El plan iba de "cultureta" con un final de deporte del motor, volviendo a las carreteras para llegarnos a las ruinas de Segóbriga y, ya de regreso, parar en Rivas para unos minutillos de adrenalina, petardeo de motores y olor a gasolina.
Tristemente, sufrimos la baja de Fernando, por intoxicación alimentaria y de Susana por solidaridad voluntaria. Una pena, porque hacía tiempo que no se podían apuntar y no los vemos desde hace tiempo.
Recupérate pronto Fer!
Este era el programa:
10:45 Cita en el aparcamiento de Segóbriga.
11:00 Visita guiada a las ruinas de Segóbriga.
13:00 Aperitivo en el castillo de Lujan.
13:30 Salimos hacia el mesón del Cid en Morata de Tajuña.
14:30 Comida en el Mesón El Cid. Posteriormente haremos la visita al museo de la Batalla del Jarama.
16:45 Salida hacia el Karting.
17:15 Karting Rivas.
18:15 Fin de la actividad y desde allí cada uno a su casa.
Y esto fue lo que hicimos:
La búsqueda del camino
Merced a la amabilidad de nuestro líder, que me ha ofrecido ir en su coche desde Madrid, no tengo más que levantarme temprano para salir de casa a las 7 de la mañana para llegar sin retraso a la cita. Menos mal que duermo poco y tampoco es un esfuerzo ímprobo, pero salir después de esa hora es llegar tarde. Todo, además, queda compensado por el compartir la compañía de los Palomino bros y el extra de no tener que estar pendiente de si me tomo una o dos cervezas. El ir con un abstemio tiene premio (y rima, además).
Así que, tras un espectacular amanecer (pero molesto en ocasiones) y unos generosos atascos, consigo llegar a tiempo para salir a las 9h, según el plan previsto por el líder, para hacer una prospección previa del lugar del aperitivo, que pretendía ser en el Castillo de Luján.
Nos ponemos en marcha (no voy a entrar en si más o menos puntuales, por cortesía y cariño) y, sin sufrir ningún atasco, vamos disfrutando de los distintos bancos de niebla que este clima nos va brindando para ocultarnos y embellecernos el paisaje, según se mire.
En todo caso, no hay que quejarse. La climatología, salvo por estas breves brumas que aparecen de vez en cuando, está genial: sol, muy poco viento (apenas, pero fresco del norte), una temperatura estupenda (cuando no sopla el viento que a veces se remueve) y todo encaja a la perfección para un nuevo miércoles al sol realmente al sol.
Llegamos, con alguna duda, al inicio del camino de tierra que debe conducir al castillo pero, tristemente, lo que fue tierra, con lo llovido, no ofrece confianza de no tener algún posible enfangamiento. Tiene pinta de todo lo contrario. Otra cosa es que, en algunos tramos, hay un poco de "panza verde" entre las roderas y aunque los coches de Palo y Feli tienen altura, el resto, a poco que ceda el terreno ablandado con tanta agua, puede darles algún quebradero de cabeza y quedar atascados o dejando los "bajos" arrastrados por el campo. Y no es plan.
Así que, después de una fallida intentona de encontrar un camino alternativo, con las mismas pintas que el anterior, buscamos una zona de mesas que mi navegador identifica por los aledaños y que resultas estar (justo, justo) en el mismísimo parque de las ruinas que íbamos a visitar. (El líder guiado por mi navegador: todo un hito).
Llegamos,
al poco rato, a las citadas mesas y aparcamos. El sitio no es tan atractivo como lo hubiera sido el castillo, pero está resguardado por una hilera de árboles que protegen del aire y hay varias, con pciones para tendido de sol sombra y mediopensionista.
Además, (es que nuestro benefactor líder y organizador lo tiene así de aquilatado o una suerte que te mueres) también hay al lado un chiringuito acristalado y a cubierto, con el bar cerrado pero con mesas, sillas y hasta máquinas de vending y todo.
Este privilegio nos permite abrir los paquetitos de pasteles borrachos que han traido los Palomino, sobrante descongelado del penúltimo cumple de Feli, que hay que ultimar sea como sea, pues, al venir de lejos (en el tiempo), no soportarían airosos un nuevo proceso de congelación. (Por cierto, creo que la congelación en frigoríficos domésticos también tiene sus limitaciones, eh?).
Así que ya reunidos, damos cuenta de una caja de los empalagosos y chorreantes pastelitos; no da para más la gana de dulce y de "empringamiento" y, tras quitarnos el pringue de las manos (merced a la querida Marga y su spray de desinfectante y alguna tohallita húmeda de otras previsoras) nos aprestamos para la visita a las ruinas romanas.
Las ruinas
Mientras que estámos reagrupándonos tras los pises y desempringamientos, se nos presenta el guía para iniciar el recorrido por el parque arquelológico.
Tras las presentaciones de rigor, nos conduce hasta la entrada al recinto en donde empieza sus explicaciones.
El paisaje circundante es un poco a lo "Gladiator". Nos cuenta el guía que el paisaje es algo parecido al de la época. Algo más arbolado me lo imagino yo, pero en fin.
En la primera parada nos explica que ese paseo que conduce hacia la zona principal del yacimiento, está orlada de tumbas de, por lo que parece, los siervos y plebeyos, pues, según nos dice, aunque los romanos reconocían a todo el mundo el derecho a un entierro y al recuerdo, lo de en donde te enterraban y cómo te recordaban era diferente para los "pringaos" de la época y los pudientes patricios. Casi como ahora, realmente y al decir del guía, que parece un poco tendenciosillo en lo de las clases sociales.
Más adelante nos lleva a la que fuera la tumba de una sierva con posibles, merced a su habilidad con la cítara, a quien le otorgó derecho su amo a tener su pequeña parecela de representación con su propa estela funeraria, en la que quedó labrado su propio epitafio. Propio, porque lo escribió ella misma, consciente de su venidera muerte por un cáncer (ya en aquella época), con una sensibilidad y estilo destacable para una muchacha de dieciséis años en el momento de escribirlo; y más en aquella época. Y, aparte de culta, buena debió ser para que su dueño y señor le otorgara tal destacado privilegio. Cosas de la historia.
Continuamos visita hacia las ruinas principales, viendo el teatro, el anfiteatro del circo y el estadio, aunque éste último más se intuye que se ve, francamente.
En el teatro, rehabilitado para su uso como tal en la actualidad, se ven aún representaciones de eventos musicales en verano, poco conciliados con el ambiente y la historia del edificio, pero el guía hace mucho hincapié en la promoción del lugar y los eventos, aconsejándonos que estemos atentos a la puesta en venta de las entradas porque vuelan en minutos. (Creo que debe llevar comisión por la promoción).
Tamién mete el guía cizaña con los del monasterio de Uclés, que dice que fue construido con el expolio de las piedras del estadio, aunque no lo reconozcan los hermanos de la orden o, lo hagan a duras penas, admitiendo que las "compraron". (En una autofacturación sería, pues los terrenos eran todos de los mismos monjes de la de la Orden de Santiago).
La verdad es que en las fotos aéreas de la página web del sitio se observa bastante mejor el diseño del estadio y la antigua ciudad.
En el anfiteatro nos ilustra sobre el hecho de que no todos los eventos de gladiadores eran a muerte. La causa no era humanitaria sino económica. Parece que se hacía casi un espectáculo cada tres días (mucho ocioso había en la época, al parecer) y claro, con lo que costaba conseguir entrenar y mantener a gente
para que se matase entre sí con cierto lucimiento, salia la broma por un pico. Así que fueron los precursores del "Pressing catch", en donde se realizaba una performance combinando disciplinas de combate y artes escénicas, con mucho cuento, imagino, pero con algún descalabro también. Acerca del cuento, también nos contó que en los combates que eran a muerte, como había de morir el vencido, para verificar que el derrotado estuviera bien muerto, le aplicaban en la pierna un hierro candente. Si rechistaba, lo finaban de tres mazazos en la cresta; si no, le daban solamente dos. Está claro cual era el fin del espectáculo.
Cerro arriba, vamos visitando los restos de la muralla, la explanada del foro, las termas, la casa del procurador minero,... restos de una ciudad crecida entorno a la minería del lapis specularis (yeso cristalizado) con el que se hacía todo lo relativo a cristealería y afines en la época. Una industria potente hasta la invención del vidrio que se cargó la industria local y, con ella, la ciudad.
Aquí el guía y el fresco aire nos animan a dar por terminada la visita. De bajada ya, pasamos brevemente por el museo. Llamado museo, porque se exhiben algunas piezas de los yacimientos, pero no precisamente por la abundancia de las mismas. En fin, hay que engordar la perdiz como sea y fomentar el turismo.
Y de ahí, ya finalizada la visita, nos disponemos a disfrutar el esperado y tradicional piscolabis mañanero con el que nos obsequia el organizador en cada ocasión que se presta. El líder se ha adelantado para disponer las viandas en la mesa (con el mantel/chubasquero "Panamá Jack" que viene siendo usual) y sacando las frescas cervezas, embutidos, quesos, cortezas y soberbias banderillas de padrón (por aquello de que unas pican "e outras non").
Se nos queja el líder del menor aprecio hecho al jamón y al lomo en preferencia manifiesta por las banderillas, cortezas y patatas fritas y del mayor aprecio demostrado a la colación que a la visita. Pero es que lo tradicional es lo tradicional y a la gente del pueblo -plebeyos de nosotros- nos acompaña más estás cosas con la cerveza que lo culto y al final no quedan ni las migas, como en la mayoría de las ocasiones.
Acabado el ágape, nos vamos acercando hacia Madrid, dando un breve paseo panorámico merced a la obsoleta puesta a punto del navegador del líder. Nada que objetar, que voy de "paquete" y tengo que volver a puerto.
Y con ello llegamos al restaurante Mesón del Cid, en donde se encuentra también el Museo de la Gerra Civil y la Postguerra, que visitaremos tras la comida.
El garbanzo de la discordia
El lugar está bien de ambiente. Un comedor castellano en un bonito edificio de un complejo entregado al solaz de los visitantes. Hata una hermosa piscina tiene, para los visitantes veraniegos.
Sentada vigilante en la caja de cobros, se ve a una señora de cierta edad,
con una muleta al lado, que se intuye, indubitablemente, como la dueña y señora del emporio (Además de que en la foto de la web del propio mesón aparee como figura principal en la foto del personal).
El comedor, amplio y encolumnado, tiene el aspecto clásico y acogedor que se espera en esta zona. Tiene un comedor en un mirador en el primer piso, pero creo que está reservado como comedor privado y ahí no deben entrar los menús del día.
El menú, mayoritariamente, cocido madrileño (salvo Amelia, que se va a tomar un menú del día por la cosa de cuidarse).
La sopa del cocido, bastante sabrosa aunque de fideo un tanto grueso; al punto, según el Topo y blandito, al decir mío, pero muy rica y apetitosa. El cocido en sí, con una versión previa bastante mejorada al decir de los que ya habían estado por aquí en una anterior experiencia, era aún abundante aunque lo fuera más en el pasado.
En cuanto al punto de cocción de los garbanzos, volvemos a tener disensiones. El líder me critica como que soy el mismo tiquismiquis ya acreditado democráticamente en el pasado por los compañeros, pero esos garbanzos estaban algo duros (e irregulares, por lo que intuyo que podrían proceder de ollas distintas), a mi decir, y en su punto para el líder. Pide la opinión del resto de comensales que, timoratamente, se van atreviendo poco a poco a contradecir al líder: "Están bien... un poco enteros quizá", "Quizá les falte algo de cocción... pero están ricos"... al final "parece" que sí que estaban algo duros. Y es que, si el garbanzo se separa en dos en la boca sin romperse en más pedazos, es que está poco cocido. O no?
En fin, dejemos que gane la banca, que es quien nos organiza estas fiestas, y tengamos el resto del cocido en paz que, por lo demás sí que está rico de sabor.
El postre, tarta de queso y helado -supuestamente- de nata o similar. La tarta de queso, muy rica; incluso para mi paladar poco accesible al empalago. El helado, pues eso, algo frío y blanco que acompañaba, triste, a la tarta de queso.
Pero lo importante es, como siempre, la compañía. Y estos desacuerdos no deben enturbiar lo relevante: comer en amor y compañía con los queridos compadres y comadres de esta cofradía de ociosos que dedicamos algunos miércoles a estar juntos en animada concurrencia. Esta torpe crítica gastronómica no enturbia nunca ni en lo más mínimo las ganas de repetir la experiencia.
A pesar de ser menor la cantidad en el plato, Marga, ya de salida, pregunta si estará feo pedir el tupper (táper en el término nacionalizado) antes de empezar a comer. Se le recomienda comer, al menos, tres garbanzos o así para el disimulo y el decoro. Pero no pasa de ahí y su plato (como ya es casi costumbre) se queda prácticamente entero.
Al final de la comida, rueda de táper para todos. Mery, solucionando el quehaer culinario de la semana para su amado, reune los restos aprovechables e intocados de otros comensales. Ana y Marga, parecen las panaderas locales atesorando los ricos panecillos candeal. En fin, todo un show de posguerra para ambientar la siguiente visita al museo de la posguerra.
Museo de la Gerra Civil y la Postguerra
No había que moverse mucho para llegar al pequeño museo relativo a este triste pasado histórico. Apenas unos metros y ya se ven un par de cañones de la época (supongo, que no estoy muy versado, pero a los propietarios se les supone).
Dentro, una cuantas salas recogen desde restos de metralla, obuses, vainas de balas y balas completas a algunos cañones, maquetas de aviación, uniformes... de todo un poco. La encargada segunda (el primero es su primo, que es quien se conoce todo al dedillo) nos hacer reparara en un par de afilados trozos de metralla que tienen colgados de uas cadenitas en la pared, para que veamos lo filoso de los trozos e intuyamos como debe sentar eso cuando te entra en el cuerpo a toda mecha e incandescente.
Hay también una salita que ambienta una antigua escuela, muy evocadora, que le hace especial ilusión a nuestro líder. También una escena de taberna, de un salón familiar, talleres... recuerdos que el afanoso guía (y aparente alma directora del proyecto, ya digo) ha ido recolectando de diversos orígenes; desde la recogida sobre el terreno a la donada (y/o comprada, no sé con exactitud), pero que muestra con orgullo y conocimiento, haciendo gala de una memoria y agilidad oratoria digna de encomio.
Nos ofrece multitud de datos y nos anima a visitar los videos que ha hecho o recuperado, disponibles en Youtube sobre la guerra y la batalla del Jarama. También nos habla de una serie de rutas para conocer sobre el terreno los lugares donde ocurriera tal batalla.
Toda una pasión por su museo que le impide arrancar y despedirse para ir a recoger a sus nietas al colegio. Llegan otros visitantes que le preguntan por asuntos de aviación y se vuelve a enredar en explicaciones hechas a velocidad de vuelo en picado. Se ve que es un apasinado de esta parte de la historia española y no exhibe ninguna falsa modestia al reconocerse sus propios méritos.
Al final, tenemos que hacer breve la visita porque el horario de la siguiente actividad está comprometido y el tiempo apremia.
Pero para los que quieran ver algo más del museo, aquí dejo este enlace https://morataturismo.es/es/veryhacer/batalla-del-jarama.
De carreras
Y así, emprendemos camino hacia Rivas de Vaciamadrid, que es en donde se encuentra el circuito de Karts nuevo descubrimiento del ilustre organizador, ya conocido por su afición a estos trastos.
Algunos nos hemos mirado el circuito en la web para hacernos una idea de a lo que nos enfrentamos. Es un circuito ratonero con apenas alguna recta para coger carrerilla. Tiene incluso un tirabuzón en bajada que te sorprende y obliga a poner a prueba los reflejos. Pero no nos adelantemos.
Llegamos al recinto del circuito con cierta urgencia, porque entre unas cosas y otras se nos ha hecho tarde. Allí, antes de nada, hemos de registrarnos todos los corredores.
Los no corredores y Mery, que en principio iba a subirse a uno de los karts (no lo hizo por unas costillas en dudoso estado de integridad, dañadas en un episodio acontecido en su último viaje) se van disponiendo a disfrutar del paisaje y las carreras ajenas en la cafetería. Aunque luego Mery hará de soporte alternativo a la documentación del evento, porque yo, aunque me había traido mi GOPRO, no me decidí a ponérmela por cuestión de seguridad, visto a la leche que iba por allí la gente.
Primero corren las que solamente querían probar el invento a su aire. Aire que poco le dio a alguna que llegó pidiendo la hora y al ralentí, que aquellos cacharros imponen y no está la cosa como para arriesgar el tipo. Disfrutaron -casi todas- del experimento y dieron paso a los que queríamos probar con un poco -no mucho- más de ahínco en lo de acelerar.
La primera fue encontrar casco en talla y características adecuadas porque, los que llevan pantalla, la llevan fija por seguridad y no admiten gafas y, los que no, hay que ver si entran bien en la "perola" y luego entran bien las gafas.
La siguiente, es que se nos adhiere un foráneo a nuestro grupo, con pinta de viciosillo del asunto este de los karts. Pregunta educado si nos importa que se incorpore con nuestro grupo y, educación por educación, le admitimos. Craso error.
Ya con los "balillas" propios hubiera bastado, porque el Topo y Cepe van despendolados desde el principio. Como para añadir uno más, que luego fueron varios, a la procesión desbocada de fanátcos del kart.
Algunos -yo el que más- íbamos más pendientes de no estorbar y quitarnos de la trazada para que no nos pasaran por encima, que de aprendernos el coche y el circuito.
En una ocasión, uno de estos intrusos estuvo a punto de subirse en la chepa de otro en una curva en su exceso de celo. No ocurrió nada, afortunadamente, pero no era esa la idea que tenía yo de cómo iba a ir la cosa.
El tirabuzón que mencionaba antes, te lo encontrabas así como de repente, y se te ponía un poco de manos y "congojos-up" el pasar sin trompear. Claro que, a la velocidad que yo iba, no tenía ni que frenar, pero en fin.
Al final, cuando ya le iba cogiendo el tranquillo a la faena, mejorando poco a poco la memorización del circuito y el rendimiento del coche, se acabó lo que se daba: luz amarilla y al redil.
Bueno, en este caso lo bueno, por breve, no fue mejor, a pesar del dicho. Algunos necesitamos muuuuucho más tiempo para cogerle el punto a los coches que el que da en estos eventos. Pero, para probar, bien está para una vez.
Salimos todos sin marcas de neumático en la cresta, que ya era un logro, y con todo en su sitio. Suficiente.
Y con ello terminó esta jornada de entretenimiento cultural y deportivo, que resultó genial y con un tiempo que nos respetó y mantuvo en seco.
Besos y abrazos de despedida y cada uno para su casa. Otro buen miércoles al "sol".
Gracias sean dadas a nuestro organizador, a la clemencia del tiempo y al buen estar de las buenas gentes.
Abrazos para todos.
PD. Gracias a todos por vuestras colaboraciones fotográficas/videográficas. Se nota que lo hemos pasado muy bien.