El Olivar de la Hinojosa
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Los miércoles al sol

El Olivar de la Hinojosa

Cita en Juan Carlos I
Paseo hasta la estufa
Montando el número en el campo de golf
La comida con vistas
De vuelta al mus visto


Los miércoles al sol

El Olivar de la Hinojosa

Cita en Juan Carlos I
Puntuales como nadie, Susana y Fernando son los primeros en llegar... y llevarse la bronca del vigilante, pues las normas del club de golf dicen, suponemos que para evitar que aparque allí todo quisqui y no vayan a hacer uso del club, que no se puede salir del club a pie. Susana le explica que es que hemos quedado con más gente fuera, que tienen que salir... Y, al fin, salen; pero con el chorreo recibido.
Los encuentro yo al salir, que he salido por detrás de la garita por si acaso se mosqueaba el vigilante y o no me ha visto o ya pasaba el pobre.
Luego llega el Topo con sus hermanas, que nos dice que ya hay gente esperando en la glorieta en donde habíamos quedado y nos vamos para allá para encontramos ya allí todo el mundo.
Concha nos cuenta, como novedad, que se ha machacado el dedo gordo del pie en un baile de boda con una silla de ruedas eléctrica con señor grandón encima, curiosa la anécdota pero que debió de ser dolorosa y la llevó, sangrante, al hospital, aunque ya no le duele, afortunadamente.
Ya el resto de conversaciones es sobre donde hemos estado de vacaciones, el macro-viaje del Topo... Y arrancamos el paseo.

Paseo hasta la estufa
Vamos parque abajo camino de la famosa estufa, que es una especie de jardín/invernadero que es mono, pero escaso. En todo caso lo recorremos y el paseo nos sirve para desperezar y estirar las piernas.
El día no es tan fresco como parecía en un pricipio y nos acaban sobrando las "rebequitas", forros, cazadoras y demás abrigos que llevábamos recomendados. Pero nunca está de más prevenir.
Y vuelta para arriba del parque, descubriendo algunas zonas nuevas que no habíamos visto algunos y haciendo consideraciones de lo que ha cambiado el parque con el arbolado ya crecido tras muchos años ya.
También subimos a uno de los miradores en un promontorio para contemplar una buena vista general del parque y del Madrid. El Topo nos dice, como siempre, que es allí donde llevaba a sus churris para rendirlas a sus encantos. (No hay constancia de las rendidas ni de su número real).
Y con ésto, nos vamos para el campo de golf, a presentarle nuestros respetos al paciente vigilante y para dentro, a darle al palo y las bolas.

Montando el número en el campo de golf
Aquí empiezan las risas. El Topo alquila una bolsa de palos surtidos y varios cubos de bolas que nos vamos repartiendo en los distintos puntos de práctica.
En ellos hay un sucedáneo de césped artificial, una especie de alfombra para amortiguar los lechazos que los neófitos puedan darle al suelo en lugar de a la bola y dañar menos los palos, de los que ya hay varios desgarrados por la vehemencia y torpeza de algunos predecesores.
Nos distribuimos pues entre varios de los puntos de golpeo libres para probar los distintos palos sin matar a nadie.
Alguna experiencia frustrante de darle al aire un violento arreón ocurre, pero, al final, todos le vamos atizando -más o menos- de lleno a la bolita. Algunos, como José María, se ve que no es la primera vez que cogen un palitroque de golf. El resto, salvo el Topo, que también apunta maneras, hacemos lo que podemos, que no es mucho ni muy grácil, pero le damos al final con mayor o menor precisión y fuerza.
Algunos golpes van a caer a escaso un metro, otros, más afortunados, llegan bien lejos... Susana se clava a sí misma las uñas en su afán de sujetar el palo, Ana se queja de lo áspero que es el mango del palo, a mí me tiene que llamar la atención el Topo, por vocinglero al fallar los golpes...
Algunos que nos emocionamos con el "drive" conseguimos sacar chispas al palo al restregarlo con violencia contra el tapete artificial. Cómo será que somos de zotes. Pero lo importante es probar.
Así, vamos consumiendo cubos y cubos de bolas hasta que llega el momento de comer. Todos al restaurante.

La comida con vistas
El restaurante está muy chulo. Tiene unas hermosas vistas sobre el campo y el parque y es un lujo el comer así. También nos han asignado una mesa circular enorme frente a un aún más enorme ventanal -corrido de pared a pared- que nos permite vernos las caras y charlar todos en lo mismo, lo que también es un lujo.
Topo dice que los que están de cara a las vistas tendrán que pagar más que los que estamos de espaldas, pero no parece que haya acuerdo y se desestima la moción.
La comida está bastante buena y el servicio es rápido y bien atendido. Es el menú del día lo presupuestado, pero incluye tres primeros y dos segundos, está todo rico y en cantidad y presentación adecuadas.
Alguno/alguna se apiolan unas judías y un posterior codillo sin pestañear. Y, después, el postre -dulce- claro. Otros optan por cardo o ensalada de lascas de bacalao y el codillo o unas albóndicas de merluza en salsa verde. Todo perfecto.
Susana y Fernando deben irse antes del mus por cuestiones familiares, así que, tras los cafés y algo de charla, se marchan, una pena. Despedida de los mozos, que ya van saliendo con retraso... y, los que quedamos, al mus.

De vuelta al mus visto
El propio restaurante/club, tiene allí dispuestos para los comensales los avíos necesarios para organizar las partidas: tapetes, naipes con solera -algo mugrientos ya, francamente- y los consabidos garbanzos para el conteo. Todo muy auténtico, aunque en nuestra mesa decidimos sustituir los naipes por unos que llevaba yo, más nuevecitos y con mejores condiciones higiénicas que, tal como están los tiempos, con esas cartas se puede pillar cualquier cosa.
La vuelta al mus tras las vacaciones es más una vuelta a recordar que otra cosa, porque entre los que aún no se habían iniciado, como Marga, los casi neófitos y los que, no siendo tampoco muy expertos, se nos había olvidado en parte algo de lo que habíamos recordado antes del verano, había mucho que recordar.
Topo nos previene a José María y a mí (especialmente) sobre el posible apabullamiento de nuestras pupilas, Marga e Inés, ya que tenemos tendencia a dar más información de la precisa. Pero, caray, que uno no tiene título de instructor de mus! Cuento lo que me parece oportuno. Pero al fin y al cabo Marga e Inés son chicas listas y voluntariosas y van recibiendo las apelotonadas instrucciones con interés, aprovechamiento y paciencia.
Hay que retomar el vocabulario, porque eso de explicar que en el primer envite se trata de ver quien las tiene más grandes, resulta un poco aparatoso y suena "raro" y conviene mejor expresarlo como "ver quien tiene las cartas más altas".
En la otra mesa, Concha, Ana, Amelia y Gelen reciben las oportunas instrucciones del Topo, que -aparentemente- tiene mejor maña en eso de formador de mus.
Y bueno, todo se acaba, terminamos la práctica musística porque hay que plegar para cumplir el horario y ya nos hemos pasado de las cinco de la tarde.
Gracias por la elección de actividad y el sitio al Topo, despedidas y parabienes para todos y hasta la próxima de "los miércoles al sol" (con o sin él).

P.D. Lo siento mucho, Fernando, pero creí que tenía fotos de todos en el golf y me faltó hacerte a ti. Serán los nervios del animalito o la vejez, a saber. Menos mal que estaba Susana al quite.
Te debo unas cañas (con limón para ti).
Y gracias a ambos, por vuestra colaboración en el reportaje.