Vino y castañas
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Los miércoles al sol

Vino y castañas

La Piedra escrita El viñedo ancestral La catadura del aperitivo La comida El castañar
Los miércoles al sol

Vino y castañas

La mañana empezaba regular. Las carreteras con restricciones (yo tengo que ir por Colmenar de Arroyo hasta Chapinería para tomar la M501 y de allí, con los trabajos de limpieza de los pasados incendios, a paso de camello), los despistes con los trenes (Concha, por dios!), que hacen que Concha acabe en la dirección opuesta y el optimismo de Feli, calculando que en una hora se llega de Guadalajara a Cenicientos (hay que mirar el Maps al menos, Feli), hacen que lleguemos la mitad de la cuadrilla e iniciemos la jornada en precario de personal.
Y ahí va la historia.

La piedra escrita

Lo dicho. Nos encontramos Juanra y Tere, Marga y Cristina, Jose, Ana e Inés y yo mismo -y último, por el momento- en la bodega y a la hora prefijada (milagrosamente he llegado a las 9:50 o'clock). Allí estaban ya José Luis (ya éramos tres) y Lucía (que repetía como guía de nuevo) esperándonos. Así que, tras unas consultas telefónicas que verifican el asunto de Concha y Feli, la una que cancela y la otra que no llega a tiempo, nos ponemos en marcha al paraje del viñedo en donde nos van explicando los primeros temas de las viñas y los antiguos pueblos que allí moraban.
Menos mal que nos hemos venido en los todo terrenos de nuestros anfitriones, porque el caminillo tiene algunos pasos un tanto "así" con eso de las últimas lluvias y lo pedregoso (rocoso más bien) del terreno.
Llegamos a la entrada al terreno de la pequeña viña en donde se encuentran los vestigios de unas piedras ancestrales con esculturas talladas en ellas por los Vetones, que tenían, además de sus creencias religiosas, la mala costumbre de cortarles la cabeza a sus enemigos e irlas luciendo en los siguientes combates para amedrentar al enemigo. Una fea costumbre pero eficaz, porque debía de "acongojar" bastante, sí.
"Piedra Escrita" es un ejemplo de la mezcla de culturas vetona, romana y árabe. Antes de que los romanos esculpieran el monolito de granito en el siglo II D. C. para dedicarlo a la diosa Diana, el lugar ya funcionaba como un santuario o altar sagrado al aire libre utilizado por estas poblaciones celtas.
Hay también un "verraco", imagen de un toro yaciente que, si no te dicen lo que es, no reparas en ello. Además, en la "Piedra Escrita", nos cuentan también que con las luces del mes de enero y, desde un determinado ángulo, se aprecian las sombras de un "fantasma" que parece también esculpido en la piedra. Pero es fruto de la casualidad de la erosión.
De allí nos vamos hacia el viñedo grande, en donde nos explicarán los secretos del cultivo de la vid de mano de este artesano del trabajo en la viña.

El viñedo ancestral

Recogemos a Feli, Espe, Gloria y Rafa que, por fin, han conseguido llegar a la bodega. Allí, nuestro líder "organizarte" usa su propio coche, más alto que los del resto y menos propenso a restregar los bajos por las gordas piedras que hay que sortear por el camino, y completar el convoy de los coches de Lucía y José Luis.
Llegados al viñedo, vemos que éste es bastante más grande; mucho más grande. Para no sé cuantos mil kilos que da de uva que da el viñedo por cosecha. Aunque éste año ha sido un poco peor con la sequía y se ha tenido que adelantar casi dos meses de lo normal. El cambio climático, como nos explica José Luis, son los agricultores los que más lo notan.
Ana tiene la suerte de ser obsequiada un un cristal de cuarzo (del abundante cuarzo de la zona) que José Luis ha encontrado al poco de entrar en la finca, y los demás nos vamos mirando al suelo, aparte de para ver donde pisamos, para ver si nos encontramos otro cristalito, que mola. Pero no. No todo el campo es cristal.
Allí nos va contando sobre la viña americana y la autóctona y la p...tada que supuso la importación de la planta, introductora de la filoxera, infección que acabó -en su momento- con todas las viñas autóctonas de Francia y parte del extranjero.
Por concretar: que ahora hay que injertar las variedades autóctonas sobre la americana, que es, aparte de causante, la solución con su inmunidad a este grave problema. Injertos que requieren habilidad y talento para hacerlo de la manera adecuada, porque no es solamente cuestión de cortar y empalmar, vaya.
Además, nos cuenta sobre otras muchas infecciones y condicionantes para el buen desarrollo de las vides, sobre la distribución alineada al tres-bolillo (es que caben bastantes más) y otros entresijos de este cultivo.
José Luis va recibiendo llamadas (no contestadas) de Lucía, para avisarnos de que ya tiene listo todo el asunto de la cata. Primera llamada, sin contestación y sigue explicando. Segunda llamada y lo mismo. A la tercera, llama ya al otro José Luis para decirle que el otro termine rápido que ya tiene preparada mesas y manteles.
Y nos vamos para allá, a la sombra de una hermosa encina, a la cata del producto elaborado de esas vides.

La catadura del aperitivo

Lucía ha preparado un exquisito bodegón de vinos, copas y aperitivos para ir realizando la cata e ir rellenando la andorga con algo sólido. Porque el vino alegra y no es cosa de alegrarse en exceso, que luego viene el benemérito cuerpo (la G.C.) y hace de las suyas.
Empezamos con las explicaciones tras la premisa de que "el mejor vino es el más le gusta a cada uno". Que si hay que oler, menear, saborear... Pero lo importante, es que al final empezamos por un blanco fresquito y seguimos por un rosado para llegar a un par de tintos que culminan la degustación y la alegría de los que nos gusta el vino. Porque los hay que no son del gremio de Baco. A pesar de ello, (supongo que les da reparo disfrutar del excelente lomo, chorizo y los frutos secos -además del rico aceite con pan-) se animan a probar. Juanra en un intento de encontrar si hay alguno que le acabe de gustar, al menos, un poco. Y, cosas veredes amigo Sancho, el mismísimo amado líder y organizador, se presta a la cata -casi subliminal, pero cata- y se moja los labios para ver qué es aquello del buen vino. Éste se nos echa a perder. Ya ha probado el cava, el "güisqui" y ahora diversos vinos. Otro mito que cae.
Pues nada, que varias copas de los cinco vinos mostrados, nos vamos -más alegres que unas castañuelas- a recoger los coches para irnos, pletóricos tras la degustación de un último vino dulce rosado y unos pasteles, a rematar la comida. A ver si somos capaces.
Llegamos de nuevo a Cenicientos para ver la bodega y disfrutar el remate alcohólico del vermut, que incluso al líder le trae recuerdos de infancia. Muy rico, pero hay que consumirlo un poco a matacaballo porque no llegamos puntuales al restaurante.

La comida

Nos vamos para el restaurante, en Rozas de Puerto Real, con la suerte de que empezamos camino con el liderazgo de un coche de la Guardia Civil. Menos mal que ellos también debían de dirigirse a su cuartel para la cosa del rancho y nos dejan tras unos instantes inciertos de de una cierta zozobra.
Claro que, pienso yo, que si en un pueblo que se dedica a esto del vino se apostan a la caza y captura de catadores... tienen una movilización popular de los lugareños. Y no está el campo para tocarles las uvas a los viñadores.
Y así, sin mayores complicaciones, llegamos al restaurante "Casa Antonio" para ver qué podemos hacer con la comida tras este abundante aperitivo.
Garbanzos con callos. No puedo de dejar de pedirlos -soy casi fanático de los garbanzos- y poco o nada de los callos, pero son una tentación a la que siempre sucumbo. El resto, pues su ensalada campera, espárragos, paella (no voy a entrar en lo tan manido de la pureza de la paella)... y tras ello, cachopos, entrecotes y otras cosas que terminan de completar el aporte alimenticio de la mañana.
Cristina y Marga piden ya de antemano el "túper" para llevarse el segundo. Era de esperar. El resto, comemos lo que podemos, eso sí, con agua la mayoría, porque el vino ya lo traíamos puesto y no es cosa de tentar la suerte con la G.C. por segunda vez.
Al rato, se suponia que iba a ser una comida sin premuras, recibimos llamada de Lucía porque ya nos están esperando fuera para el paseo por los castañares de la zona. Una pena el futbolín que había en el restaurante, porque me sentía capaz d derrotar a cualquiera.
Así que, apuramos raudos el café y postres restantes y nos ponemos en camino.

El castañar

Para el paseo por el castañar, escogemos el camino de abajo que, aunque los ejemplares más vetustos están monte arriba, nosotros preferimos los menos crecidos de monte abajo. Acabamos de comer y tampoco es cosa de apechugarse una subida en esta condición de plenitud estomacal.
Precioso bosque éste, de castaños y fresnos en frondosa y abundante compañía, con vistas entreveradas por el ramaje de los montes aledaños en la otra vertiente a los bosques y pueblitos del otro lado.
Llegamos a un "tunelillo" que pasa bajo la carretera, estrecho y sin luz, que solamente unos pocos aventureros nos animamos a pasar. Hay que hacerlo a la luz de los móviles porque el tramo, aunque corto, está algo resbaladizo y con algunas rampas en bajada que, de no haberlas visto, hubieran provocado alguna mala "castaña", no precisamente de las que adornaban profusamente los muchos castaños.
Total, que, como luego hay que volver cuesta arriba, y los más no se han atrevido a cruzar el pasaje, nos damos allí mismo la vuelta y nos volvemos caminito arriba.
No es mucho el trayecto, pero es cuesta arriba y a algunas les cuesta algo más la subida. Al final, Marga, -en su pundonor de subir a ritmo- se le pone mala cara porque la cuesta empieza a pesarle. Le sobra ya la mini mochila, el jersey y hasta el pelo. Vamos rematando la cuesta a un paso que intento que sea más pausado, pero esta mujer no tiene velocidades cortas y hay que irlas sujetando, aunque vaya con los bofes en los bolsillos. Por pundonor que no sea, aunque no le dé el resuello.

Y así terminó la jornada, arrojándose en un banco los primeros en llegar a los coches, a la espera de los que venían más despacito.
Despedidas y felicitaciones a nuestros guías y ya amigos, y cada mochuelo a su olivo. O a su vid.
Desde aquí reitero el agradecimiento a Lucía y José Luis (el "vigneron") por su espléndido trabajo, a nuestro otro José Luis, por su inagotable imaginación y dispuesta habilidad para ofrecernos estos momentos y, al resto, por compartir estos miércoles, una vez más al sol, que disfrutamos "a tutiplén". Abrazos para todos!