CRÓNICA DE OCEÁNICA 2.008

Cuba es un desastre si te sales de los paquetes organizados por grandes touroperadores y más para tener un viaje organizado de mucha gente. Casi nada sale como estaba pensado. Casas que te quitan porque otro ha ido ese día antes que tú y como ha pagado se la queda. Cambios de hora del vuelo interno, de las 08:00 de la mañana a la 01:30 con nocturnidad y alevosía.

En fin, un poco caótico pero esto es Oceánica y la aventura es la aventura, nunca sabemos que va a pasar la hora siguiente.

De lo visto en La Habana y Santiago es una auténtica ruina y hay disparidad de opiniones, hay a quien no le ha gustado nada y a quien si. Camaguey ha sido lo mejor de las primeras ciudades visitadas, sobre todo el campanario de la iglesia donde se divisa toda la ciudad y el fiestero nocturno en la plaza con todas las churris del grupo guarachando (como le dicen aquí a restregar la cebolleta bailando). La Lidi si que triunfo esa noche, que tía, un abuelo de 60 años no la dejó ni a sol ni a sombra y la Virgi sin salir en su ayuda esperando que aprenda a defenderse.

Menudo repasito el de la Gordo al Reyi por quedarse aturdido y babeando al ver a una mulatona tremenda. Si es que ya no nos dejan ni mirar, cuando todas sin excepción y digo TODAS se ponen las botas con los mulatones y con los noruegos que iban en el avión.

Hemos tenido durante el viaje un juicio y un condenado, aunque la pena impuesta ha sido leve. Reyi fue denunciado por la Barrantas y secundada por Almu, por decir a una lugareña que la camiseta que llevaba no era nada importante. Lamentable el abogado defensor, que no fue otro que Elvirita, de ahí que fuera fácil conseguir una condena al reo.

Nos hemos encontrado con Tomás y Maribel en Júcaro y tras un viaje de 3 horas mar adentro hemos hecho la primera inmersión de chequeo que ha ido bien. Jardines de la Reina es la leche, incluso el hotel flotante es mucho mejor de lo esperado, eso si, se nos han quitado las ganas de darnos un chapuzón desde el hotel pues un pedazo caimán de 2 metros viene todas las tardes a pedir su ración de pollo.

Menudos colores turquesas tiene el agua por allí y los manglares no digamos, que estos si que son de verdad. El primer día completo de buceo finalizó con 3 inmersiones. Para que os hagáis una idea nadie ha dejado de hacer ni una de los buceos contratados. Ha sido un día espectacular, aquello es la leche, es como si no existiera el mundo y nos hubieran dejado este reducto para nosotros solos. No hay absolutamente nadie. Las inmersiones de la mañana han sido adrenalina total, tiburones por todas partes, disputándose los pescados que bajan los guías y comiendo a otros peces despistados que pasan por allí. Hasta las novatas se metieron en esa vorágine porque van mejoraban a pasos agigantados.

Pedazo mero de 100 kilos y 2 metros de largo y de remate, entre inmersiones no te devuelven al hotel, te dejan en una playa paradisíaca, prácticamente virgen, donde las caracolas campan a sus anchas como supongo hace años ocurría en muchos lugares; iguanas, pelícanos, flamencos rosa. Bufff, Cepe como diría Juanra, nada especial que no vayas a ver en tu puta vida. Y encima cuando vuelves te están esperando con mojitos y pizza y para cenar langosta a todas horas y pescadones como los que aparecen en las bacanales romanas.

A esas alturas los gerges, pequeños mosquitos, ya se habían cebado con algunos como Reyi, Almu y Vicente, pero a parte del picotazo y un pequeño granito no hacen nada más.

Lo de las langostas no tiene nombre, fijaros si la gente estaba hasta el gorro que en la cena siguiente sobraron más de 7 que me temo que terminaron en la basura o cuando menos en el fondo del mar. Tras la cena subida a la cubierta alta del barco/hotel, de fondo una pedazo de tormenta descargando rayos y encima nuestro, totalmente despejado, con una vía láctea espectacular.

Un nuevo despertar a las 7 de la mañana para salir a las 8 camino de nuestra nueva ración de adrenalina. El primer vistazo que echas al fondo nada más tirarte del barco es para ver que a unos metros tuyos tienes 10 tiburones dando vueltas esperando que bajes. Los guías esconden un gran jurel congelado entre las rocas y todos nos ponemos alrededor. Madre mía, más de 20 bichos metiéndose constantemente entre nosotros, hasta 3 veces se han topado con mis aletas. Hasta que el más grande, ha conseguido sacar el jurel y todos los demás como locos tras él para ver si le quitaban algún pedacito.

Lo de la parada también tiene su miga, 3 minutos rodeados de escualos reclamando que un jurel es poco desayuno y que de los 20 solo uno ha comido y el resto no. Nadie quiso tirarse a hacer pis antes de que saliera el barco de nuevo. La playita donde nos dejaron para hacer tiempo hasta la segunda inmersión ha sido de película. Estaba repleta de iguanas y de jutías, roedores grandes parecidos a los castores. Se han puesto las botas con los aperitivos que llevábamos. El resto del grupo se ha quedado en el agua mientras me he ido a recorrer la playa. Igualito que en nuestra costa, montañas de caracolas, vivas y muertas, mantas rayas, cangrejos rey.

La segunda inmersión ha sido muy parecida a la primera. Es impresionante ver como un tiburón se traga una barracuda de más de un metro de un bocado. La tercera muy tranquila en un jardín de coral. Esta zona adolece de una gran variedad diferente de peces, pero de los que hay son muchos y grandes.

Para terminar hemos hecho snorkel por los manglares, millones de alevines, un chucho de más de un metro, medusas huevo frito y lo mejor un caimán de un metro, que no es lo mismo verlo desde el barco que en el agua, eso sí, ha pasado de nosotros olímpicamente y eso que yo tenía un mondadientes preparado para metérselo en las fauces y que se le quedara la boca atrancada.

Diossss se acerca la hora de cenar... otra vez langosta...

Esto no es normal, que forma de sudar tras haber encadenado 5 merengues seguidos terminando con un acelerado perico ripiao y eso que eran las 11 de la noche.
Se oye de fondo el estruendo del bailoteo y la salsa en la cubierta del barco/hotel pero no tardando mucho se cumple con las damas que han solicitado acompañamiento para una sevillana, ya sabéis, no iba a ser todo baile autóctono, teníamos que poner la perlita española.

Otro día más con vorágine entre tiburones, la verdad es que no se cansa uno de verlos y de que te acompañen durante toda la inmersión. En la primera inmersión, cuando todo el mundo había subido al barco y solo estábamos Reyi, Elvira y yo aún en el agua teníamos más de 15 tiburones de 2 metros el más chico, casi rozando las aletas. Ninguno quería ser el último en salir del agua. Por la tarde hemos hecho la mejor de las vespertinas y para cerrar después de eso nos hemos perdido por los canales de manglares en busca de la roca de las langostas, que no tiene más de 3 metros cuadrados pero pueden haber allí apelotonadas 50 langostas. Después estuvimos en el sumidero, algo muy curioso, un agujero en mitad de la nada que se comunica con la parte profunda del mar por el que se va todo el agua cuando baja la marea y cuando sube sale como un surtidor. Hay un remolino de peces brutal, a parte de medusas de mil formas y colores, aderezados con rayas y un tiburón nodriza.

A la vuelta cena con espaguetis, langosta y pescado con jamón y queso y de remate tarta de chocolate... como iban a dejar de bailar las churris con todo ese aporte de calorías.

Los Reyis casi abren una sucursal por allí de la Mallorquina del pasteleo constante con el que nos regalaban hasta casi la arcada. Para que no penséis que allí todo es idílico los mosquitos hicieron su mella, la zodiac esa tarde se piñó contra una tortuga o eso decía el patrón para excusar que termináramos todos rodando por el suelo. Para mí que se dio contra el fondo.

Para el día siguiente tocaba volver a la ruta por carretera para terminar en Trinidad y pasar allí 3 noches.

A punto de saltar al barco que nos lleve de nuevo a tierra firme, con 3 horitas de travesía, la última inmersión para buscar los martillos ha sido infructuosa, aunque en su lugar hemos tenido un mero brutal de más de 100 kilos acompañando toda la inmersión. Lo mejor ha sido la sensación de ir buceando por una pared en la que el fondo estaba a 1.000 metros. Eso de mirar para abajo y perder la vista en la inmensidad del abismo es la leche.

El buceo se acababa, felices y contentos y sin ningún problema significativo.

A la llegada a Júcaro nos despedimos de Tomás y Maribel, pues ellos llevaban otro destino diferente con su coche de alquiler. A nosotros nos vino a recoger Raúl, nuestro chofer, que fue uno más del grupo y con el que nos lo hemos pasado muy bien, excepto Raquel que no se llevaba muy bien con él, las bromas habituales que le hacía no la sentaban muy bien. Menudo monstruo el tío, que manera de disparar, no perdía ocasión de sacar el revolver para ligar con cualquier churri que se le acercara, menos a las nuestras a las que en ese sentido tenía amplió respeto, como amplio era su repertorio, su catalogación de churris era muy peculiar; gajitos, ramitas, tronquitos, y tanquecitos, según su tamaño y edad. En general todo lo acechable se identificaba como manguito.

Camino de Trinidad pasamos por Santi Spiritus. Como de costumbre al llegar a Trinidad y eso que allí íbamos a estar 3 noches tuvimos que desparramarnos en varias casas, pero siempre no más alejadas de un par de cuadras como allí le dicen a las calles. Eso sí, en general las habitaciones fueron del agrado de todos. Las cenas se hacían de forma individual en cada una de las casas. Esa noche tras un ligero paseo a la cama pues al día siguiente teníamos la subida a Topes de Collantes.

Menudas cuestas y menudas curvas tuvimos que subir con el ómnibus para llegar hasta allí. La mañana estuvo muy bien pues las 2 caminatas que hicimos fueron espectaculares, a través de sendas selváticas. La primera hasta la cascada Caburní sin parar de descender, un salto de agua en el que la mayoría nos dimos un buen baño, menuda sensación pasar de agua de mar a 30 grados a las gélidas corrientes de río de no más de 18 o 20. Ahora tocaba subir todo lo bajado, solo de pensarlo nos entraban sudores, por lo que la mitad del grupo salimos con la idea de desandar lo andado para hacer la segunda marcha y el resto pasaron de ir a la cueva de la Batata para hacer una subida más tranquila. El agua con gas que me tomé en el chiringuito del comienzo del sendero, tras una hora de cuestón, fue la que mejor me supo de todo el viaje

Los cubanos no tienen mucho sentido de la pendiente. Confiados por sus indicaciones de que el camino a la cueva era más llano que el anterior nos encontramos otra bajada importante, lo que significaba luego subirla. El agua de la cueva estaba tan fresquita que hasta nuestro chofer se resfrió para el resto del viaje cuando le obligamos a que se metiera. En venganza no tuvo otra ocurrencia que empapar una zapatilla a un sueco que se la había dejado al entrar a la cueva para que no se le mojara. Fue una mañana bastante intensa. Aunque eso no se noto en algunas, que por la noche se dieron una buena ración de salsa con los morenos lugareños en las escaleras de la plaza, fiesta organizada por la casa de la música para la horda de turistas que allí había. La Lidi fue la estrella y no paró ni un momento y si no hubiera sido porque la Pulga la puso firmes y la mandó para casa, la noche la hubiera pasado al raso con el profesor de baile que al día siguiente dio clase al resto de las churris del grupo. La noche terminó con la tremenda charla que nos metió el vigilante de seguridad de uno de los garitos sobre política y el estado de la nación. Esa tarde como es habitual en Oceánica pasamos por las manos de los masajistas para darnos una satisfacción, eso sí, en esta ocasión no hubo tocamientos en exceso como otrora.

La mañana siguiente fue de las peores para Reyi, perdió el balón de voley en Jardines y tocaba jornada matinal en playa Ancón. Su confianza del principio asegurando que conseguiría un balón fue resquebrajándose a medida que preguntaba donde encontrar donde comprarlo y tras visitar varios lugares se dio por vencido y su ridículo fue estrepitoso, aunque no se fue muy cruel con él por el empeño que tuvo en solucionarlo. Playa Ancón resulto entretenida, sobre todo por el partido de fútbol playa que echamos contra unos cubanos, 5-4 fue la victoria gloriosa del equipo español, que no quiso hacer sangre de sus enemigos que además ponían el balón. Eso sí, los rasguños, heridas y magulladuras fueron variopintos. Lo mejor de la playa caribeña era ver como los pelícanos hacían vertiginosos picados para alimentarse a pocos metros de donde nos estábamos bañando.

Por la tarde nos hicieron una visita exclusiva para el grupo en el museo romántico de la ciudad, en el Palacio Giraud. Ver como vivían en los tiempos coloniales los hacendados fue muy interesante. Previamente las chicas tuvieron su clase de salsa y el resto nos entretuvimos en el bar la Cachánchara, tomando su cóctel especial en vasitos de barro y escuchando música en directo. Teníamos previsto subir una montaña para ver las vistas del valle de los ingenios azucareros y del mismo Trinidad pero un tormentón que duró toda la noche nos lo impidió. Eso sí la visita a la cueva que por la noche se convierte en disco no faltó, aunque como siempre los más akojonados en cuanto vieron que la llegada a ella era a través de una zona oscura recularon y se quedaron sin conocerla por gallináceas. Finalmente algunos terminaron en la casa de la Trova moviendo el esqueleto que estaba a cubierto evitando el aguacero.

La mañana siguiente camino de Cienfuegos fue algo triste pues Vicente nos dejo para regresar a Madrid. Ya solo quedan 4 grandes, que no se han perdido ni un solo minuto de las 7 ediciones oceánicas. Paramos en el jardín botánico de la Soledad, que aunque no fue, ni mucho menos, como el de Sri Lanka del año pasado, estuvo interesante. Al llegar a Cienfuegos otra vez desperdigue general en 6 casas diferentes. La cruz nos la llevamos Almu y yo, nuestra habitación era un criadero de mosquitos, perdimos la cuenta tras matar el número 28 y comprobar que seguían quedando muchos más. La cara fue para los Barrantes que casi son adoptados por la madre y la hija que los albergaron, creo que se han prometido amistad eterna. Cienfuegos es la ciudad que mejor se conserva dentro de la ruina general de todas las ciudades del país. Un largo paseo por los barrios turísticos y en algún caso no tan transitados por los guiris, para akojone de alguna nos hizo finalizar el día, no sin antes subirnos a un cutrecoche de caballos por antojo de nuestras féminas y de dar un paseo por el malecón, que estaba inundado de jovenzuelos de todo tipo ligando por doquier. Mañana era el día de los cenotes.

Mucha era la inquietud de la gente por esta primera experiencia con los cenotes. Hay opiniones para todos los gustos, estamos a los que nos ha encantado, a otros solo les ha parecido entretenido y curioso y en algún caso como Raquel no creo que la volvamos a ver en una similar.

Aquello era una incógnita porque no sabíamos que nos íbamos a encontrar, por mucho que intentaba organizar algo con tiempo siempre me respondían a todo lo que preguntaba que todo estaba OK y que ya nos contarían cuando llegáramos. Normalmente esto es garantía de encontrarte un desastre pero por una vez nos equivocamos y aquello lo tenían bien organizado, incluso pensando que íbamos a usar botellas de la segunda guerra mundial nos encontrábamos estrenando botellas nuevas de acero de Mares.

Nos dieron un completo breafing donde la gente pudo aclarar todas sus dudas y donde todos decidieron meterse, porque hasta ese momento no se tenía muy claro quien iba a entrar y quien no. Nos dividieron en 2 grupos, uno de 5 y otro de 6 y unos fueron a la cueva de los peces y el otro al Brinco, para en la segunda inmersión intercambiarnos. El centro de buceo está a 30 metros de la entrada de la cueva de los peces, que en realidad aunque tenga agua salada no tiene muchos peces, solo unos pocos en la superficie, donde el agua esta bastante fría, a partir de los 3 metros se calienta considerablemente. Toda primera experiencia en lo que sea tiene su misterio y descender en una agua extraña rodeados de paredes y no en mar abierto como siempre es bastante especial. El descenso a los 30 metros fue rápido, para entrar en la gruta que estaba en esa profundidad, siguiendo el cabo guía entramos en él no más de 100 metros, uno detrás de otro teniendo cuidado de no tocar las paredes para no enturbiar el agua, por arriba se veían pequeñas rendijas de luz y por abajo la oscuridad total, donde la profundidad de 70 metros que había se perdía de la vista. Fueron los 5 minutos más inquietantes, pero enseguida estábamos de regreso, con ganas de haber continuado por la galería un poco más. No tardamos en ponernos cerca de entrar en deco, mientras volvíamos a la gruta principal era espectacular ver los rayos de sol como columnas entrando en la gruta. Hicimos el ascenso entrando por alguna que otra grutilla en la que había que retorcerse un poco para pasar pero en las que entraba la luz perfectamente. En fin, que una inmersión interesante que había que experimentar y en la que no era necesario tener mucho nivel.

Para irnos a la otra inmersión había que desplazarse en 4x4 unos 15 minutos para entrar en una zona selvática, donde entre la espesura aparecía un agujero de un par de metros de ancho por 3 de alto y desde el que había que saltar al agua que estaba a un poco menos de 2 metros de altura. Ya podréis imaginar las dudas previas al salto. No sabéis que liberación era entrar en el agua, para refrescar el agobiante calor y el ataque constante de los mosquitos. Parecía mentira que tras un hueco tan pequeño, cuando metías la cabeza bajo el agua, para comenzar la inmersión, vieras una pedazo habitación inundada totalmente espaciosa, con unos 100 metros de largo, por 30 de ancho y con una profundidad de 45 metros. Parecía que volabas entre el agua cristalina, siempre que no te pillara una termoclina que enturbiaba el agua. Que sensación de paz y de relax, que belleza en la columna de luz que iluminaba la caverna. Existía hasta una gran burbuja en uno de los laterales. Tras 40 minutos de inmersión, el frío y las tiritonas que sufría Almu nos hicieron acabar la inmersión en aquel remanso de tranquilidad en el que las formaciones de piedra la variedad de colores de la misma, la luz y las claridad del agua nos hicieron disfrutar incluso más que en la inmersión anterior.

Es una experiencia bien recomendable.

Tras comer en el restaurante de la cueva de los peces y probar la carne de cocodrilo nos fuimos a visitar un criadero de caimanes. Menudos bichitos, nos dimos una buena ración de ver de todos los tipos y tamaños. Lástima que no nos diera tiempo a visitar los canales que llevaban en barco la laguna del tesoro. Una vez que llegamos a La Habana terminamos el día dando un paseo por el Capitolio para asistir a un concierto de un grupo de Reguetón. La verdad es que no duramos mucho y nos fuimos a la cama que había que madrugar para ir al día siguiente a Viñales y Pinar del Río.

Por la mañana tempranito llegamos a Soroa, donde el conductor nos comentó que las cascada que íbamos a visitar no tenía mucha caminata previa y que incluso se podía subir a un mirador que había encima. El caso es que tras una larga hora de constante subida conseguimos llega a la cima. El esfuerzo mereció la pena, pues la vista de toda la selva tropical era espectacular. Después de un breve tiempo de descanso otra vez a bajar hasta llegar a la cascada, que resulto ser más bonita y más atractiva incluso que la de Tope de Collantes. Estuvimos un buen rato bajo el potente chorro que nos caía encima como si nos estuvieran dando una paliza. Menuda imagen, dando resbalones por aquí y por allá evitando rodar entre las piedras. Después de una sudorosa caminata un buen baño en agua fresca te deja como nuevo para seguir camino hasta Pinar del Río, donde pudimos visitar una fábrica de puros para ver como los hacían de uno en uno con técnica artesanales. Comimos allí y como era habitual terminamos metiéndonos para el cuerpo un barreño de helado de medio litro, que eran de Camy. Se echa de menos ese chocolate suizo con almendras y sirope.

Camino de Viñales pudimos comprobar la magnificencia de los famosos mogotes, que son montañas redondeadas cubiertas de vegetación, que sobresalen en la planicie. Otra vez el pertinente desperdigue en varias casas donde solo íbamos a dormir una noche. Viñales es otro pueblo cubano más cortado por el mismo patrón. Por la noche en busca de guaracheo para las churris fuimos a la casa de la trova y pasamos un largo rato amenizado por algunas actuaciones de todo tipo. Antes de eso, Barran y yo conocimos a un borrachín simpático que insistía en que nos comiéramos unas galletas estropajosas que llevaba en su mugriento bolsillo y se hizo amigo nuestro para siempre, que monstruo, se bebía el alcohol para heridas que le daban en el dispensario. La noche terminó con la Gordo dedicada en exclusiva a un moreno que la sacó a bailar y al que no supo decir que no durante casi una hora ante los atónitos ojos de Reyi que no dejaba de pensar para sus adentros que si fuese al revés y estuviera él con una cubana la gordo lo había matado a los 2 minutos tan solo.

La mañana del día siguiente la comenzamos recorriendo carreteras entre mogotes y viendo el mural de la prehistoria, que no es otra cosa que un graffiti horrendo pintado en la piedra hace unos años. Menos mal que el paisaje si que era atractivo. La cueva del Indio fue lo último que visitamos en aquella zona. Una típica cueva en la que los últimos metros se hacen subidos a una barca recorriendo un río que te lleva a la salida por una bóveda de contrastes de luz muy bucólica. Unas cuantas fotos antes de largarnos y Reyi poniéndose delante de un toro, una vez más, al que realizó una faena de aliño por la premura de tiempo. Fue ovacionado por dejar nuestra fama toreril en buen lugar.

Pasamos toda la tarde en las playas de La Habana, metidos en el agua o tostándonos al sol, bajo la atenta mirada de unos cuantos militares que no sabíamos muy bien si nos estaban protegiendo o estaban vigilando que no salieran balseros hacía los USA de en frente. La indiaka estuvo bastante divertida, sobre todo para Jarka que se llevó 2 bonitos recuerdos en su pierna derecha, un buen restregón del chofer y una buena herida de una roquita estratégicamente enclavada en la arena hicieron el trabajo. La playa era bonita pero es una lástima lo descuidada que la tienen, la gente dejaba toda su basura en la arena sin ningún miramiento y en algunos lugares tenías que vigilar para no clavarte cristales rotos de botellas de bebida.

El carnaval de La Habana nos esperaba. Pasamos toda la noche paseando por el malecón y de cena por fin nos armamos de valor y probamos el pan con lechón de los tenderetes festivaleros, cenamos por 4 duros y no tuvimos que visitar los curiosos baños públicos, que no eran otra cosa que unas chapas metálicas puestas encima de las alcantarillas. Menuda apnea había que hacer al pasar cerca. Nos subimos a las escaleras de un monumento frente a la embajada americana, que con lo mal que se llevan no se muy bien que pinta allí. A un lado, al pie del hotel nacional un macroconcierto de reguetón abarrotado y al otro lado la cabalgata de carrozas del desfile del carnaval. Que lástima que su marcha fuera tan lenta, porque las carrozas y los cientos de bailarines que las precedían, que pudimos ver en el par de horas que estuvimos por allí eran muy divertidas y animadas, sobre todo una, que cada vez que el cantante decía UYUYUY, que veo?????? la muchedumbre respondía TREMENDO JALAJALA TREMENDO TRAQUETEO y así una y otra vez entre el contorneo de las mulatonas ligeras de ropa pero con plumas por todas partes. Ah, sobre esto a la Barrantas y a la Gordo no las preguntéis pues la siesta que se echaron si que fue espectacular con tanto jaleo que había por allí. A la pulga y a la Lidi todavía se les cae la babilla pensando en un chavalín cada vez que hacía algún ademán de ponerse a bailar, mientras el pobre Dino hacía relaciones internacionales durante una hora con un par de lugareños.

Nuestros últimos momentos en Cuba los pasamos comprando de todo en un mercadillo de artesanía en la parte antigua y escuchando a una super abuela cantar, tenía un vozarrón que hacía temblar las columnas del patio porticado donde estuvimos refrescándonos un rato. Una visita en bus por algunos lugares significativos de la ciudad camino del aeropuerto fue lo último que hicimos por allí. Una larga espera para facturar porque el sistema se había desconectado y alguna propinilla a las del mostrador para que hicieran la vista gorda con el exceso de peso del equipaje y al avión que nos esperaban unas cuantas horitas de vuelo.

El final del viaje en Barajas terminó con la pérdida por primera vez en 7 años de viajes oceánicos, de la maleta de la Barrantas. Las malas lenguas dicen que la Queen quería renovar vestuario y equipo de buceo y que la propina que dio a la churri del mostrador de La Habana fue para que se la mandara a Madagascar.

Y eso fue casi todo... el resto de las cosas son secreto de sumario y para conocerlas no hay más remedio que asistir al viaje.