OCEÁNICA LOW COST
Todo comenzó el día 15 de agosto en Motril donde quedamos Gelen, Oscar, Reyi, Manu y yo para cenar unas carnes a la piedra y una fritura de pescado, para posteriormente irnos a Almuñecar a ver sus espectaculares fuegos artificiales. Contra pronóstico no nos resultó muy complicado aparcar porque lo hicimos en la playa y tras un paseo nos colocamos en el mejor sitio para ver los fuegos. No hay cosa igual, son una pasada, os recomiendo que alguna vez vayáis a verlos, ni los de las Fallas valencianas los superan. Como se nota que en el pueblo hay pasta. Para salir de allí si que nos encontramos bastante tráfico pero a las 2 ya estábamos durmiendo en Granada.

A la mañana siguiente Reyi, Manu y yo nos fuimos hacia Almería donde habíamos quedado para comer allí con el clan de los Gómez. Primero fuimos al centro de buceo a recoger todo el material necesario para el bautizo de por la tarde. Tras comer en un sitio horrendo, pero que nos dio mucho juego, pues echamos unas risas con el camarero–cocinero explotado por su jefe y sobre el que nos dio su cruenta opinión, nos fuimos a echar la siesta a la playa de Almería en forma de bautizo de buceo para Diego y Gonzalo, hasta a Paula conseguimos meterla un ratillo para quitarle los miedos que había tenido siempre de pensar lo que se iba a agobiar por tener el regulador en la boca.

Tras darle a los chicos la charla correspondiente y rodeados de bañistas ávidos de preguntar de todo al grupo de hombres rana nos metimos las 3 parejas en el agua, Vicente y yo íbamos haciendo de tercera pareja. La inmersión estuvo muy bien, pues a pesar de ser en la playa fuimos recorriendo una barra de rocas con mucha vida y los bautizados lo hicieron bastante bien para ser su primera inmersión. Todos salimos contentos de la experiencia. Al terminar teníamos que regresar a Aguadulce, donde se encontraba el centro de buceo a devolver el material y cuando ya íbamos de regreso hacia Granada nos dimos cuenta que nos habíamos llevado los cinturones de plomos y otra vez de regreso al centro de buceo. Esto hizo que llegáramos un poco tarde a recoger a Gelen que nos esperaba en Granada. En un principio íbamos a ir de tapas pero Paula quería que sus hijos no se perdieran un espectáculo tan especial como era ver la Alhambra iluminada desde el mirador de San Nicolás. Tuvimos que comernos un kebab de prisa y corriendo y darnos un buen paseo por el Albaycín para llegar antes de que apagaran las luces pero por fin lo conseguimos y cuando Paula presentó la monumental imagen a su hijo Diego esperando su admiración la respuesta de él fue… buah, piedra sobre piedra… La verdad es que nos pusimos a contar historias de nuestra familia granadina y sus experiencias fantasmales y la noche se puso misteriosa y el regreso a los coches por las callejuelas lo hicimos más juntitos que para la ida.

A la mañana siguiente pedazo de desayuno de pan con tomate y jamón, que nos salía ya por la orejas y pusimos rumbo a Málaga para recoger a Almu y las 2 enormes palmeras de chocolate blanco y negro que nos iban a servir de desayuno. De allí nos fuimos hacia la Butibamba, cerca de Marbella a comernos los obligados tacos de lomo de la venta. Imprescindible visita si se pasa por allí, buenos y baratos. La siesta la echamos por el camino, bueno menos los 3 conductores claro. Llegamos hasta la playa de Bolonia un poco después de haber dejado a nuestra izquierda el controvertido peñón de Gibraltar no sin antes proferir a nuestro paso los correspondientes alaridos reclamando la soberanía nacional sobre el territorio.

Una vez que llegamos al parking de la playa de Bolonia para ver su enorme duna engullendo el bosque de pino a su paso nos encontramos con el problema que no podíamos dejar los palmerones dentro del coche a pleno soletón y no nos quedó otra que dejar las cajas escondidas bajo el coche subidas mínimamente en unas piedras para intentar evitar el alcance de la fauna autóctona. Nuestro desayuno corría serio peligro, pero aún así allí lo dejamos y nos fuimos a conquistar la duna. La verdad es que costó un poquillo coronarla por lo fatigoso de andar sobre la arena pan rallado, pero la vista merecía la pena y sobre todo lo que nos pudimos reír cuando a Vicente no se le ocurre otra cosa que hacer los últimos metros reptando y vociferando como si del último superviviente en sus postreros estertores se tratara; por mis hijos, por mi familia, por el Atleti… por el Mirandés… y todo esto rodeados de gente que no paraban de reír como nosotros. Tras las fotos de rigor y un pequeño recital a la armónica del patriarca de los Gómez volvimos hacia los coches, donde como era de esperar tuvimos safari y una buena bronca con las hormigas que habían decidido tomar nuestras palmeras como los monos Gibraltar. Después de una ardua lucha conseguimos reconquistar el territorio con un elevado número de bajas del enemigo.

Tras un corto viaje llegábamos al castillo de los Mendoza en Chiclana (que no, que este no es el pueblo de la Rocío Jurado, como alguno dijo, que ese es Chipiona). Allí nos estaban esperando para dejarse invadir y llenarles el jardín de tiendas de campaña. Tras montar el campamento y como veíamos que la Mendoza no sacaba el jamón tuvimos que irnos todos al paseo marítimo del pueblo a meternos en un bar de montaditos a ponernos hasta arriba. Como es costumbre la jornada terminó con el heladito camino del coche y la retirada a nuestros pequeños aposentos, unos en sus tiendas y otros en sus hamacas.

A la mañana siguiente y tras dar buena cuenta de la mitad de las palmeras… tras haber eliminado algún reducto hormiguil de la colonia chiclanera nos preparamos para pasar la mañana en la playa jugando un partido de voley. Además allí nos citamos con los Navarro, que pasaron el resto del día con nosotros, pues ellos estaban de visita en casa del hermano de Pedro. El partido estuvo de lo más entretenido, pero obviamente no por nuestro buen juego, si no por el continuo ridículo que fuimos haciendo de un campo a otro. Tras el partido bañito para quitarnos la arena y a comprar fritura de pescado para llevar y comerla en casa que por la tarde teníamos buceo. Después de varios días preparando con Julio la inmersión que íbamos a realizar no tuvimos más remedio que cancelar la salida por lo complicado que se había puesto el mar. No hay mal que por bien no venga, porque pudimos relajarnos y tomarnos la tarde con tranquilidad, incluso imaginaros una piscina portátil tomada por casi 20 personas a la vez y corriendo todos en círculo a la vez para generar una corriente que luego nos hacía estar dando vueltas y vueltas sin para chocando unos con otros.

Para finalizar la tarde noche nos fuimos a ver atardecer a Cádiz, donde paseamos por sus calles más famosas, para regresar de noche, coger una pizzas y terminar en casa cenando a las 12 de la noche.

Ya era lunes 19 y tras despedirnos de nuestros anfitriones, con agradecimiento eterno y devolviéndoles la tranquilad perdida sin dejarles ni una miaja de palmeras nos fuimos hacia Huelva donde habíamos quedado con M.Luisa en la estación de tren donde íbamos a recoger también a Cristina. De allí nos fuimos a comer al puerto deportivo, donde nos pusimos las botas a comer lo típico del lugar; ensaladilla de gambas, salmorejo, gambas, etc. Y encima unos pedazo de tartones de postre de quitarse el sentido. Tarde de compras para organizarnos los desayunos y otra vez a tomar al asalto parte de la parcela de la peculiar amiga de M.Luisa en la Marabujta, en pleno campo y rodeados de perros de todo tipo y tamaño. Bueno y no solo la parcela, que el frigorífico y la alacena se la dejamos también bien apretadita. Bañito en la piscina y a cenar a El Rompido al lado del mar, donde como era reglamentario nos volvimos a poner las botas en la cena.

A la mañana siguiente nada de madrugar, había que desayunar con tranquilidad los bizcochos que nos había preparado nuestra anfitriona y hacer los preparativos para pasar gran parte del día en la playa. Tras aprovisionarnos bien de comida y de bebida nos fuimos a Punta Umbría y ya colocando la sombrilla las directrices de M.Luisa nos hicieron situar el campamento más lejos del agua de lo que teníamos previsto, no hay nada como la experiencia, a las 2 horas tuvimos que hacer barricadas de arena para evitar la inundación por la subida de la marea. Un primer bañito en un agua caribeña, pero no por la claridad si no por lo caliente del agua y después comida a discreción de lo que había comprado cada uno. La siesta fue muy variada, desde los que no se movieron de la silla hasta los que dimos una vuelta con unos kayak sorteando algunas olitas. La actividad estrella fue el Padel Surf. Menudas piñas se da uno para mantener el equilibro en la tabla con solo el remo por instrumento, eso si, algunos terminaron casi haciéndose profesionales y otros batiéndose en silenciosa retirada. La faena vino después cuando nos echamos otro partidito de voley que también estuvo divertido, menos para Oscar que en una jugada se hizo una pedazo rotura de fibras en la inserción de los isquios en el glúteo, que mes y medio después le tiene en dique seco y lo peor que le dejó sin poder bucear al día siguiente. Por la noche en la Marabujita nos hicimos una pantagruélica barbacoa para rematar la faena mientras escuchábamos que el Atleti había empatado en la supercopa con el Barça.

El miércoles por fin tocaba bucear, pero para ello teníamos que ir a Portugal hasta Tavira. Mientras los buzos lo hacíamos, Vicente y M.Luisa llevaban a Gelen al autobús de Huelva pues ella se volvía a Madrid. Una vez en el centro de buceo dejamos al lesionado Oscar en una tumbona en la piscina del hotel y nos fuimos a hacer las 2 inmersiones que estaban previstas. La primera de ellas que era la que mejor pinta tenía fue un completo desastre y a los 5 minutos de meternos en el agua tuvimos que subirnos pues la visibilidad era completamente nula y no se veía más allá de un par de metros, ni entre nosotros nos veíamos. Lo bueno vino después en la segunda, que pensábamos que iba a ser igual que la primera, pero la cosa cambio y la visibilidad siendo solo regular nos permitió hacer una inmersión bastante buena en la que la vida se multiplicaba por todas partes con especies que es difícil encontrar todas juntas en una misma inmersión. Un lugar muy recomendable y un paseo muy tranquilo. En general el centro de buceo, enclavado en un pedazo de hotel, está interesante. Si hay opción, volveremos.

Para comer nos juntamos todo el grupo de nuevo en Tavira en un restaurante que te sientas y te van poniendo lo que hay en la brasa, ahí no pides la comida, solo la bebida y mientras tengas hambre te van trayendo pescado a la plancha hasta que te hartes. Para bajar la comida un paseo por el centro del pueblo que está separado por un río, lo que hace que sea más agradable. De regreso al campamento otra barbacoa para no perder la costumbre y unas caipiriñas que hicieron que alguna se pusiera más que alegre… pero eso es algo que no se puede contar…

El jueves por la mañana tuvimos un fantástico paseo por las marismas del Odiel, en el que M.Luisa se lució ante nosotros y ante un grupo de niños dando un paseito en trenecito por toda la marisma, compartiendo su sabiduría de la zona. Además un ex compañero suyo nos acompañó y estuvimos caminando por allí viendo los miradores escondidos donde poder observar todo tipo de aves acuáticas.
Y como no habíamos molestado lo suficiente, nos fuimos a la casa de los padres de M.Luisa a que nos hicieran un par de tortillas de patatas de escándalo y un pedazo de paella que no tenéis más que ver la foto. Y todo eso alrededor de la piscina entre baño y baño intentando emular a las de sincronizada haciendo saltar por los aires a Almu a la que casi hay que ponerle un casco. Agradecimiento total por la pedazo de comida que nos apretamos. Regreso al campamento y separación del grupo para cenar, el clan Gómez y M.Luisa fueron a cenar con unos amigos y el resto volvimos a pasear por el paseo de El Rompido y ya que estábamos a ponernos hasta la bola de nuevo.

Viernes por la mañana y tocaba despedirnos de M.Luisa que nos ha hecho pasar unos días espectaculares con una entrega total, a pesar de tener un examen de francés en ciernes. Antes de partir hacia Badajoz hicimos una buena batida para limpiar toda la hojarasca, en este caso los pinchos, que sueltan los pinos que dejan el terreno completamente cubierto sin que se pueda ver ni el suelo que pisas.

La subida hasta Badajoz estuvo divertida, porque la hicimos por carreteras pequeñas pasando por todo tipo de pueblitos, tanto pacenses como portugueses, donde estuvimos comiendo en Mértola y visitando el pintoresco pueblo de Monsaraz con su plaza de toros única dentro del castillo y con sus murallas como burladeros. Después de aterrizar en el cortijo de Badajoz para cenar tuvimos que dar más vueltas de lo esperado, pues el primer lugar a Portugal donde fuimos a comer unos mimos lo habían cerrado definitivamente y tuvimos que irnos a otro pueblo a comernos unas especialidades alentejanas que nos dieron el remate para terminar con el día.

No debíamos estar pasándolo muy mal porque estaba previsto salir hacia Madrid al día siguiente y decidimos retrasar el regreso al domingo, de forma que aprovechamos el sábado para visitar Elvas, la ciudad, el castillo y por supuesto tomar el aperitivo de bacalao dourada en el Cristo. De camino al cortijo, compramos unos caracoles en el lugar más selecto de la frontera para la cena de algunos y nos fuimos a comer a Gévora, donde nos pegamos otra tripotada de salir mareados y con los restos de lo que no habíamos podido terminar en una bolsa. La tarde quedó amenizada por la pareja de Vicente y Manu que les dio por hacer numeritos de natación sincronizada en una piscina de plástico que cubre menos de un metro y no tiene más de 3x3.
Barbacoa de perritos calientes para la cena y todos los restos que habíamos ido almacenando, ah y los caracoles que en su mayoría se comió Vicente.

Y llegó el domingo y el final de nuestra andadura, tras desayunar y hacer el recorrido para llevarse algunos productos del huerto, Reyi todavía se está relamiendo del tomatazo que se llevó y maldiciendo no haberse llevado alguno más y visitando a las gallinas para espoliar sus ponederos, cogimos camino hacia Madrid. Tras darnos una vuelta por Trujillo, dudando si parar en algún sitio a comer o no, terminamos saliendo del pueblo y comiendo al lado de una gasolinera perseguimos por las hormigas que debían ser primas de las que nos querían robar las palmeras que venían a vengarse. Y ya poco más, besos, abrazos, exaltación de la amistad y todas esas cosas y cada uno a su casa que ya estaba bien.

Para pasárselo bien y disfrutar de los amigos no es necesario tener grandes lujos ni gastarse mucho dinero y eso es lo que hemos hecho con este viaje, que ha sido perfecto gracias a todos los que de una forma o de otra han ayudado con su presencia o con sus instalaciones a que guardemos un magnífico recuerdo de este final de un mes de agosto.