Asistentes
Marcos 4
Elena 2
Almu
Palo
Gelen
Juanra
Tere
Abel 8
Manu
Jarka
Araceli
Oscar
Banet
Vicente
Paula
Sergio
Naia
Lázaro
Susana
Edel

LOW COST A CASTILLA LA VIEJA

¡¡¡¡¡¡ CRÓNICA DE JUANRA !!!!!!!

¡¡¡¡¡¡ 21 A 27 DE AGOSTO!!!!!!!


Hubo un época que en la que los viajes por las tierras castellanas, a pesar de ser habituales, constituían una aventura en sí mismos.

Este viaje, pretende rememorar esos viajes que sucedieron hace no mucho en nuestras tierras castellanas.

21 de agosto. Día de Santa Ciriaca.

Sabido es el peligro que se cierne sobre los caminos de Castilla. Es por ello que nos decidimos a emprender este viaje en forma de caravana, esperando reducir en lo posible los avatares, al menos los negativos, del viaje. El día elegido para comenzar el incierto viaje fue el día de Santa Ciriaca. La caravana se reunió en la posta situada en el camino real a la ciudad de la Coruña, a 7 leguas y media de la villa de Madrid. Allí se fueron reuniendo los distintos carruajes, y dimos de comer y beber a las caballerías. El primer destino iba a ser la villa de Alcazarén. Concretamente en las caballerizas de Antonio Lázaro, en cuyos establos aguardaban unos curiosos artilugios que semejan molinos tumbados que vuelan. Allí nos hicieron una demostración en un arbolado cercano, de cómo funcionan esos molinos y de cómo se sueltan sogas de los mismos, a las que los compadres de Antonio se enganchan para subir y bajar del molino en funcionamiento. Luego nos fuimos a darle al palique con él y sus compadres, y allí nos contaron que lo hacían para acercar al matasanos al desgraciado que se había descoyuntado algo mientras caminaba por el monte.

Una vez dados y recibidos los parabienes, proseguimos nuestro camino. Paramos en el municipio de Valladolid, donde dimos un nuevo descanso a las caballerías en una pradera sombreada donde extrañas gentes, con extrañas indumentarias, iban corriendo de un lugar a otro, y en la que dimos cuenta de los manjares que todavía teníamos recientes en los zurrones. Después, recorrimos sus callejuelas buscando el mesón de Iborra, en la que degustamos unos suculentos postres de sabores, a base de arrope y nata espesa encima de una galleta. Mientras degustábamos tamaña delicia, encontramos un jardín con unas extrañas máquinas fabricadas para el goce de infantes, y el espigado zagal Sergio se dispuso a probar uno, consistente en un gran azafate balanceante colgado de unas sogas, pero no contó con la pericia precisa para tamaña labor y dio con sus huesos en el suelo a la ida del guisopo, y a punto estuvo de perder la nuca a la vuelta del mismo. Hubo que cortar la barahunda y algarabía producida por el golpe, puesto que debíamos proseguir el viaje. Debíamos llegar al cercano municipio de Palencia, donde nuevamente, hubimos de buscar unas caballerizas para dejar a buen recaudo las carrozas de la caravana, y en el que nos atendieran bien a las caballerías. En Palencia pudimos contemplar sus iglesias y orar en la recién construida catedral.

Ya con el horizonte lamiendo el sol llegamos a la venta de Lázaro, donde nos alojaríamos unos días. Allí nos esperaba la ventera mayor, Daría, que nos tenía preparada unas mesas corridas llenas de exquisiteces, que incluían carnes y peces variados, cocinados en una lumbre que hizo el hermano del maese Lázaro, el Adelantado Carlos, en el umbral del zaguán, que no hubo más remedio que yantar, aunque no pudimos en su totalidad, debido a la abundancia de viandas.

Una vez la andorga quedó complacida, buscamos aposento en alguna de las dependencias de la venta. Con más o menos suerte, todos encontramos un catre en el que pasar la noche, unos en jergón y otros con las mantas en el suelo.

22 de agosto. Día de San Hipólito.

El día amaneció soleado y caluroso. Nuestra idea era compartir las pocas onzas de la comida que nos quedaba para el almuerzo, pero cuando nos hubimos colocado los jubones y los manteos y salimos de nuestros respectivos aposentos, nos encontramos el desayuno ya puesto en el zaguán. La ventera nos puso abundantes gachas además de otras delicias. Así que guardamos nuestras viandas en el zurrón para futura ocasión.

Después preparamos las alforjas para caminar por la trocha que conduce a la acequia de Castilla, donde abordaríamos un barco que debía estar tirado por una reata de 600 caballerías, pero que no vimos por ningún lado en el camino de sirga, y que nos llevaría al realengo de Frómista. Durante el viaje pudimos ver algunos pastores y zagales, y también alguna alquería. Después de yantar en la venta de la Villa de Frómista, la tartana de Lázaro nos llevó a recoger nuestras galeras para poder transportarnos a la zona de baño del Cerrato, en el río Pisuerga. Allí nos jugamos el gaznate navegando las aguas del Pisuerga en unos troncos huecos que el Maese Lázaro nos enseñó a manejar con unas grandes echaderas de horno.

Después nos dirigimos, guiados por Lázaro, de nuevo a la venta. Una vez deshechas las albardas, hechas las abluciones mayores y cambiados los sayos, jubones, refajos y pellizas, el Maese Lázaro nos condujo, iluminados por candiles, a la bodega de la venta, donde dimos buena cuenta de unas buenas libras de cordero asadas en trébedes, acompañadas de unos cuantos azumbres de vino. Luego, cada uno se fue a sus aposentos, peleándose con la mona como pudo.

23 de agosto. Día de Santa Rosa.

La idea era poner en marcha la caravana temprano, pero la mesa que nos encontramos al salir de nuestros aposentos de la Venta Lázaro, fue como la del día anterior, así que hubimos de dar buena cuenta del desayuno. Después hubo que hacer cuenta y estrujarse la faltriquera para pagar las cenas. Maese Lázaro nos invitó a la fumadga, los desayunos y sus servicios de guía, e hizo luego las funciones de almojarife para cobrar el fumadgo. Una vez pagado el pecho, los arrieros mayores, se dispusieron a acondicionar las albardas en las caballerías y las carrozas, tarea esta, que se demoró en demasía y nos produjo un retraso importante en la salida de la caravana para continuar el periplo por las tierras castellanas. Antes de abandonar la villa de Boadilla del Camino, el tío del Maese Lázaro nos enseñó su pósito, repleto de potes, taburetes, tartanas, yuntas, odres, cuévanos, candiles, azumbres y bieldos. Al fin, nos despedimos de Maese Lázaro, del Adelantado Carlos, de la ventera mayor Daría y de algunos fumos.

Dada la hora que tañía la campana, decidimos saltarnos algunas villas por las que teníamos previsto caminar, así que nos fuimos disfrutando de los caminos y del alfoz riojano, viendo moyos de vides y bodegas. Comimos en el mesón de Huerta Vieja, y una vez repuesto el alma y el cuerpo, y las caballerías recompuestas con buena comida y bebida, nos fue necesario deambular por las calles de Laguardia, para restaurar tamaños, viendo sus murallas, alhondigas, almenaras, cillas y pósitos. E incluso, nos subimos en un curioso artilugio, que permitía a los pudientes enfermos de gota, evitar las cuestas adoquinadas de las callejuelas.

Una vez la andorga volvió a su ser, pusimos la caravana en dirección a la sierra de Peñalmonte. En busca del Hospital de Marrodán en la localidad de Arnedillo. Hubimos de dejar para otro viaje la villa de Lucronio, porque la reala estaba cansada y con ganas de llegar a los baños calientes en las cercanías del hospital. Así que una vez vaciadas las carrozas y atendidas las caballerías, nos pusimos los jubones de baño y nos fuimos a arreglar el cuerpo en las aguas calientes que emanan junto al rio Cidacos. Después dimos cuenta de las viandas que el ventero nos puso, pero hubo que arreglar diferencias con la mesonera a cuenta del alboroque de las sopas. Una vez aliviada la andorga, el que quiso se fue a sus aposentos y el que no, se quedó dando buena cuenta de unos azumbres de vino al calor de una buen conversación.

24 de agosto. Día de San Bartolomé Apóstol

Hoy era el último aposento confortable y cálido en el que íbamos a morar. Pero a pesar de la querencia al catre y jergón, hubimos de ponernos rápido jubones, sayos y refajos para poder dar cuenta de las viandas que el hospital nos ofrecía a modo de desayuno. Tan pronto como confiscamos nuestras deudas con la almojarife del hospital, vaciando nuestra faltriquera, fuimos a las caballerizas a enfundar las realas con sus albardas, y llenamos las carrozas con los enseres que trasladábamos de una confín a otro de Castilla. El primer destino del día iba a ser las icnitas de Enciso, en el cercano valle de Cevillo. Descargamos a los viajeros, en el paraje conocido como Virgen del Campo, y los arrieros llevaron las carrozas al propio valle de Cevillo. Comenzamos la andadura entre monumentos con forma de extraños y grandes animales, que bien parecían reales. Fuimos recorriendo la trocha viendo extrañas huellas en la piedra, y leyendo letreros en el que el maese escribano iba explicando lo que veíamos. Pasamos por un antiguo rubián, con unos extravagantes artefactos que el corregidor había ordenado instalar para mejorar la condición del cuerpo y del espíritu de los lugareños.

De nuevo formada la caravana, cogimos la calzada hacia la ciudad teresiana de Soria. Allí buscamos postas en las que restañaran las caballerías, y fuimos directos a la taberna con el extraño nombre de Pizzoleta. Allí dimos cuenta de manjares traídos por los mercaderes italianos. Para reducir el tamaño de la andorga, nos dimos un paseo entre los empedrados caminos de la ciudad y sus ardillados parques.

Después, hubimos de hacer preparativos para afrontar la última parte de nuestra andadura por la tierras castellanas: Hicimos acopio de ungüentos, viandas y un par de arrobas de agua.

Repartimos el cargamento entre las carrozas y nos dirigimos al poblado de la Fuente de la Parra, que el buen Maese Vicente tuvo a bien ofrecernos como mora. Llegamos con las últimas luces del atardecer, pero aquí no había venta ni ventero. Tuvimos que hacer chamizos con varas y telas con cordeles sujetos al suelo, para poder pasar la noche a resguardo del abrego. Las dos próximas noches tocaría dormir en el duro suelo de la ribera de río Tajo.

Una vez establecido el campamento, y puestas a buen recaudo las bestias, sin mucho tiempo para preparar buena sopa y condimentos, dimos cuenta de una cena consistente en bocadillos de carne embutida semejante a chorizos, con tiras de queso.

Después, a pesar de la largura de la jornada, hubo quien hizo buena charla acompañados de azumbres de extraños vinos mezclados.

25 de agosto. Día de San Aredio.

El fablar de los pájaros nos despertó antes de que el sol lo hiciera. Era hora de rebuscar en las alforjas y zurrones en busca de algo que llevarse a la boca. Cada uno almorzó lo que pudo o tuvo, preparamos un hatillo pequeño, y nos dispusimos a recorrer una angostura llega de murciélagos en la serranía que cría al Tajo en su niñez. Hubo algún viajero que no quiso ensuciarse la librea y no se metió en la angostura. Los que lo hicieron dieron a luz de nuevo al otro lado, en una atalaya sobre el rio Tajo.

Después volvimos raudos al campamento para poner los potes en funcionamiento y dar sustento a los hambrientos viajeros. Después de la copiosa comida, a base de variadas legumbres castellanas, fueron necesarias siestas, abluciones en el rio y pláticas para que el campamento volviera a una actividad normal. Hubo tiempo también para la práctica de extraños juegos de pelota que los viajantes más experimentados habían traído de otros lares.

Una vez la noche cubrió el sitio, se pusieron nuevamente los fogones a funcionar para preparar algo que llevarse a la boca. Después, como siempre, hubo fruiciones regados por extraños brebajes.

26 de agosto. Día de San Anastasio Batanero.

Nuevamente el cantar de los pájaros nos sacó de nuestros chamizos, y tras acalorada discusión, la caravana decidió adelantar el fin del viaje. Así que tocaba deshacer el campamento, recoger los enseres y preparar caballerías y carrozas después de aliviar el ayuno nocturno, forzado por las horas de sueño.

Estos quehaceres nos llevaron toda la mañana, así que tomamos la decisión de comer en el campamento. Nos llevamos a la boca exquisitas comidas italianas que el sollastre Palomino tuvo a bien cocinarnos en los potes y marmitas y, una vez recogidos los bártulos, hicimos camino hacia el Monasterio de Monsalud. Una vez llegados al sitio, comprobamos con sorpresa que estaba cerrado y no hayamos abad ni monje alguno al que preguntar. Así que recorrimos sus muros por el adarve, y con las mismas, nos fuimos hacia el embalse de Entrepeñas, para poder visionarlo desde diferentes emplazamientos. La caravana recorrió también una extraña calzada que parecía haberse construido con techumbre y parapeto.

Una vez satisfecha la vista, pusimos la caravana con rumbo a la localidad de Los Santos de la Humosa. Allí buscábamos una visión de la llanura castellana a modo de colofón a nuestra andadura por las tierras castellanas. Así que sacamos las alforjas y zurrones de nuestras caravanas y nos dispusimos a dar cuenta de las viandas que nos quedaban en un otero sobre el rio Henares, desde el que vimos al horizonte ocultar el disco solar en su refajo.

Con las últimas luces del día, nos dimos los últimos parabienes, y deshicimos la caravana, con lo que cada uno enfiló hacia su morada.

Questa manera, cada uno se fue con el alma plena de emociones, experiencias y conocencias de las andanzas vividas en los caminos, campos y pueblos de Castilla, rememorando los tiempos en los que la vida no era tan distinta a la nuestra.