Animal !!!
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Los miércoles al sol

Animal !!!

El Follón urbanístico El museo de las ilusiones At the Zoo La comida Solo puede quedar uno

Los miércoles al sol

Animal !!!

Esta era la planificación del día:

09:30 Punto de cita en Maestro churrero.
10:20 Museo de las Ilusiones.
12:00 Visita guiada al Zoo.
14:05 Comida junto al lago de la Casa de Campo.
16:00 Babylon Park. ¡ Solo puede quedar una !. Actividad lúdico divertida por parejas.
18:15 Fin de la actividad

Y esto fue lo que hicimos:

El Follón urbanístico
La mañana empezaba regular -tranquilos, que acabó bien- debido a al Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid.
Dado el retraso acumulado por del tren en Chamartín -lo que es usual- tengo que llegar directamente al Museo de las Ilusiones, saltándome el apetecible desayuno churrero, que hubiera sido el primer y deseable hito de la mañana.
Nada más salir del metro, me encuentro con que la plaza de Tirso de Molina es una tremenda trampa debido a las obras que el ayuntamiento realiza allí.
Por encima de las vallas que medio ocultan las obras, veo una tolva que está arrojando escombros en algún sitio. Conforme avanzo, compruebo que lo que hay es un convoy de reasfaltado de la calle y que la única calle que cruza la plaza está completamente bloqueada.
Me malicio que los dos coches que tenían que llegar a aparcar el la Calle Doctor Cortezo, los de Concha y del Topo -nuestro esbelto organizador- no habrán podido pasar antes. Y acierto. La única posibilidad de acceder a esta calle es desde la propia plaza, pues en ese furor peatonalizador del regidor madrileño y sus ediles por peatonalizar el centro. Así que agua y ajo. El uno aparca en embajadores y la otra en un parking de la Ribera de Curtidores.
Bien para los que seremos transportados posteriormente por Concha hasta el Zoo, mal para los que son acarreados por nuestro líder, que se vuelven a meter un poco en el follón de Madrid centro. La verdad es que el día acompaña, con un precioso sol que se agradece, porque el tiempo es fresquito.

El museo de las ilusiones
Así que, aún con RENFE y ADIF contra mí, llego el segundo a la solitaria puerta del susodicho museo.
Digo segundo porque Marga ya había llegado antes -foto hizo y mensajeó que lo documenta- pero se había ido de desayuno y bureo de escaparates para entretener su espera.
Al cabo de un rato empiezan a llegar el resto de expedicionarios. El Topo & sisters por un lado Concha, la pobre, con cara de derrota y desespero tras hora y media para ir desde su cercano barrio hasta allí.
Claro que el indiscutible líder no llega tarde, claro. Y yo sí, porque según él, yo estaba incluido en una supuesta lista de citados en cada uno de los dos lugares previstos. Lista que, por supuesto, había distribuido en un correo que, curiosamente, no apreció por ningún sitio. En fin, gana la banca.
Entramos al museo con la esperanza de que no sea una "tontá" como aquél otro museo, el de la Felicidad, que nos dejó tan penoso recuerdo. Pero no. Este tiene sus curiosas experiencias que, aunque algunas ya están vistas habitualmente en las redes, permiten echar unas saludables risas haciendo un poco el oso/osa y probando todo lo probable, haciendo fotos de perspectivas imposibles, y pasando un buen rato.
Juegos de espejos, de planos inclinados, de juegos de luces y trampantojos, dan la oportunidad de jugar un rato con las ilusiones ópticas.
Incluso el querido líder se brindó para ofrecernos una visión de su cabeza servida en bandeja. Muy propio. Después, nos fuimos para recuperar los coches de sus apartados forzados emplazamientos, no sin antes maldecir al Ayuntamiento Madrileño, a sus responsables y a los responsables del parking previamente reservado y pagado, que ya podían haber avisado antes. Total, veintitantos euros desperdiciados y un estrés matutino innecesario.
El haber tenido que aparcar en la Ribera de curtidores, da opción a una nueva anécdota a la salida del parking.
Concha, al entrar, no ha tenido que recoger ticket, con lo que supone que le reconoce la matrícula -correcto- y que se lo cargará a la salida por Vía-T -absolutamente incorrecto- y se percata de lo erróneo de su presunción justo de la barrera de salida del parking. Paciencia y calma. Una llamada -bueno, dos- por el intercomunicador del poste de la barrera y nos ilustran con el procedimiento. Que resulta ser como en la Vaguada, que te vas al cajero y te identificas con la matrícula y te clava automáticamente lo que sea menester. Pero también podían ponerlo bien grande al entrar, digo yo.
Total, un ejercicio de humildad franciscana para Concha y otro de paciencia para el conductor que esperaba discreto y comprensivo tras nosotros su oportunidad de salir.

At the Zoo
Llegamos al Zoo y Emilio ya está por allí esperándonos, porque él solamente iba a hacer la visita al Zoo y luego tenía que salir pitando para in compromiso previo. No iba a venir el hombre a nada, pero esto de los miércoles imprime carácter y no ha resistido la tentación de acudir al llamado -quizá insistente- de nuestro líder y de los animalejos del Zoológico.
Todos de nuevo en reunión, entramos. Sigue la tradición de hacerte la foto en la entrada; no le obsta al fotógrafo el verme con mi propio chisme de fotografiar para ofrecer hacernos una foto de grupo, que rechazamos cordialmente pues ya nos está esperando allí nuestra jovencísima guía, de nombre Altair -no sabemos si se lo pusieron por la estrella o por el significado de "águila" con que corresponde. Hizo la introducción pertinente -haciendo mención proactiva sobre el significado de su nombre para evitar posteriores comentarios- y allá que nos vamos tras ella.
Siguen allí los flamencos, que deben ser de plantilla -supongo que los van renovando, porque no creo que vengan de temporada- y tremendamente efectivos a la hora de adornar y dar ese toque de color y exotismo para el visitante que, nada más entrar, queda ya predispuesto favorablemente con ese espectáculo de color.
Como no nos va a dar tiempo a visitar todos los recintos del parque, hemos de seleccionar porque la visita será breve, necesariamente por lo escaso del tiempo, para lo que requiere este parque. Camino del de los osos panda, pasamos por el del rinoceronte indio, una hembra con el cuerno desgastado de rozarlo contra cualquier sitio, incluido el rollo que los cuidadores le ponen al efecto. Se ve que, por alguna ignota razón, gusta de desgastarse el cuerno. Puede ser por cosa práctica (para qué soportarlo, si tampoco hay nada de lo que defenderse), por comodidad (llevar un chisme así encima de la nariz debe estorbar y pesar bastante), pero parece ser que no se sabe a qué se debe realmente.
Continuamos hasta encontrarnos con los célebres osos. Allí nos recibe la hembra, que está fuera esperando, quizá, a que le terminen de adecentar sus "aposentos". Tras un breve recibimiento, se cuela en su recinto cubierto para hacer gala de lo bien que trepa y de lo rico que está el bambú. Bambú de importación, porque a estos bichos no les gusta cualquier clase de bambú. Estoy por hacer crecer la plantación de mi parcela, porque quizá sea una opción de negocio si China no se china con nuestro gobierno y nos retira los ejemplares.
Nos enteramos de lo largo e incierto de sus embarazos, lo cortísimo del plazo de sus opciones de estarlo y algunas otras cosas curiosas más.
De camino a ver los grandes animales, pasamos por delante de los monos -no recuerdo la especie- correteando ágiles por los entramados hechos con las mangueras viejas que los bomberos les regalan para ese entretenimiento. También nos cruzamos con un pavo real que pasa impertérrito a nuestro lado, y vemos también gamos y gamas en su vallado.
Elefantes no hay más que de los de la india. No sé si es porque serán más baratos, pero Altair nos explica que los africanos requieren de mucho más espacio y aquello está ya al límite. El macho adulto, el pobre, tiene los colmillos recortados a causa de una persistente infección que obligó a semejante traumática operación. Pero el animal tiene allí su harencito de hembras que nadie le disputará, porque la cría de macho la van a tener que largar en cuanto crezca un poco, para evitar polémicas.
Esto del macho único debe ser la práctica habitual con la mayor parte de los animales territoriales, por lo visto. También le pasará al pequeño orangután que crece acompañado de su familia, pero en cuento esté en edad de merecer, a otro zoo.
Los tigres y los leones pasan de majestuosidades y están haraganeando tumbados al sol. Incluso el macho de tigre hace una exhibición de pereza exhibiendo su panza cual manso y desenfadado minino. Una pena, pero imagino que con los escasos días de sol previos, no van a desaprovechar un buen baño de sol y holganza.
camino a la casa de los orangutanes, vamos viendo los tamandúas -caminando lentos sobre los dorsos de sus afiladas garras-, las capibaras -enormes roedores-, los graciosos suricatas y las elegantes gacelas.
Llegamos al recinto de los orangutanes y el tremendo macho está pegado al cristal, recibiendo mimos visuales a través de esta protección que lo aísla y nos protege. Es impresionante su mirada, con esos ojos que demuestran comprensión e interés calmado. Su expresión facial es, para mí, la más próxima al humano de cualquier otro primate. Imponente.
La pareja y la hija de esta familia están en pleno proceso de acicalamiento y muestran esa misma mirada inteligente. Inteligencia que Altair nos cifra como equivalene a la de un niño de seis años en un individuo adulto. Y eso es mucho, francamente.
Hay también una cría más joven jugando a enredar con las mangueras, un macho que será, como decía, el que salga necesariamente para evitar la competencia con papá por el genero femenino de la especie.
De allí ya nos dirigimos al acuario. Me entero de que ya no hay delfines desde hace dos años y, parece, no hay planes de reponerlos. Hemos tenido suerte los que los hemos podido ver en acción en sus espectáculos de saltos y cabriolas tiempo atrás. Como los elefantes africanos, que tampoco volverán. No estaría yo muy confundido al pensar que la razón es más presupuestaria que de otra índole.
También los tanques los encontraba peor nutridos que en otros tiempos, con ejemplares de menor tamaño y menos variedad. Sí que es cierto que el mero es bastante gordo, pero creo recordar que hubo un tiempo en que había algún ejemplar de tiburón toro bastante hermoso.
En fin, que para la próxima habría que probar suerte en Faunia, a ver si mejora la cosa, que allí tienen -o tenían- hasta pingüinos y otras rarezas.
Terminada la visita, aprovechando que Emilio se ha confundido de dirección hacia la salida en su apresurada fuga, lo retenemos para que Altair nos haga la pertinente fotografía de grupo, todos con las "patitas" levantadas (no me he enterado hasta que no he visto las fotos que fui el único que no hizo la pavada) salvo yo, que con las prisas de llegar a la fila tras dejarle la cámara ajustada a la improvisada fotógrafa, no me percaté del asunto.
Y sin más, a comer al lago.

La comida
Pues salimos del Zoo para dirigirnos al restaurante que, definitivamente, sería uno de los situados junto al Lago de la casa de Campo. Lo de "definitivamente" es por los diversos cambios de planificación requeridos, sea por cuestiones logísticas o por imponderables del propio Zoo, en donde estaba previsto que comiéramos.
Como no todo iba a ser fácil, aunque el Lago está a tiro de piedra del Zoo, los del convoy de Concha tuvimos una nueva aventura automovilística. La cosa fue que al llegar a la salida obligada a la A5, aquello es un sin dios en el que no está muy claro donde ubicarte para realizar los giros y cruces pertinentes. Total: que una duda sobre el carril preceptivo para girar hacia la derecha y un despiste por mi parte en las indicaciones a Concha, motiva que tengamos que dar un precioso rodeo, yendo hasta donde el señor perdió el mechero, pero por la parte de atrás.
Pero nuestra fe y nuestra constancia hizo que llegáramos a buen puerto, el del Lago, cuando ya nuestro líder estaba llamándonos para darnos instrucciones sobre la mejor ubicación para aparcar, justo al lado del restaurante. Meta conseguida.
El restaurante se encuentra en un bonito sitio muy próximo a la orilla del lago. Tiene un salón/terraza cerrado muy agradable y con poca gente, supongo que por el hecho de ser miércoles y a pesar del estupendo, aunque fresco, día de sol. Beneplácito del menú por lo variado, aunque ricos de sabor, los chipirones estaban un poco duros.
El líder, ante la escasez de cartas con el menú, decide hacer de lector de las opciones disponibles para facilitar y aligerar el trámite, dispuesto a leer tantas veces como requiramos para enterarnos. Algunos, merced a nuestra memoria de pez y mi indecisión (tenía un conflicto de intereses gastronómicos), hacemos que esté a punto de renegar de tal ofrecimiento. Pero, finalmente, conseguimos decidirnos y pasamos al modo comanda.
La verdad es que de lo que vi o probé, todo tenía muy buena pinta. En cantidad y en calidad. No obstante, y para continuar siendo el tiquismiquis electo -siento ser el único con criterios exigentes y adiestrados- encontré que los chipirones, aunque muy ricos de sabor, estaban algo duros. Factor este que acreditó también Amelia, que compartió elección conmigo.
El caso es que al líder no le prueban mis críticas gastronómicas o, al menos, que no encuentre algo totalmente satisfactorio. Debe ser porque, siendo el escriba oficial, soy el único que deja constancia por escrito. Pero no soy el único: en esta ocasión, Marga opina que su elección ha sido fallida. Pero dejemos el tema, porque las opiniones son libre y variadas como los colores.
Allí se establecen las parejas que se conformarán para la siguiente actividad del día, con opción a reclamación, pero que nadie reclama.
Y con todo esto y los pises de rigor hechos, nos embarcamos, en coche que no en barca, hacia el centro comercial en donde se encuentran esos "billares".

Solo puede quedar uno
El concepto "billares" ha cambiado mucho desde mi adolescencia, en que eran lugares casi de corrupción de menores y asilo de "pelleros" y, a veces o a determinadas horas, asilo de bandas juveniles.
También porque, como su nombre indica, había billares amén de futbolines y mesas de ping-pong, incluyendo -como única concesión tecnológica de la época- algunas máquinas del millón, con sus gatillos y bumpers.
Toda intención de llamar "billares" a aquél lugar de convivencia paterno-filial es una desatinada mención lejos del rigor con la historia.
Allí habríamos de, por parejas, conseguir "tickets" en las máquinas que los ofrecían como premio o estar "al loro" de donde por dónde andaba el organizador, que esas, aunque no tuvieran premio en tickets, tenían el factor de corrección del jefe de la banca, que asignaba bonus a los que se acercaban a su posición. Y ahí que nos vamos, cada pareja a su avío, a ganar recompensas de uno y otro tipo.
Los críos, debieron alucinar al ver a "los adultos jubiletas" en competencia con ellos por las maquinitas, especialmente cuando nos subimos a una montañita rusa engañosa, que parecía que sería como para bebés pero luego pegaba unos giros sobre la marcha que ponían a prueba los bazos y estómagos. En fin, no son más que tres viajes (luego se convirtieron en cuatro al menos) y hay que aguantar el tirón.

Luego están las máquinas de correr con coches, motos o similares, las de tiroteos más o menos inocentes y algunas revisiones actualizadas de otros juegos que ya existían en mi tierna infancia, martillos para forzudos, peras de boxeador, canastas para encestar balones... todo en versiones infantiles.
Una de las opciones de "bonus Topo-presencial" era cacharrito de la realidad virtual que estaba muy concurrido. Hubo que esperar cola y oportunidad para conseguir plaza. Y la verdad es que yo casi me arrepiento porque aquello acababa mareando, pues duraba en exceso y la realidad virtual mezclada con el traqueteo emulador de una montaña rusa, hicieron el resto. Yo esperaba que aquello terminara o, al menos, oír a Concha pedir clemencia y tener la oportunidad de salir con cierta honra del trance. Pero no. Concha estaba aburrida, pero no decía nada de salir de aquello. Menos mal que al final, después de tener que cerrar los ojos en alguna ocasión y ya harto, atiné a manifestarlo y ocurrió la feliz coincidencia de que el programa virtual finalizara.
Yo estaba contento con el resultado de tickets y "bonus TP" que iba consiguiendo, pues pensaba que estaba obteniendo unas puntuaciones razonablemente decentes, pero la realidad fue cruel: al comprobar las puntuaciones, La exorbitante puntuación de Amelia y, sobre todo, Feli nos apabulló. Tampoco Ana y Espe quedaron muy atrás, pero esa Feli... mucho vicio maquinero se le ve. Dejó a la siguiente, Ana, a más de 700 puntos, poco menos de lo que conseguimos Concha y yo en nuestra honrosa última posición.

Conforme al reglamento establecido, la ganadora se establecería mediante un duelo de titanes en la ficha del hockey flotante. Ahí se vieron las caras las duelistas y, pese a alguna maniobra poco ortodoxa parando la ficha con el codo, fue un reñido partido con una soberbia remontada de Feli, que no pudo superar el mayor tino de Amelia a la hora de colar la ficha por donde tocaba.
Luego, la elección del premio a la vencedora a cargo de la derrotada. Con los tickets obtenidos, había que elegir algo de lo que tenían allí expuesto: chucherías y chorradas, con una pequeña muestra de peluches que fueron, tras algún regateo porque eran carísimos, la elección final: un gracioso elefante para la ganadora.

Y con ello terminó esta jornada de entretenimiento, que resultó tan bien como las anteriores, en un buen miércoles al sol.
Abrazos para todos y hasta la próxima, amigos.

PD Gracias a todos por las aportaciones fotográficas para la documentación gráfica de esta crónica. Me he tomado la libertad de recortarlas y modificarlas ligeramente para adaptarlas a la extensión de esta crónica, que los móviles a "full frame" dejan unas fotos un tanto desproporcionadas.