2026 Mar y Montaña
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Granada: Mar y Montaña

Viernes 9

Un viaje en particular La primera cena

Sábado 10

De maitines y desayunos De comida por Almuñecar De Mercadona al castillo y vuelta La puesta de sol y la cena playera

Domingo 11

De balnearios En ruta a la ruta La grand bouffe La carrera al Veleta Más comida, es la guerra

Domingo 11

De balnearios otra vez Los excesos se pagan La ruta al karting La carrera infernal Más comida, pero menos

Granada: Mar y Montaña

Tristemente, ha habido un par de bajas relevantes en el viaje. Ambas bajas por un mismo estropicio -individual, pero coincidente- de sendas rodillas.
Una es la de Concha, que se nos ha averiado y se queda en tierra, maldiciendo, por ésta limitación que, conociéndola, la tiene que tener bastante cabreada. No es mujer que pase mucho tiempo en casa y eso le tiene que jorobar seguro.
La otra es la de Vicente, también con la rodilla afectada y con muletas, además. Total, que nos quedamos sin maestro de ceremonias e instructor en las cosas celestiales, alumbrando con su súper láser verde las estrellas más importantes del firmamento.
Una pena, doble pena, por estas entrañables ausencias.
Que os recuperéis pronto y bien!

Viernes 9

Un viaje en particular

Todo comenzaba con un viaje, claro. Pero como cada uno hizo el suyo, (y nadie cuenta o yo no me he enterado de cómo fueron los del resto) yo no puedo narrar más que el propio, es decir: el de Feli, Amelia y yo.
Recogidas en la estación de cercanías de Villaverde bajo, salimos camino a las Tablas de Daimiel. Es lo que tiene el ser "jubiletas", que los horarios de los mortales currantes no nos complican la vida y podemos salir a la hora que nos dé la gana.
Una carretera, añosa ya y malamente parcheada, nos conduce a Daimiel, con alguna duda, cómo no, del navegador de pago que dios confunda. Pero llegamos tras desobedecer sus instrucciones y guiarnos por los carteles indicativos, que para algo están.
Pero lo importante es llegar, aunque la ayudante virtual a la navegación llegó ahíta de improperios, y la sorpresa -aunque prevista- fue encontrar tal cantidad de agua. En ninguna visita anterior había visto semejante nivel; qué gustazo.
Pero de bichos, pocos. Quizá la causa fuera el "chalequero" estudiantil de futuros biólogos que habían llegado en autocares.
Después, como el recorrido nos duró una hora o poco más, nos fuimos para Daimiel, a la búsqueda de un restaurante donde comer y rematar la mañana. Pero después de un paseo en coche por lo mollar del pueblo, no vimos un sólo sitio donde hacerlo.
Es curioso, porque siendo Las Tablas de Daimiel un importante atractivo turístico, cabía esperar que la restauración estuviera a la altura. Pero no. Así que seguimos camino a los siguientes pueblos, a ver si veíamos algo que mereciera la pena. Pero tampoco.
Y así llegamos hasta Almagro, en donde la cosa ya era otra muy distinta. Bastante oferta, pero con la hora que era, nos centramos en los restaurantes de la plaza, muy especializados en el "guiri". Y ese fue el error. Tras tener que tragar con que el menú del día era hasta las 15:30 y, siendo las 15:34, asumir la carta -escasa- era la única opción. Y, cuando a las 16:16 nos trajeron por fin la comanda con el comentario de que se habían retrasado un poquito (ya había entrado a protestar un cuarto de hora antes) pues ya la teníamos formada.
Total: que Feli, sin habernos apenas levantado, ya estaba poniéndoles una nota negativa en internet.
Luego de un paseo por los alrededores de la plaza, nos pusimos en marcha hacia la hospedería de Calzada de Calatrava.

La primera cena

Llegamos a la hospedería los primeros. Qué orgullo! Aunque el líder nos podría decir que no habíamos sido puntuales por llegar antes, el haber llegado sin agobios, era una satisfacción.
La hospedería está igual, con alguna reforma en las instalaciones según nos informa el encargado, pero con la decoración habitual de armaduras, espadones, hábitos y trajes medievales, el confesionario... Todo igual.
Poco a poco van llegando el resto, el amado organizador el primero de ellos. Luego, un goteo de convoyes que van alumbrando a los restantes viajeros.
Marcos, con su ser impaciente de los pocos años, es el primero en disfrazarse. Se apaña un casco enorme, que en su cabeza parece más una olla cuartelera, se coloca su atuendo de caballero y se arma con un espadón -el más grande que había- para ir entrando en ambiente.
El resto nos vamos apañando el atuendo monacal, según nos lo va recordando el líder -paciencia que le mantenga el señor-, aunque la recogida es "en veces", porque cogimos el hábito pero no el cíngulo correspondiente y hubo que repetir viaje. Total, unas cuantas subidas y bajadas de escaleras para ir abriendo el apetito y que la cena apetezca más, porque el horario -al menos para alguno- es más de merienda cena que otra cosa.
Un breve paseo hasta el cercano restaurante "San Isidro", que ya es también una constante en las visitas que hacemos a Calzada de Calatrava.
Nos ha hecho la deferencia de interrumpir sus vacaciones para recibirnos. Bueno, su señora esposa, que fue la que le reconvino sobre que, siendo unos clientes especiales (y numerosos también, supongo) nos abrieron para darnos sus espectaculares platos.
Debe ser de lo mejor de la localidad pues, en cuanto lo vieron abierto, se le llenó el local con otros improvisados comensales, sin reserva ni nada.
En fin, que había que pedir. Uno, a esas horas -ya digo-, no tiene costumbre de comer nada, pero me arriesgo con un pizza en la comanda. Pero cuando empiezo a ver lo que van sacando al resto que han pedido antes que yo... horror. Una ensalada gigantesca (Feli y Amelia se han pedido una a medias y aún les parece grande), pero las pizzas son como para ponérselas a un carro. Un carro mediano-grande. Muy rico todo, eso sí. En eso ya estábamos al tanto de las visitas anteriores.
También vi un bocadillo "enooooorrrme", que creo que pidió Alberto, del que salían fácilmente un par de ellos bastante generosos aún.
Así que aprovechando una cierta habilidad comercial y el apetito insaciable de los jóvenes y algún otro viajero, conseguí que la pizza se acabara, que no está bien eso de tirar la comida. Y eso que el organizador había desestimado el sistema "buffet" de alguna vez anterior por lo que sobró. Menos mal...
En fin, que éste fue el primer hito gastronómico del viaje, pero no el menos exagerado, como ya explicaré después.
Tras la cena, el "jovenerío" y alguno de los adultos se van a la búsqueda de un "bareto" donde tomarse alguna copa más.
En la hospederia, nos ponemos a disfrutar del imaginativo audiovisual que nuestro querido organizador ha realizado con la ayuda de la IA. Un divertimento con imágenes de los miembros de Topodiving modificadas a tenor de una idea "creativa" del autor. Todo sea por el humor y con buen humor.
Y tras este genial show, nos fuimos ya para irnos colocando en "el sobre" y prepararnos para los maitines del día siguiente.

Sábado 10

De maitines y desayunos

A las 9:45 vamos apareciendo en la torre del homenaje de la hospedería.
La mañana se descubre con un precioso sol, filtrado entre los girones de unas nubes matinales, con un fresco estimulante que anuncia un buen comienzo para esta jornada.
Los primeros, Los Topos; para dar ejemplo. Luego fuimos llegando los demás, poco a poco -sin prisa pero sin pausa- para el anunciado asunto de los maitines.
Elena, como no hay hábitos tamaño monaguillo, se atuenda con un traje de princesa medieval que, además de que lo prefiere seguro, le permite adaptarse al ambiente del medioevo del resto.
Pedro, que llegó tarde al colgador de los hábitos, viste también un atuendo seglar de la época medieval.
Pero ambos son aceptados en la congregación sin mayores trabas.
De repente llega un nuevo monje, barbado bajo su cogulla, que nos deja a todos un momento desconcertados por no reconocerlo. Es Feli, que se ha maquillado barba y ojos y resulta casi irreconocible de esa guisa. Hasta que empieza a hablar, claro.
Un aplauso a este nuevo aporte de creatividad y buen humor para empezar la mañana.
Llegados los últimos de la congregación, monje y monja que no nombro por no zaherir, se inicia el cuestionario bíblico por el padre prior sustituto, que el oficial, como dije, estaba postrado por su lesión.
Las preguntas eran fáciles en apariencia, pero escondían precisiones engañosas a la par que ciertas. De ello queda registro en éste vídeo que he alojado en mi propia web (en esta el espacio es cada vez más exiguo), en el que veréis un poco de todo (más de lo de comer que de otra cosa, por cierto).
La cosa era ir acertando y bajarse al refectorio, aunque los más prefieren quedarse a disfrutar de este examen y las peregrinas respuestas que algunos ofrecen.
Desesperado, el prior, porque nuestra ignorancia dilata el proceso, nos habilita a todos para bajar a realizar la colación matinal. Allí nos espera una mesa con las acostumbrados bollos y magdalenas, zumos y café, unas estupendas tostadas y una esmerada atención, tanto del encargado de la hospedería como de Juan Luis, erigido en improvisado y servicial refitolero , ayudando con afabilidad y espíritu servicial en eso de la distribución de los cafés con leche y demás.
Los ateos (Mery, Chema y Alberto), con una bula del Prior, se incorporan a la colación y los Merys nos cuentan sus encuentros en la tercera fase (o más,vete a saber), su particular Poltergeist vivido en su hotel pagano.
Resulta que, apoco de acostados y apagada la luz, un perchero se les desploma, un ruido en el cuarto de baño los hace levantarse y no cesan los ruidos hasta que Mery los invoca con su peculiar versión del "Si me queréis, iros", en un tono categórico y sonoro que debió de convencerlos para ir a hacer ruidos a otra parte.
Eso les pasa por irse a un hotel sin la protección de los espíritus buenos de los calatravos.
Y así, tras un estupendo desayuno, devueltos los hábitos y cargados los coches de bagajes y personal, nos ponemos pues en marcha a nuestro destino en Almuñecar.

De comida por Almuñecar

Nos vamos a Almuñecar cada uno a su bolita. Pero no pasa mucho tiempo hasta que las obras en el tramo de la Cerradura, los dos carriles de vuelta cortados obligan a compartir el sentido de ida, nos reúnen en un atasco -todavía en ciernes- en el que los Topos aprovechan mi buena disposición para adelantarse unos metros, merced al hueco que les facilito delante de mi. Y, ya que estaban, seguir el camino juntos compartiendo, si se produjera, cualquier desatino de los navegadores GPS.
Eso sí, ahí pude comprobar que el querido líder usa los intermitentes por pura cortesía conmigo personalmente, para indicarme las salidas de la vía principal que va tomando. Exclusivamente. El resto, para adelantar, cambios de carril, etc... le parece superfluo su uso y gasta la bombillita.
Una parada para micción infantil, dos realmente, pues los vástagos de la casta organizadora no aguantan hasta el destino, ya cercano. Lo único, que ha habido que escoger una glorieta para la parada. Menos mal que la G.C. no andaba por allí.
Llegamos a Almuñecar y nos vamos reuniendo en el parking de la playa. Luego, un paseo a la orilla del mar hasta la calle del restaurante "Lute y Manuel" que resultó ser "Lute y Jesús". Sin comentarios.
Allí nos encontramos con el resto de viajeros, Los Chules, Gelen... Pero Gelen, la pobre, viene perjudicada por un doloroso de salud que, a pesar de ello, no es suficiente para que abandone y pase con todos esta comida y el buen ambiente y las expectativas culinarias la animan rápido.
Bueno, nos encontramos todos, pero más tarde. Mari Paz venía de un congreso y el horario de transporte iba un poco contra el de la comida. Pero al final llegó a tiempo y sin apenas retraso. Todo un logro.
Distribuidos en una terraza exterior, empiezan a servirnos lo pactado. Una rica ración de arroz con marisco, una fresca ensalada y una fritura de pescado que apenas pudimos terminar. El arroz, ya de por sí, hubiera sido suficiente, con la ensalada, para dar por cumplida la función de alimentarse a medio día. La fritura ya era gula. Pero, como estaba todo rico y era alegre la compañía, fue cayendo poco a poco.
Ahí me empecé a dar cuenta de que a Olivia, del clan de los Salido, no le peta eso de que le hagan fotos. Se reserva, eso sí, para las que se hacen entre ellos, los jovenzuelos, con sus sofisticadas técnicas y tendencias audiovisuales, y no quiere gastar en posados para los fotógrafos de otra quinta. En fin, una pena para mí.
En el camino a Mercadona hubo suerte, pues había un control de alcoholemia de la G.C. en una glorieta, en ésta sí, pero, afortunadamente, no nos pararon. Nos debieron de encontrar ya vetustos y formales y nos franquearon el paso.

De Merca dona al castillo y vuelta

Luego de comidos, para lo de la siesta playera ya no eran horas, nos vamos al Mercadona, almacén de provisiones para la merienda-cena playera que haríamos tras la puesta de sol.
Ahí, en el Mercadona, cada uno se fue organizando su compra para el tema de los helados, para lo que hubo de realizarse un consenso y negociación intensa. Los Salido, con ser bastantes, tienen una variada panoplia de gustos sobre dicha materia y claro, como los paquetes de helados les venían de a seis y ellos no comparten gustos, hubieron de acordar con algún otro para cubrir los excedentes del envasado.
Estábamos reunidos en la puerta del Mercadona, ya pelando los helados para irnos camino del castillo, cuando en haciendo el recuento y mirando quien faltaba, oímos una voz desgarrada proveniente de la rejilla del baño de señoras del Mercadona en el primer piso: Mari Paz, alarmada por si la dejábamos atrás, nos avisó con un sonoro "Esperadme, que estoy aquí" que nos dejó a todos perplejos, buscando el origen de la angustiosa llamada.
Total, que todos con la compra y el pis hecho y el helado en la boca, nos fuimos subiendo para el castillo, con un paso vivo -como de asalto, que lo de pasear es de necios- para llegar al momento zombie que organizaba nuestro querido líder.
Recogidos los bofes y recuperado el resuello, -hablo por mí mismo, claro- nos reunimos a la entrada del castillo para realizar el briefing oral resumido de nuestro líder, ya que el escrito y detallado estaba en la web y se negó a repetirlo. "Los móviles están también para eso" decía (harto y con razón, porque se le lee menos que los manuales de instrucciones de una tostadora). Es lo que tiene este carismático grupo de indolentes lectores que somos.
Allí recibe el líder llamada de parte de los Merys, que se han personado en el castillo de Almuñecar que, aunque también sea digno de ser visitado, no era el previsto. Otra víctima de la indolencia lectora.
El juego, en el que el que los vivos tenían una carta que debían proteger de los superzombies y zombies por contagio para no infectarse, era como una especie de escondite nacional mezclado con lo foráneo de los zombies, mitad escondite, mitad pilla-pilla en el que está prohibido correr, salvo para los superzombies (el líder y su santa esposa para la ocasión) que sí que pueden. Y, además, había que ir viendo el castillo por el camino (sería por eso lo de no correr). No digo más.
Y, encima, la líder consorte se mosquea conmigo porque le hice perder varios "contagios" al no llevar la carta a mano. Y es que yo uso ambas manos para lo de fotografiar, señora, así que la llevaba en el bolsillo y no salió con la premura deseada por la super-zombi-esa.
Luego, segunda ración del mismo juego, ya en modo descaradamente "escondite", porque Julio desapareció hasta llegado el momento de la puesta de sol. No sé si haría una buena siesta, pero lo supongo.
Bajada al trote, -cuesta abajo esta vez, menos mal- de nuevo hacia el Mercadona, para hacer el acopio de viandas para el picnic crepuscular merienda-cena. Por el camino, pudimos vislumbrar algunos de los preciosos rincones que esconde este precioso pueblo costero.
Y, tras la compra, bajada al peñón de la playa a mirar la puesta del sol.

La puesta de sol y la cena playera

Tras conseguir aparcar y recuperado Julio para la causa, nos encaramamos en el peñón para esperar la puesta del sol y disfrutar con su lento y multicolor descenso hacia las aguas del horizonte (nota poética del autor).
La cuestión es que nadie parecía tener mucho interés en contemplar la puesta de sol en sí misma. Quien más quien menos, andaba con el móvil en consultas, algunos para hacer alguna foto también -todo hay que decirlo- pero más entretenidos en pláticas y chácharas que en la contemplación solazada del espectáculo.
Es lo de los tiempos. Los más jóvenes entretenidos en inmortalizar sus postureos para sus redes o afines, los mas talluditos en intercambiar chascarrillos y comentarios sobre esto y aquello.
Pasando el tiempo, el sol hizo lo que debía se puso por el horizonte con todo su despliegue de colores dorados, justo apenas por el límite del extremo de la tierra al unirse al mar, allá por la lejana Punta de la Mona, adornado con unas nubes bajas que veteaban el sol al ocultarse definitivamente. Todo un espectáculo que no se si muchos percibieron, pero cada uno a lo suyo, que es de ley.
Después de la preciosa puesta de sol, tocaba excursión a los coches para recoger las bolsas con las cenas.
Pero... a quien le apetece cenar con el atracón que nos habíamos dado poco antes? Y no era yo esta vez el único. Entre los chavales, más y mejor dispuestos a la "tragi-comida" en cualquier momento, también había quienes mostraban poca apetencia por lo de la cena.
Y eso que anduvimos aún un poco en búsqueda de un lugar idóneo y disponible en la propia playa o su inmediata cercanía. Los sitios mejor dispuestos estaban ocupados por manteros con su comercio o por señoras en animada charla mientras esperaban fumando yo que sé qué.
Total, vuelta a los bajos del peñón (los altos ya resultaban demasiado escabrosos y arriesgados en la penumbra del crepúsculo como para andar haciendo cabriolas para subir) para organizar entre piedra y arena, la improvisada cena.
Juan Luis, en su inmensa y acostumbrada generosidad, tira de "corte", pero ni por esas casi. Y eso que, como siempre, hace gala de un excelente material en las chacinas que comparte y reparte.
Desde su nueva silla-demontable-del-decathlon, apoltronado y cómodo, corta y comanda al hijo para distribuir las rodajas que, en la penumbra y alumbrado con el móvil, ha conseguido cortar.
Yo decido que mi cuerpo no tiene ninguna necesidad de hacer trabajar al estómago por el momento y relego la cita con mi bocadillo para la llegada al hotel.
Nos vamos así a Lanjarón, a su afamado balneario, por unas carreteras engañosas y traidoras desde la misma autopista.
Julio, en un alarde de los que nos tiene acostumbrados se extravía en la dirección contraria. Yo, envidioso de su fama y merced a la necia de mi navegador que no me indica bien en uno de los desvíos de la autopista- hago lo propio durante cinco kilómetros. Pero rectifico a tiempo, para no hacerle sombra a Julio y retomo el camino apropiado.
El camino apropiado remata, en llegando a Lanjarón, en unas obras que hacen necesario el uso de semáforos para controlar el cambio de sentido del único carril disponible.
Por fin, llegamos al hotel con el detallista organizador esperándonos para orientarnos en la problemática búsqueda de aparcamiento, porque el del hotel está completo y el resto de espacios disponibles, escasea.
Pero todo termina bien. Me tiene estudiado un hueco entre dos árboles perfecto para que recule y lo deje perfectamente alojado hasta el día siguiente.
Registro en el hotel, cena y a descansar. Aunque alguno/a hubo que se fue -creo- a la búsqueda de un buen lugar para hacer la penúltima.

Domingo 11

De balnearios

El descanso en este buen hotel fue de resultado diverso. Para unos muy bien, -cama, almohada y equipamientos- pero para otros (otra, realmente), ubicados aviesamente en las cercanías más inmediatas de los ascensores y poco hechos al ruido, fue de descanso a trompicones.
El hotel, lleno de miembros destacados del concepto "tercera edad" en una notable mayoría, nos brinda un desayuno al uso en estos hoteles: huevos revueltos (algo con regusto a quemados en mi turno), fiambres (con el infumable queso en lonchas acostumbrado), zumos y demás viandas usuales. Pero suficientes para lo que es un buen desayuno.
Buen desayuno que supone una merma en la capacidad de los estómagos, al menos en los de algunos, que acabarán causando estragos en el futuro, sea por una causa o por otra.
Una nota curiosa del desayuno son las dos fuentes, sendos caños, que ininterrumpidamente dejan brotar agua de dos manantiales distintos, etiquetados uno de un "San algo" -que no recuerdo- y el otro como salud, -que fue el que yo probé- con sabor como ferruginoso y algo gaseoso. Curioso. Parece un despilfarro, pero no. Al fin y al cabo, el agua acabaría corriendo por cualquier ladera o en cualquier fuente de las muchas que hay repartidas por el pueblo. Todas bebibles sin restricciones.
De lo ocurrido en el SPA del balneario, no puedo dar cuenta. Al final me dio el pronto perezoso y no me apetecía ponerme en remojo a esas horas. Ni probablemente a ninguna otra, aunque después del cansancio acumulado durante el día quizá hubiera habido opción. Pero no era el caso.
No oí más comentarios al respecto que lo relajadas que habían quedado mis compañeras más inmediatas, Feli y Amelia, tras el remojo. Pero sin más detalles. Del resto, no pillé ningún comentario, ni a favor ni en contra, con lo que no puedo dar más detalles.
Imagino las pintas con los gorritos, las aguas calentorras como para añadir los fideos y sacar buena sopa, los chorros inmensos precipitándose por las nucas de los bañistas, las burbujas cosquilleantes por las nalgas y dorsos... y otros devaneos que prefiero no contar.
Por eso supongo que les fue bien a todos, sin más. "No news, good news" que dicen los de allá lejos.
Así que, tras el raudo remojón, otra vez en carretera para ir a la ruta por "El camino del tranvía".

En ruta a la ruta

Pues vamos para allá. Hacia el camino de la ruta.
Y no va a resultar fácil. La primera son las carreteras de acceso. De hecho, los Merys y yo mismo compartimos despiste geoposicional para localizar la entrada correcta al camino desde el pueblo. Visita imprevista al pueblo, con final en un camino ampliamente prohibido y del ancho de un solo coche.
A duras penas llegamos hasta el final tras un puente, zona en obras para mayor delito, en donde se supone que había que descargar al pasaje. Como no vimos a nadie de los del grupo, ni a pie ni en coche, y aquello estaba petado de coches, nos dimos la vuelta para intentar parar en algún lado con posibilidades de no ser arrollados y/o insultados por el resto de conductores y viandantes.
Encontramos así al grupo, apiñado en una curva, viendo cómo organizarnos para ir al lugar destinado al aparcamiento. Tras unas cuantas disquisiciones de quién va detrás de quien, y apeado el contingente, nos pusimos en marcha hacia "el aparcadero", rezando por no encontrarnos con muchos coches viniendo en el sentido contrario.
Tras un azaroso y transitado recorrido, llegamos al "aparcadero", un lugar algo mas ancho de la carretera en donde apañarnos para dejar los coches sin excesivos riesgos u obstrucciones. Aquello, al fin y al cabo, es la plataforma del tendido de un viejo tranvía y da para lo que da y era necesario para el tránsito del susodicho tranvía.
Un mozo con el brazo en cabestrillo, nos anima a retirar unas ramas para acular el coche en un hueco rematado por un hueco de cierta profundidad... Prefiero dejarlo en línea al borde de las piedras del lado monte del camino, que quieres que te diga.
Nos comisionan a Chule y a mí para ir indicando al resto, según vayan llegando, que busquen al manco (SIC) quien les indicará dónde dejar sus coches, más arriba y cerca del restaurante.
Total, que entre esperas y diatribas, el personal excursionista ha recorrido el camino y llega a nuestro encuentro in opciones para recorrer nuestra parte al suyo.
Pedro y yo, nos animamos a hacer un poquito del camino en un ir y volver en menos de una hora que quedaba para comer. Tampoco esa parte del trayecto era molona respecto a lo que habíamos vislumbrado en el puente donde hubimos de dar la vuelta. Pero algo vimos.
Ya de regreso, un coche nos pita. Es Gelen, que finalmente se ha encontrado mejor y se ha venido a comer con nosotros y a hacer el resto de las actividades previstas. Gentil, nos ofrece transporte para abreviar el camino, porque la hora que acecha, y el fuelle que atosiga con la premura de la marcha, hacen más duro el llegar a punto.
Consigue aparcar el coche en lo poco que había quedado libre junto al mío -el del hueco de las ramas y el agujero tampoco le convence- y seguimos a pie hasta el restaurante "Chiquito", esquivando y sorteando coches por el estrecho camino.

La grand bouffe

Llegamos al restaurante los tres, Gelen, Pedro y yo, ya con todo el mundo sentado y disfrutando las primeras cervezas, pero a tiempo y puntuales para no ser reprendidos.
Nos ubicamos en donde podemos, pues los huecos para sentarse están tan discutidos como para aparcar y el tránsito por entre las mesas como el del camino previo con los coches.
Y empezamos por las bebidas. Esto de tener que dar la comanda por grupos familiares (aunque sean familia postiza como es mi caso, nos empaquetan por ir en el mismo coche) tiene su aquél de conseguir que los del restaurante no se líen, pero es un poco follón, aunque funciona para luego concretar las bebidas, que siempre se quedaba alguna "colgando".
Pasamos al momento de rememorar lo que cada uno había decidido comer ya meses atrás. Está todo perfectamente anotado en la web y recordado en los sucesivos correos enviados por la organización, pero el líder no renuncia a hacer una revisión sobre la marcha, para facilitar la tarea a la gente y a los camareros.
Llegan los primeros platos: las ensaladas, pistos, croquetas y otras cosas. No vi muy bien los otros platos, aunque las croquetas que vi, que eran para compartir, si se las hubiera tenido que comer uno solo, hubiera fenecido. Simplemente las ensaladas eran ya para quedarse ahíto. La de tomate que comí yo, aún y vaya. Pero la de rulo de cabra que se apioló la "líderesa" consorte, además de sus huevos rotos, eran como para alucinar. De ahí comían tres, al menos. Qué barbaridad!
Y cuando llegaron los segundos, la cosa no mejoró. La abundancia seguía dominando en los platos. Yo, que siempre he sido de comer todo lo que me sirven, conseguí -como una oca ansiosa- acabar con todo. Pero, en mi favor, diré que no tomé postre. No hubiera podido sobrevivir.
Todo muy rico, eso sí. Pero francamente era como aquella película de "La grande bouffe", en que un grupo de amigos pretende suicidarse a base de comer. Casi lo conseguimos.
En fin, que acabados los postres -los que tenían el estómago más generoso y lo pidieron- y los cafés, nos pusimos en ruta camino al Veleta.

La carrera al Veleta

Día de carreras. Al principio no mucho, porque el camino era igual de estrecho que el de por la mañana. De hecho, Juan Luis con su carrazo enorme, espantó a un pobrecito Wolksvagen que se llevó un restregón con la pared de rocas, creo, del susto y al acochinarse al interior para que pasara Juan Luis.
Parece que se enfurruñó un tanto con el suceso pero, merced a la cortesía de Juan Luis y, probablemente, al reparar que el convoy que lo seguía le era afín, optó por tranquilizarse y aceptar las cosas como son. Y sin violencias que lo hicieran acabar en el río.
Luego, no sé si porque había carreras de F1 por ahí o, simplemente, por que llegábamos tarde, -como nos suele ocurrir- aquél convoy solidario se convirtió en una carrera de montaña.
Lo peor es que me había tocado el último y en el ranking de categorías de coches, el mío entra en los de todo a cien. Así que, para seguirlos, había que ir metiendo el pie e incomodando al pasaje, porque se nos podía escapar el autobús al Veleta y fastidiarnos la foto y los diez minutos de visita.
Ya allí (llegamos con tiempo de sobra y hubo que esperar algo, con lo que intuyo que lo que querían era adelantar la carrera de karts) una manada de tijeretas salvajes (las clásicas corta-pichas que le decíamos los chavales de otros tiempos) que se iban acercando a nosotros como la marabunta. Porque no eran una o dos, eran muchas y bastante agrupadas. Daba un poco de repelús, vaya.
Gloria iba andando muy graciosa, de puntillas y a saltitos, cual bailarina de ballet, hasta conseguir subirse al autobús. Luego, ya dentro, la guía nos explicó que buscan el calor y que, seguramente, iban más hacia el autobús que hacia nosotros, pero nosotros estábamos entre medias y también daríamos nuestro calorcito.
Arranca pues el autobús, camino a las ciento y muchas curvas por aquella carretera/pista estrecha que sube al Veleta, hasta la Hoya de la Mora, en donde nos apearemos para la foto grupal.
Por el camino, nos paran unos no muy aguerridos montañeros, ya de bajada y cuajados de frío, implorando que los recogieran a la salida. EL del bus les dice que ya verá, peo que va muy lleno y casi se echan a llorar, implorando compasión.
La guía nos va contando sobre la multitud de endemismos vegetales y animales que por allí se dan. También sobre los límites del parque y de la estación de esquí. Todo esto mientras el conductor nos lleva con pericia por algunos tramos de pista con un desplome por el lado del valle que espeluzna un tanto.
Llegados arriba, todos a colocarse para la foto. Las fotos, realmente. Una hacia arriba con el Pico al fondo y otra vista al valle para dar una idea del dominio y altura del lugar. Nada, diez minutos apenas y para abajo.
De vuelta, vemos a algunos desnortados que suben en chándal y zapatillas y a estas horas del ocaso. Nos explican que hay muchos que suben a ver la puesta de sol y se bajan. Ya es humor. Pero la del chándal estoy por jurar que las iba a pasar regular, porque de ahí no se baja en un cuarto de hora. Y menos, de noche.
Recogemos finalmente a los agradecidos "montañeros" que entran llorando al autobús. No sé bien si por la emoción o el frío que iban pasando. Un poco exagerados, creo, porque caminando y hasta con bufanda y gorro que iba la moza, tampoco parecía para tanto. Sí es cierto que uno de ellos iba en manga corta, pero en fin, moviéndose a buen ritmo se pasa mejor. En todo caso, se pusieron muy contentos con el transporte. Yo creo que si les hubieran cobrado el doble o más, lo hubieran pagado gustosos.
Al llegar la plataforma de la virgen de las Nieves, conforme al programa, los que quisieran se podrían bajar caminando hasta la estación. Algunas familias se bajaron completas, como la de los Topos, que se bajaron mediante una disposición totalmente "Almucrática" según expresión propia de la "líderesa" (esta vez, parece, no iba de consorte).
Otros, nos quedamos para acabar el trayecto en el autobús, que el precio era el mismo y unos por el frío y, en mi caso, porque tenía una uña hecha un poco puré. Peplas que me pasan ya con cierta frecuencia, vaya.
Abajo dio tiempo para cafés y pises, unos en el albergue y otros entre los árboles (los de los pisess, digo).
Y nada, otra carreterita hasta Granada, que hay que comerse las tapas. Aunque no sé si nos llegará alguna noticia ingrata de alguno de los varios radares del camino de vuelta. Ya veremos.

Más comida, es la guerra

Llegamos sin mayores inconvenientes (a falta de la opinión de los encargados de los radares) al bar de la Joaquina.
Aquí ya teníamos pre-ordenado lo que habíamos elegido también unos meses atrás. Tapas, que era lo explicado en los diversos mensajes emitidos por el organizador que íbamos a cenar (vuelvo a exponer el concepto merienda-cena, ya enunciado anteriormente). Quia! Aquello son raciones.
La de jamón asado, con ser comunitaria y la primera, parece más racional. Pero cuando van llegando las segundas y terceras, todas a la vez casi, se me cae el alma a los pies. Yo no puedo con todo aquello sin morir minutos después. Ni siquiera por lo rico que estaba todo. No podía. Acabé con algo, poco, más de la mitad del cazón y su guarnición de ensalada de col (que me encanta y era lo que más me apetecía y mejor entraba). Probé un par de boquerones por el aquél de que no se dijera que no lo había intentado. Y ya no pude más.
Ni siquiera los jóvenes del grupo estaban con apetito más allá de para cubrir un poco las apariencias.
Total que, por aprovechar, el organizador redirigió lo abundante que aún quedaba (de hecho, él pensaba que el cazón ni lo había tocado, cómo sería la cosa) hacia la mesa de su familia, que a lo tonto a lo tonto se fueron metiendo en el cuerpo, con las consecuencias que tuvo para alguna y que más tarde narraré.
Después, camino al parking de la Alhambra. Camino que para no variar mi sino, tengo que repetir porque mi navegador me ha llevado bien, pero yo me he equivocado de carril y, en el que estoy -más a la izquierda-, no tiene acceso al parking. Intento recular los metros que me separan de la bifurcación, pero siguen viniendo coches y me parece arriesgado. Así que, hasta abajo y a buscar un sitio para dar la vuelta.
Afortunadamente, no tardo demasiado y llego a la reunión triunfante, atravesando el grupo reunido y en busca de mi plaza.
De allí iniciamos un precioso recorrido y unas geniales ilustraciones de Isaac, nuestro familiar guía, que por segunda vez nos explica toda la historia y el anecdotario de la zona visitada.
Había que estar cercanos a él, porque los aparatitos tienen un límite de cobertura no muy amplio y, en cuanto te alejas un poco, aquello se oye a saltos. Recorremos el exterior conforme a lo previsto, disfrutando del buen tiempo, las explicaciones y las hermosas vistas del recinto amurallado y del exterior iluminado, al otro lado del valle.
Una vez más, hay que reconocer lo ameno y entretenido de las explicaciones de Isaac, que hace que todo aquello cobre un significado especial al visitarlo. Gracias por ello!
Y de vuelta a Lanjarón, otro extravío en el mismo lugar y por la misma causa ya narrada.
La llegada al hotel nos recibe con una fiesta en el parque aledaño que hace que la "líderesa" se baje a la recepción para plantearle una queja al conserje de noche, que da parte a la G.C., pero con poca fe en el resultado de su gestión. Poca patrulla para tanto territorio a controlar.
Pero, al final, la cosa se disuelve rápida y solamente tiene que soportar el ruido de los ascensores.

Lunes 12

De balnearios otra vez

Ya de mañana, volvemos al momento desayuno y al remojo. Sigo sin saber noticia alguna del acontecer en el SPA, pero sigo pensado que, a falta de malas noticias, todo sigue bien.
Además, soy de los últimos en bajar al desayuno, por lo visto. No queda más que la mesa de los Julios, que no sé si tienen pensado ir al SPA o no.
Por mi parte, me subo con calma a mi habitación para recoger y hacer la maleta tranquilamente, sin prisas, disfrutando a mi manera del relax del balneario.
Cuando ya estoy abajo, esperando a mis queridas acompañantes, recibo una llamada de Amelia que, con voz apurada, me explica que la pobre Feli está mal, dándose la vuelta como un calcetín y que bajarán en cuanto se encuentre mejor.
Las intento tranquilizar y, como no participamos ninguno en la carrera de karts, no tenemos prisa alguna. Que esperamos tranquilamente a ver cómo evoluciona y ya emprenderemos camino en cuanto se encuentre en condiciones.
Al rato, las veo bajar. Feli algo recompuesta pero con cara de no estar muy segura. Decide probar a tomar una manzanilla, por ver si le sienta el estómago un poco, pero el restaurante del hotel ha cerrado ya y la cafetería aún no ha abierto, por lo que optamos por un paseo, que quizá también le siente bien, en busca de un sitio en donde le puedan prepara una infusión.
Tras probar con un poleo, en la primera cucharada se le pone el ceño preocupado, por lo que opta por dejarlo y probar con una manzanilla que sí que le sienta mejor.
Y así, ya algo recuperada aunque con algo de dolor de estómago aún, nos aventuramos e ponernos en marcha.

La ruta al karting

Por el camino, con sus semáforos y demás pero sin atascos ni extravíos, -por el momento, no se pierda la esperanza- se va recuperando paulatinamente y vamos pudiendo hacer el camino hasta las primeras señales indicadoras del Karting. Aunque mi navegador tiene perfectamente localizado el karting, merced a las amabilidad del organizador, que nos provee de las coordenadas pertinentes, las indicaciones de navegación nos van queriendo conducir por un camino que difiere del marcado por los carteles indicadores que hay en el camino.
Como ya nos había pasado algo similar en Daimiel, para llegar a las Tablas, decidimos hacer caso a los carteles a despecho de mi desgañitada locutora que me pretendía llevar por otro lado. Llegamos así hasta un camino de tierra con un cartel de prohibido el paso que dudo en respetar. Pero finalmente, mi civismo me lleva a seguir las indicaciones de mi insistente navegadora que, por esta vez, se porta y nos lleva por otro lugar más adecuado.
Por fin, llegamos al recinto del karting, con la enferma en buenas condiciones pero sin intención ni gana alguna de comer.
Allí nos encontramos con que ha habido víctimas, pero no de la carrera sino de las avispas. Sebas, alérgico a ellas, ha tenido el infortunio de que una se le haya colado, en plena carrera, por la manga de la chaqueta del chándal, y le ha arreado un par de soberbios picotazos que le han puesto la muñeca como una bota. Hielo y antihistamínicos, que el hombre y su amada consorte ya están avisados y ella es, además, del gremio médico. Pero aquello tiene un aspecto de ser preocupante y doloroso para el afectado. Suerte que Sebas es hombre de talante fuerte y controlado y lo lleva con resignación y confianza.

La carrera infernal

A todo esto, la carrera acababa de finalizar poco antes de nuestra llegada. Y ya vamos oyendo las quejas y las escusas de los competidores y las justificaciones de los transgresores de las normas explícitas o de las reglas no escritas que todo piloto que se precie de serlo debe conocer y respetar.
El líder, quejándose de Olivia, del clan de los Salido, que afirma que lo ha echado al verde y la acusa de conducción errática y temeraria. Y que por eso le ha ganado.
También hay quejas sobre Chule, el flamante campeón y del subcampeón, Juan Luis, que tiene también sus más y sus menos con algún otro competidor/a. Julio ha quedado en un honroso tercer puesto, que le da paso junto con los otros ganadores al podio de la victoria.
Es extraño que ninguno de los jóvenes y pujantes jóvenes no hayan subido ni siquiera al podio. Pero luego sabré, por Juan Luis, que han sido aleccionados para moderarse en pista y que no hubiera percances. Todo un comportamiento modélico el de los muchachos.
Y así, con la foto del podio de la victoria y la entrega de un improvisado trofeo para el campeón, -temporal y en préstamo para la foto- volvemos a comer.

Más comida, pero menos

Feli tiene que andar mirando hacia otro lado porque solamente la vista de la carne a la barbacoa le da "yuyu". Pero no se puede librar del olor, que también le produce un efecto parecido.
Nos ponen la comida en bandejas en mesas aparte, para que que cada uno se sirva lo que guste y cuando guste. Pero el gato de la propiedad muestra un interés muy especial e intenso sobre el contenido de dichas bandejas.
La dueña le pone un cacharrito con comida para él, carne creo que era, pero al gato le hueles mucho mejor las carnes y chistorras a la barbacoa. Pese a los chísss y otras advertencias, el gato va cogiendo posiciones, olisqueando y mirando hacia arriba de la mesa y buscando subirse discretamente y poco a poco por las sillas próximas a la mesa tan apetitosa.
Finalmente, la dueña tiene que llevárselo desde la silla en que ya se había aposentado, camino de la suculenta carne.
Afortunadamente, en esta ocasión la cantidad ha sido razonable conforme a las posibilidades de los ya algo embotados organismos de algunos y no da más problemas la cuestión.
Después un momento para que los jóvenes desparramen su energía en los columpios del parque anexo, con algún riesgo de la integridad física de las arriesgadas "columpiantes", a tenor de algún grito que se pudo escuchar en la refriega. También la dura "líderesa" y la ilustre congresista se han estado dando sus viajes en otros columpios más discretos, pero lo dejan en cuanto me ven acercarme con mis cacharros, a la búsqueda de una instantánea o un vídeo de algún momento interesante.
Y poco más.
La vuelta, con tráfico muy denso pero sin atascos ni sustos. Julio, tras su obligada parada para recargar el juguete (500 CV son 500 CV, aunque sean eléctricos, y hay que alimentarlos).
Todos de vuelta sin contratiempos y esperando, agradecidos al querido organizador, a que nos organice una nueva excursión.
Besos para todos!