las de aquí. Hubo que reprimir a alguno para que se bajase del coche a mear en los naranjos para dejar claro a los sudafricanos quien manda en esto de las naranjas.

Llegamos a la frontera con la hora pegada al culo, como siempre y lo que en el lado sudafricano fueron 15 minutos, se prolongó durante 3 horas en el lado mozambiqueño. Se les había caído el sistema, decían. ¡No te jode!, ¡pero si usan papel de calco! Igual querían cobrar horas extra. Mientras que nos hacían los trámites, unos cuantos se pusieron a jugar al fútbol con una pelota de goma-espuma. Quisieron hacer un partido internacional, invitando a un lugareño a jugar con ellos, pero éste declinó de mala manera la invitación refunfuñando en algún dialecto mozambiqueño ininteligible para nosotros. Quizá fue porque la invitación consistió en un balonazo en la cabeza del invitado, con el balón, que era de esponja, mojado y por la espalda. Pero no desistieron, siguieron con el peloteo hasta que un guardia fronterizo les dijo algo cuya traducción debió ser algo como: “si os cojo la pelota os la meto por el culo empujándola con la porra ”. Pues ya legalmente en territorio Mozambiqueño, nos dirigimos a la Pensao Martins, en Maputo. Ahí íbamos a dormir. ¡Ja! Otro quiebro de cintura con pase torero incluido del recepcionista de la Pensao. Allí se quedaron sólo 2 expedicionarios, el resto al hotel Villa das Mangas. Pintaba bien hasta que nos contaron que unos estarían en el propio hotel, y otros en unos apartamentos situados en la misma calle. Ahí se montó la marimorena, pero no con el del hotel, que era lo que tenía: los apartamentos o la acera; sino entre nosotros.

- ¡Yo no duermo con esa, que ronca!
- ¡Yo no duermo con ese, que me he enfadado con él!
- ¡Yo quiero dormir con este!
- ¡Si, que te lo has creído tu!
- En una cama de matrimonio ¡no!, que tienes las uñas de los pies largas.
- A mi me ha dicho Dino que la cuide.
- ¡Si, pues inténtalo!

Después de una distribución por habitaciones un poco caótica, unos cuantos nos fuimos a cenar a una especie de Doner Kebak. Cenamos sin hablar demasiado (estábamos muy cansados) y nos fuimos a nuestra morada de esa noche: el hotel VillaMagna. Fue el final de un día muy duro.

 

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