Oceánica 2021
(The French Tour)
Arriba

Aquí podéis ver el reportaje fotográfico completo y descargar las que queráis en alta resolución
Podéis ampliar éstas pulsando sobre ellas

Y algún video

Fase I: De Madrid a los Pirineos

Lunes 2 de agosto: Madrid - Calatayud - Montfalcó

El inicio de un épico viaje
Pregunta por la Dolores
Polvo eres: un camino inolvidable
Un albergue "Hágalo usted mismo"
Los siniestros ruidos de la noche

Martes 3: Por cañones y escaleras

La pasarela de los horrores
Tarde de paseo náutico
Cenar, trepar y otra vez a dormir (Horror!)

Miércoles 4: Cruzando la frontera entre la niebla

Hacia Viella y el mirador sin vistas
La prueba del algodón (naso-prueba)
Comida y tour expresss por Pau
La "pifia del peaje" y Burdeos
Apagar y encender: "reset mode"


Fase II: Por los caminos del Loira y Futuroscope

Jueves 5: Isla de Ré

Las bicicletas son para el verano
Paseo express por La Rochelle
Paseo en barca por los canales
Paseo express por Poitiers

Viernes 6: Futuroscope a tope

En estado de revista
Día de atracciones
El espectáculo de Luz y sonido>

Sábado 7: De Chinon a Chenonceau

Paseo por Chinon: agua sí o non
Castillos "on the fly"
El Ibis reiniciado y los pollos crudos
Chenonceau: una concesión al fotógrafo
De cena por el parque en Loches

Domingo 8: Día de castillos y mercadillos en Amboise

El trenecito
El atasco de Amboise
Comiendo cada uno a lo suyo
Chaumont y los minicastillos
De las cenas por libre

Fase III: Normandia, St. Michel... y volver

Lunes 9: La larga marcha a Normandía

Museo del desembarco
Por los caminos de cabras donde me lleva Sygic
Paseo y llantar en Bayeux
Omaha: triste historia, preciosa playa
Intercambio de camisetas del Maganto y Sarita

Martes 10: Mont Saint Michel: Al fin!

Segunda concesión al fotógrafo
A la búsqueda del grupo perdido
El paseo por la catedral y el lodazal
El photocall

Miércoles 11: Saint Malo - Dinan - Rennes

Empezamos un día "rarito""
De paseo por preciosas ciudades medievales
Todo el mundo quiere "piñarse"
El espurgado de una crêpe
Vuelta a Francia nocturna con Sygic

Jueves 12: Nantes - Niort - Burdeos

El trenecito de Nantes
Del tobogán del castillo a la Isla de las máquinas
De pollos y ensaladas (y cerveza!)
En Niort y no vimos más que el parque... snif

Viernes 13: Duna de Pilat - Alhama de Aragón

El atasco en la duna (Una tradición perdurable)
El paraíso perdido (Julio strikes again)
Voluptuosidad vintage
Y cenamos, a pesar de todo

Sábado 14: De regreso a casa

Último desayuno y cada cual a los suyo
A modo de resumen


Fase I: De Madrid a los Pirineos

Lunes 2 de agosto:
Madrid - Calatayud - Montfalcó

El inicio de un épico viaje
Tras el chasco de la Oceánica pasada, en que fui abroncado por llegar tarde (aunque por causa justificada), en esta ocasión me propongo que no me ocurra lo mismo y salgo de casa con las gallinas, con el objetivo de recoger puntualmente a mis compañeras de viaje: Ana, Inés y Ángeles, en adelante las hermanas (o hermanas Banet, al considerarnos indiscriminadamente como unidad de viaje en lo automotriz para los juegos del bingo, parchís y otros que jugaríamos por el camino de coche a coche) (Tranquilos los del benemérito cuerpo, que los conductores no jugábamos...). Y hete aquí que lo consigo. Llego y, oh maravilla, las tres están listas y con sus equipajes controlados perfectamente por lo que caben sin esfuerzo en el maletero de mi nuevo autito. Todo listo y aún no son las 10:30.
Pero... a todo esto... dónde está el Topo? Pasan ya 3 minutos de las 10:30 y lo llamo para ver qué es lo que le ocurre, pues no puedo creer que el líder se retrase. Y me contesta que él está fuera (justo llegaba en el coche). Resulta que ha tenido un "problema" en la estación de servicio lavando el coche y eso le ha retrasado... (Ja! Otro mito que cae).
Así que, sin más, las hermanas suben su última maletita (resulta que había otra reservada para el auto de los Topos) y partimos raudos hacia el punto de reunión en Los Santos de la Humosa, a donde llegamos (de nuevo) con un minuto de retraso, según atestigua el propio Julio, que ya estaba allí con los Santana.
Luego de un ratito de espera por los Magantos, se procede al reparto de los walkies, los billetes de bingo y otras jerigonzas, para ponernos de acuerdo en la organización de la caravana. Y sin más historia, iniciamos la ruta hacia el destino, que como siempre, nuestro eficiente líder y guía ha puesto en una lista de coordenadas para el GPS... Benditos GPS... pero eso, ya lo iré contando.

Pregunta por la Dolores
Pues eso: Calatayud. No sé de qué se quejan algunos calagurritanos de que se les pregunte por la famosa Dolores, si incluso le ponen el nombre a un restaurante (merced a una hábil estrategia de marketing del propietario). Claro, así siempre hay una coartada y se puede decir aquello de "Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores", siempre y cuando no se termine la copla con aquello de "que es una chica muy guapa, y amiga de hacer favores".
Buena comida en un restaurante ubicado en un edificio antiguo y agradable. Buen conejo que comí. Y los demás tampoco se quejaron, por lo que recuerdo.
Y después de comer, no importa la panza llena, a Barrabés, de compras de chollos (que poco chollo ví), en donde me compré una bolsa de agua para mi “camelback”, que me había dejado en casa olvidada y que me vino bien, porque la vieja perdía y ésta estaba mucho más apañada. Y una capa de agua que luego fue un cubre mochilas (ya decía yo que para capa me resultaba barata).
Arre, arre y al coche que hay que llegar a Montfalcó y el camino es "crudillo". Pero eso, también, va explicado en lo siguiente.

Polvo eres: un camino inolvidable
La cosa prosigue camino al albergue de Montfalcó. El camino se va haciendo cada vez más montañoso hasta llegar a la famosa pista que conduce finalmente al albergue. La cosa pintaba bien, en principio, porque los primeros kilómetros, pocos, son por una pista estrecha pero recientemente asfaltada.
Pero a partir de un punto, el asfalto desaparece como por desencanto de las obras públicas locales y se queda en una pista de tierra estrecha, zigzagueante y con impresionantes desniveles en algunos tramos que, entre éstos y el polvo que se levanta, hacen difícil a veces seguir el trazado y percibir el precioso paraje por el que atravesamos, al tener que estar con los ojos continuamente en la calzada y adivinando, en ocasiones, por donde sigue la pista. No quiero imaginar lo que debe ser hacerla de noche.
Algunos, con eso de llevar un coche "todoterreno-like", ruedas más grandes y más altura de puesto de conducción debe ser que hacían más llevadero el camino. Pero en el mío, hay momentos en que hasta los empastes se resienten por el rizado de la pista. Menos mal que, aunque especialista infantil, llevamos odontóloga en la expedición. En algún tramo, de bajada en este sentido, me hace sospechar que se puede poner la cosa complicada en el camino de vuelta, y más si se embarrara como aparentaba que podía ocurrir.
Pero llegamos al fin al albergue-hotel-quién-sabe de Montfalcó y allí empezamos a desembarcar cosas.

Un albergue "Hágalo usted mismo"
La llegada tras el intenso viaje, hace que apetezca especialmente irse a las habitaciones a organizar y descansar, para luego bajar a disfrutar de una cerveza o la propia cena. Pero... este albergue-hotel-quién-sabe de Montfalcó, único alojamiento en kilómetros a la redonda, nos tenía que ir adentrando aún más en el oscuro mundo de las incertidumbres. Ya fue curioso que al Topo, al intentar organizar la cena, no le concretaran lo que se podía cenar para la noche de mañana, pero... eso de tener que descalzarse para entrar y estar en el albergue... En un principio, al primer golpe de neurona, pensé "esto es de un japonés listillo que se ha establecido aquí". Pero no. Aquello lo manejaban un grupejo de jovencitos que era de lo más peculiar. Había que gestionarse todo, hasta las basuras, llevándote todo lo que producías. En los baños no se podían utilizar los inodoros para el lógico, y conveniente, uso de desechar el papel higiénico (qué menos), porque las instalaciones sanitarias del local no lo soportaban. Menos mal que los desechos de los cubitos dispuestos "ad hoc" en los baños, sí los consideraban de su incumbencia.
Llegado el momento de la cena, hago valer el dominio de mi nevera eléctrica portátil para ofrecer y disfrutar de unas cervezas frías y, para mi querido líder, una botella de fresca agua de agujeritos. Le tenía que haber hecho una foto de la carita de gusto que se le puso.
Tiempo de disfrutar de una cena al aire libre, disfrutando del panorama de la anochecida, el fresquito nocturno y las viandas transportadas al efecto, junto con cervezas y una botella de vino que, dado lo bucólico y romántico del momento, inspiró a Jenny la provisión de un tinto de la tierra con el que brindamos (los aficionados, claro) por una buena estancia.

Los siniestros ruidos de la noche
Pero la "estancia" empezó regular. Otra de las "diferencias" del susodicho alojamiento, era su peculiar construcción, con suelos de madera. Y cuando digo de madera, no me refiero a que el forjado estuviera cubierto de tarima, que ya hubiera ido mal, sino que la tablazón era la propia estructura que separaba los pisos. Así que cualquier paso, especialmente, y las voces y trasiegos propios del deambular, eran transmitidos con inefable fidelidad a los pisos inferiores. Y como los que estábamos en la planta primera teníamos vecinos arriba, por más que intentaran ser prudentes y cuidadosos, no había manera de ser, a la par, silenciosos. Y claro, al intentar caminar despacio para evitar los crujidos, estos se hacían más prolongados y presentes, quedándote siempre a la espera del siguiente paso. Ahora entiendo lo de andar descalzos. Para evitar el desgaste de su adorada madera y hacer perdurar el martirio de los albergados (aparte de ahorrarse el tener que mantenerlo y cambiarlo con el paso del tiempo, supongo).
Así transcurrió la noche, entre crujidos nocturnos producidos por las peregrinaciones nocturnas al baño y otros rumores.
Uno de mis temores era si, por accidente o incontinencia, se derramaba cualquier tipo de líquido sobre el suelo, éste acabaría fluyendo cual catarata "indoor" sobre nuestras cabezas.
Menos mal que los baños tenían el suelo apropiado. Pero sólo el suelo. Aparte de lo comentado de los residuos, el baño ofrecía una peculiaridad en el formato de la ducha que, habiendo sitio para haberla hecho más ancha (sobraba sitio hasta la pared lateral) era un cubículo minúsculo en el que, para entrar, había que hacer "maniobras orquestales en la frivolidad" y, para enjabonarse y demás, tener sumo cuidado de no dejarse los codos en los laterales o contra el propio grifo.
Toda una experiencia de contorsionismo.

Martes 3:
Por cañones y escaleras

La pasarela de los horrores
Pero aún así, llegó la mañana de la salida a uno de mis esperados hitos de superación, con la subida de las escalas de Montfalcó.
De momento, todo bien. Cuesta abajo; todo un chollo y entre arbolitos además. Pero ya me iba yo maliciando que todo lo que baja tiene que subir, si es que se tiene que regresar por donde se progresó, que era el caso.
La cosa paisajística, inenarrable por lo preciosa. Bosques hasta la arribada al embalse y, con él, un panorama increíble de aguas turquesa y paredes inmensas que se iban levantado hacia la verticalidad absoluta según progresábamos. Y yo, ya, oliéndome el pastel de las escaleras; porque aunque había visto las fotos de la presentación web del querido Topo, una cosa es ver la foto y otra subir por ellas.
Y al fin llegamos, ya con algunos sudores, al pie del primer tramo de escaleras que, vistas así, de cerca y en su inicio, no me ofrecían tampoco una impresión de excesiva inseguridad, pero todo iba a ser cuestión de empezar a subir.
Las fotos de rigor, para los que pude alcanzar antes de la subida y no habían abandonado (sabiamente) antes de llegar a este extremo y... a por ellas, que son pocas y cobardes.
Pero no, no eran pocas ni para cobardes. Una vez empiezas a subir, te das cuenta de que aquello es empinado y estrecho. Y más, si llevas la mochila con los bebestibles y equipo mínimo de soporte y la bendita bolsa del material fotográfico, preciso para inmortalizar los paisajes y el momento. Eso, unido a que uno gasta aún una talla razonablemente elevada y a que la pared, cabrita de ella o del que urdió el trazado de su ascendiente, se volvía voladiza sobre los peldaños a la vez que estrecha, hizo que, en algunos pasos, me sintiera como Indiana Jones en "el paso del penitente" en la última cruzada.
Cruzada que pensé que también sería la última para mí, porque con mi sobrevenido vértigo (uno fue alpinista hasta sus veinte y abandonó la especialidad por esa razón, por no matarme ni matar a nadie conmigo) creía que no sería capaz de proseguir. Pero la adrenalina, el no sentirme colgado y no ver directamente a mis pies el vacío, me ayudó a perseverar en la subida. También que los panoramas desde los descansillos permitían unas vistas sobre un paisaje sobrecogedor y, sobre todo, fotografiable. Y qué no haré yo por intentar conseguir una buena imagen...
Así que seguí con Ángeles, mi compañera de fatigas y animadora, en pos del premio de llegar a lo alto. Pensaba: "Si están subiendo Marcos y Elena, (héroes míos de la jornada) no voy a ser yo menos. Tira p'arriba, chaval". Pero, de chaval, ya gasto poco, desafortunadamente, y el esfuerzo de la subida, el estrés generado para controlar mi "mal de altura", mis pies y demás vainas, me hacían ir estando cada vez más cansado.
Me paro a departir con un par de "caminantas" (por lo de la inclusión de género) ajenas, que aunque una de ellas iba también un poco "acongojada" tiraban para arriba entre risas y fotos (alguna les hice yo con su móvil para extender mi tiempo de descanso) y me dije: "venga, si ella puede tú no vas a ser menos". Y así seguí, tras ellas y tras Ángeles, que me iba esperando para animarme en la subida.
Y llegamos al segundo tramo. Y yo que pensaba que aquello terminaba allí... y no, no terminaba.
Así que, ánimo muchacho; que no se diga. Vamos con la siguiente.
Pero el siguiente tramo ocultaba algún paso estrecho y con la pared aún más volada sobre los peldaños, que hizo de la primera genuflexión, en el tramo anterior, un paso gallardo.
Mi lentitud en la subida dio pie a que me alcanzara en su regreso el clan de los Topos, con lo que me dije: "Bueno, con esto ya has cumplido, machote. Has hecho un buen tramo, estás hecho polvo y aun te queda el regreso. Media vuelta". Y además así podía hacer más fotos de alguien del grupo que no fueran sólo de Ángeles o un extraño accidental, en el pasaje de las escaleras. Lo que le tocó en suerte, por tanto, al clan Topero. Qué envidia verlos bajar como si nada.
Y después, el regreso, que, por abreviar el tema, tuvo su faena también, pues lo que antes fue jocosa bajada era ahora un subir con sol de medio día, con los pies hechos cisco (recordé, de repente y tarde, que hay que raparse bien las uñas de los pies antes de una marcha de este terno) y las agujetas, que ya empezaban a darse a conocer. Y Ángeles, de sufridora adjunta, tampoco iba mucho mejor que yo. Menos mal que los Maganto, que nos alcanzaron en su camino de regreso después de llegar más lejos que nadie en la ruta (juventud, divino tesoro) me aliviaron de la carga de la bolsa del equipo fotográfico, que pesa lo suyo, justo es reconocerlo, y esto ayudó a que sobreviviera en la subida. Aunque no sé si se arrepentiría Jose después.
Por fin, la luz al final del camino. Aparece al fondo el inmueble del albergue, que se me antoja ya como un palacio de placer.
Y a comer. A comer tras hacer de nuevo los 15 km de camino polvoriento, que, esta vez, si puedo disfrutar algo más por ser ya conocido e ir menos pendiente del trazado en favor del paisaje.
Espléndido lugar el elegido por el diseñador de festejos, querido Topo, el Restaurante Montsec de L'Estall, que nos propició una sabrosa y abundante comida. Muy buena elección, sí señor.
Y, apenas comidos y con la panza llena y la fatiga a medio descansar, vuelta por donde vinimos para disfrutar de la segunda actividad de la jornada.

Tarde de paseo náutico
Las agujetas y el cansancio hacen presencia. Tengo las piernas que no sé si son mías o de algún atropellado. El desentreno y otras mandangas, me hacen consciente de que hay que volver a poner el cuerpo a trabajar. Aunque, en los próximos días, no va a hacer falta recordatorio, porque va a ser un no parar.
Pero la tarde pinta bien. Cambio de polo al amarillo-verde-pistacho, supongo que para que quede mejor en contraste con el turquesa de las aguas, y a por ello. Aunque quizá tenga que ver algo la sudada de la mañana.
Nos recogen los guías de la empresa náutica que nos llevará, por el agua, a motor y descansados, en los barcos por el fondo del congosto, y nos bajan hasta el embarcadero en furgonetas con aire acondicionado; un lujazo. Aunque el camino es corto y de bajada, ahora veo por qué no vamos en nuestros coches; salvo el Topo, que arriesga sus amortiguadores en el lance, pues el firme (por decirle así) de la pista (por decirle así también) hace que nos sacudamos los unos contra los otros en el traqueteo de la bajada. Nos hubiéramos dejado en el intento, los bajos, los amortiguadores, el carter... medio coche, al menos.
Llegamos al puerto, un pantalán flotante y movible, que es lo único que se admite allí, porque cualquier construcción definitiva está prohibida por la agencia de medio ambiente local, y nos hacemos una foto de grupo, testimonio del inicio de la travesía.
Divididos en dos barcos, nos vamos aproximando a la estrechura del congosto de Montrebell, en donde vamos apreciando la altura inmensa y vertical que van alcanzando sus paredes. Paredes en las que también se empiezan a apreciar las hendiduras del camino tallado en el acantilado por el que no pudimos transitar (señor, de la que me he librado), debido al desprendimiento, que pudimos comprobar que había sido serio y que, ahora, se encontraba en reparación con expertos en trabajos verticales, ya que descuelgan el material y a ellos mismos, desde la cumbre, hasta alcanzar el nivel del tramo a recuperar.
Nos cuenta varias historias nuestro guía. Una de ellas, la anécdota de que el tramo de 500 metros original, se lo tallaron a pico y pala dos canteros de la época, tipos duros se ve, en un tiempo record.
También observamos las escaleras por las que esta mañana transitamos, las vías ferratas para diversos niveles y las de escalada, algunas realizadas por un americano, Chris Sharma, escalador fascinado por el congosto. Toda una proeza de trabajo de unos y otros, pues las alturas llegan a alcanzar con creces los 500 metros, absolutamente verticales en algunos tramos, con "techos" y "extraplomos" a superar que ponen la piel de gallina vieja.
Y así, lentamente, vamos disfrutando de la travesía, adentrándonos en el cada vez más estrecho y alto desfiladero hasta alcanzar su salida y regresar. Un fantástico y plácido paseo en donde hemos disfrutado del esplendor natural de este increíble lugar, a caballo entre Aragón y Cataluña.
De vuelta ya, tras nueva foto grupal que nos realiza, amable, nuestro guía, emprendemos el regreso hacia el albergue. Momento en el que el arriesgado Topo, nos hace una demostración de nivel de conducción fuera de pista. A riesgo de tener que ser rescatado por un tractor y tras un primer intento fallido, se empeña en la subida de una curva canalla, empinada, polvorienta e irregular, en la que demuestra que, si te paras, es peor. No sé qué opinarán sus ruedas y amortiguadores, pero la marca de su coche podía haber realizado un buen anuncio de las capacidades todoterreno del vehículo. Una hazaña.
Y a cenar.

Cenar, trepar y otra vez a dormir (Horror!)
Lo de la cena en semejante sitiejo, fue un choteo. Choteo de la organización del local. De lo que le dijeron a Topo sobre los menús infantiles, nada. No consiguió que le dijeran, ni siquiera un rato antes, lo que habría de menú. Y nos sorprendieron con una crema de verduras (o así), unos canelones ramplones y un pudding (o parecido) y, ante la imposibilidad de que le prepararan algo sin queso a Inés, no tenían ni siquiera la opción de hacer para ella ni una escueta ensalada verde... Mal, muchachos. No sabéis con quién os la habéis jugado. Os tocará crucifixión en Trip Advisor. Y bien ganada.
Después de la cena, toca una pequeña, pequeña de verdad, ascensión en la anochecida hasta una preciosa ermita en una espectacular cumbre que facilita una vista, completa y maravillosa, del panorama del embalse y del congosto. Algo que merecía la pena ver. Menos mal que no me achanté y me decidí a subir, porque no fue costoso el esfuerzo y sí, y grande, la recompensa visual.
Y después, de nuevo, al teatro de los ruidos. Mismo espectáculo de sonidos crujientes que para qué vamos a volver a incidir en ello de nuevo. El problema sería si por la mañana llovía, como amenazaba, y el camino se embarraba. Los desniveles y algunas curvas en cuesta de algunos tramos, se podían poner muy peludas.

Miércoles 4:
Cruzando la frontera entre la niebla

Hacia Viella y el mirador sin vistas
Gracias a los cielos, la lluvia caída antes de nuestra partida de Montfalcó, fue la suficiente para eliminar el polvo del camino pero no para formar un lodo deslizante que nos dejara atascado a alguno. Así que todo quedó en el estado lamentable de limpieza en que quedaron los coches, con una costra de barro que costó días quitar, pero que se logró ir eliminando, poco a poco, con la ayuda de algunas lluvias más, persistentes y más abundantes que las de esa ocasión.
Continuamos ruta hasta Viella, para repostar y hacer acopio de algunos víveres en el Mercadona local.
El camino era para mí un hermoso recuerdo y para los muchos que no lo conocían una bella sorpresa. El túnel, uno de los más largos de España en su tiempo, tenía muchas mejoras desde aquella primera vez que lo atravesé, en que era un agujero excavado a pico y pala, sin luz, con el asfalto destrozado, agua resbalando y chorreando desde el techo, sin señalización en el suelo embarrado en tramos... los sótanos del castillo de Drácula, vaya. Igualito que ahora, que es un modelo de seguridad.
La ruta a "Vielha" cautiva a todos desde ya antes de la llegada a su túnel, pasando junto a embalses repletos encajados en estrechos valles, por carreteras talladas en la roca en algunos tramos, con un verdor denso cubriendo las laderas y alguna cascada hasta la llegada a la población, que aparece de repente en una curva con el encanto especial de su arquitectura homogénea y aranesa.
Y eso que no se alcanzaba a ver la maravilla de las cumbres y la subida hacia el valle de la Bonaigua, porque entonces se hubieran quedado aún más encantados con el hermoso valle.
Seguimos camino, con poca fe, hacia el mirador del Aneto, que fue una causa perdida salvo por el hecho de que, al menos, nos propició un bonito paseo por las estrechas y sinuosas carreteras de montaña de la zona, rozando los coches con el verde que delimitaba el firme, bajo un techo arbolado y húmedo todo el paisaje por la lluvia. Una gozada. Tanto como para que mis "hermanas en lo vehicular" consideraran necesario un próximo viaje a saborear la zona con detalle.

La prueba del algodón (naso-prueba)
Seguimos pues camino hasta Bossòst, localidad a poco más de ocho kilómetros de la frontera francesa, en donde se deberían realizar la naso-prueba los que aún necesitaban de un certificado como aval de resistir eficazmente al COVID: Sara, Jenny y los Magantos, que pasaron la prueba sin mayor problema, quedando en condiciones de cruzar la frontera sin restricciones.
Y eso que Jose estaba empeñado en emplear sus condiciones y habilidades para hackear el documento; "es solo cambiar un numerito" decía. Pero las cosas bien hechas, bien parecen. Y un certificado legal y negativo era mejor que el riesgo de acabar en el "trullo", francés o hispano, tanto daba, por falsedad en documento público y oficial.
Bossòst tiene un encanto montañés y el adorno fluvial del Garona, río del que les hago notar el cauce a todos, para que después puedan compararlo con el que lleva tras cruzar la frontera, allá por Burdeos.
Un breve paseo y una búsqueda de un lugar en donde echar el papelín de la primitiva de alguno (por cierto, ha tocado?), disfrutando de un olor a pollos asados de un puestecillo que, dada la hora ya como para el aperitivo, invitaba a reconsiderar el menú. Pero el seguimiento del plan, en estas citas oceánicas, es poco menos que invariable. Seguimos adelante, camino de la frontera.

Comida y tour expresss por Pau
Ya en Francia, empezamos el trasiego de los peajes, cosa que, posteriormente, me llevó a pensar en la conveniencia de comprar acciones de las empresas concesionarias de los mismos, porque era un no parar. Bueno, mejor dicho, un parar y volver a parar para sacudirle un tarjetazo al cajero de la autopista en curso, que eran como para perder la chaveta.
Pero llegamos al fin a Pau, lugar previsto para la comida, en plan familia desahuciada, pero no en los bancos previstos, que estaban todos a la sombra, y por tanto ocupados, sino cerca de un mirador en el boulevard de los pirineos, con unas bonitas vistas, al menos, y sentados en unos poyetes de los parterres del ajardinamiento. Cosa que agradecen mis agujetas, ya que sigo como si me hubiera caído del anfiteatro. Y esto, rezando para que no lloviera.
Según el jefe de expedición, se me estuvo esperando a que me terminara mi cerveza, pero yo veía a la gente como muy relajada a mi alrededor, así que me la terminé con cierta calma, ciertamente, que tampoco era cosa de ir haciendo ruidos luego por tomármela a la trágala.
Terminada la comida urbano-campestre, damos un paseo a trote ligero por Pau hasta un funicular cercano, en que algunos se montan para hacer un baja-y-sube; porque fue estrictamente eso, subirse al funicular, hacer el trayecto de bajada y subir, a pinrel eso sí, para cubrir el expediente. Pero, supongo -pues me quedé a inmortalizar el momento desde el exterior-, que tuvo su encanto.
Luego, "de pises" en una cabina pública de éstas que hay que asegurarse que no la enjuaguen contigo dentro, porque, si no, se convierte en pis-ducha en el mismo turno. Y es que lo de buscar un sitio a cubierto para los pises de niños y mayores, se convierte en parte del protocolo de la visita a cualquier destino. Usualmente un par de veces, al desembarcar y al embarcar. En fin, menos mal que yo voy bien de la próstata por el momento.
Después, unas cuantas fotos y a los coches. Caminito a Burdeos.

La "pifia del peaje" y Burdeos
Antes comentaba que lo de los peajes era como para perder la chaveta. Y eso me debió pasar, pues en uno de ellos dejé el pabellón, no sé si el hispano pero sí el personal, por los suelos. Me lié porque no me daba el recibo, pensando en hacerlo con diligencia y no retrasar, y recogí la tarjeta de crédito devuelta sin darme cuenta de ello y pensando exclusivamente en el recibo que no me daba. Así, llegué a pensar que no me había cobrado y que se había quedado con mi tarjeta. Llamada al servicio de atención, explicaciones en un francés poco lustroso de lo ocurrido, y el hombre me desmonta la maquinita para ver qué pasaba... y la tarjeta no aparece... y me la encuentro, al cabo de unos segundos de horror, transformados al instante en vergüenza humillante, en uno de los múltiples cajoncitos que dispone mi coche, en donde la había dejado en lugar de hacerlo en su espacio de mi cartera. Lo que es ser animal de costumbres y ya bastante despistado.
Y a correr para alcanzar al grupo, que iba por delante en la autopista, y con el GPS, que por obra sabe el cielo de qué maravilla técnica, no conseguía poner en solfa. Y con el walkie fuera de rango. Así que me llama el Maganto por teléfono para echarme una mano. Y entre ir pendiente de las instrucciones, buscar los carteles de las desviaciones, colocarme en el carril oportuno con tiempo y maldecir mi despiste, aún sabiendo del límite de velocidad y los radares, me faltó una neurona más para estar suficientemente pendiente de estos últimos y de los cambios de límite de 100 a 80 y, de repente, flashhhhhh... fogonazo al canto: ya consto entre los infractores hispanos del código galo de circulación.
Pero al fin recuperé el contacto con el grupo, y así llegamos a Burdeos.
Aquí el "momento chorreo" lo protagonizó Julio por no usar la misma salida del parking que el resto. Salió por otro lado y hubo necesidad andar de localización, con lo que, cómo no, le tocó aguantar el chaparrón. Y es que los horarios van muy apretaditos.
De paseo por la ciudad, les hago notar que ese caudaloso río que cruzamos por un puente de 18 arcos, es el mismo Garona que cruzamos por un exiguo puente en Bossòst, río de color achocolatado ahora por el barro arrastrado con las últimas lluvias, pero de caudal ancho y ampliamente navegable.
Un recorrido húmedo por la ribera, adornada en tramos con estatuas de un muñecote gordo -que parece que es un gato gordo y narigón-, repetido en varias actitudes, fotos con él y sin él, visita nocturna a la catedral y vuelta para los coches camino al hotel Ibis que nos espera en Lormont.

Apagar y encender: "reset mode"
Tras varias vueltas conseguimos llegar a Lormont. Digo vueltas porque, en mi caso, mi GPS se empeña en hacerme tomar (o así me lo pareció) por una entrada al hotel que resultó ser una acera con carril bici... Genial. Menos mal que mis comprensivas acompañantes, ya que no hubo daños colaterales ni entraron en pánico, se lo tomaron con un excelente sentido del humor y el asunto quedó en una anécdota... que acabarían siendo dos. Pero eso fue ya de regreso.
Hacemos cola a la entrada del parking del hotel, muy informatizado él pero que no había manera de entrar hasta que alguien abrió y nos colamos. Y todos en la puerta del hotel esperando a ver si aparecía el Topo o algún alma caritativa. La recepción ya estaba cerrada y había que entrar mediante el acceso a una aplicación... je! Ya sabemos los del gremio cómo son estas cosas de las aplicaciones. Ni modo. El Topo explicándose con alguien por el micro del botón de emergencias y que aquello no pitaba. Al final, la solución de siempre: reiniciar la aplicación y, por fin, obtenemos los códigos para acceder a las habitaciones.
Pero tampoco iba a salir todo perfecto pues, no me lo puedo creer, el Topo confunde los números de habitación y le da a Raquel y Jose la habitación triple que debía ser para Jenny, Samuel y Daví.
A dormir y hasta el día siguiente, que salimos a las 8:15 (horror!).

Fase II: Por los caminos del Loira y Futuroscope

Jueves 5: Isla de Ré

Las bicicletas son para el verano
Pues sí, estamos en verano. Las bicicletas, triciclos en nuestro caso, están geniales. Cambio de velocidades, asistencia eléctrica al pedaleo con varios niveles... "Molan un montón". Pero esto es Francia, al norte. Y, canalla de tiempo, apunta a que va a llover. Pero animosos y con voluntad heroica, nos repartimos por parejas en los triciclos. Yo, con Ana.
A pesar de esas estupendas agujetas que me siguen acompañando, me encargo del pedaleo fundamental y de la dirección. De la dirección de la bici, vaya. Pero, afortunadamente, los músculos se emplean de otra manera y el pedaleo me resulta viable, máxime con la ayuda del motorcito eléctrico, que es una bendición, sobre todo cuando lo pones al máximo de asistencia. Tengo que mirar lo que cuesta un chisme de éstos, pero en bici.
Pero tampoco tuve mucho tiempo de preocuparme por mis "patitas" porque, al poco de subirnos, comienza una fina lluvia, como el Txirimiri, pero más al norte. Bueno, "si chove, que chova". Pero "chovía" cada vez con más ahínco, la pobre Ana ya no sabía cómo taparse y las pasó canutas para ponerse, de mala manera, el chubasquero. Pero no se desanimó y estaba dispuesta a seguir con el intento, colaborando como podía al pedaleo.
Con las gafas empañadas, veíamos lo suficiente para no subirnos en la "chepa" de los precedentes. Y así seguíamos camino, que debería ser precioso... si se pudiera ver. Entre risas y comentarios de todos los miembros del convoy, humor que no falte, vamos por el camino repleto de otros ciclistas (incautos o avezados), siendo abroncados en alguna ocasión (en perfecto francés) por algún/a ciclista que nos critica nuestra decisión de pararnos en medio de la vía a esperarnos.
Pero, al fin, tenemos que abortar el proyecto y darnos la vuelta porque, quien más quien menos, va calado hasta lo más íntimo (SIC). Y, así, nos damos la vuelta y aprovechamos para perdernos (todos) un poco en el regreso y separarnos en dos grupos, pues hemos pasado por varios cruces y nos despistamos en uno, teniendo que recular... Cosa rara, no llevando GPS.
Volvemos al alquiler con la carga de la batería casi íntegra, señal de que hemos dado apenas una vueltecilla y que se nos ha quedado en el tintero un montón de la excursión prevista. Una pena.
Algunos se cambian de ropa, por imperativo climático y de salud, y nos volvemos a poner en marcha, camino de la Rochelle, para comer y hacer acopio de víveres para la merienda-cena de la tarde.
Curiosamente, en el grill que comimos, especializado -lógicamente- en carnes, supongo que por la hora (los españoles comemos tarde), no tenían ya carne para hacer hamburguesas. Todo un hito. Pero estuvo bien, hubo alternativas y comimos, que era lo importante.

Paseo express por La Rochelle
Pffíííííuuuuuuuuu... (Onomatopeya para representar el paso veloz de algo). Pues la verdad es que lo de la Rochelle fue un paseo rapidito. Parte por la planificación apretada y otra parte porque me costó salir de la gasolinera y del lugar donde comimos, un pequeño despiste (Los GPS tienen estas cosas). Aquí nos permitimos separarnos para que cada uno, en el breve tiempo disponible, se apañara la experiencia como mejor le conviniera. El día, feorro y cambiante de húmedo a mojado, no acompañaba mucho. Y la cantidad de gente que había, menos. Mi recuerdo de la ciudad era distinto. Unas calles mucho más vacías, una esclusa que no pude encontrar y que, imagino, ha desaparecido... Una vuelta rápida por una ciudad que en mi recuerdo, ya no parece igual. Pero eran otros tiempos y el turismo masivo machaca el paisaje y al paisanaje. Francia en esto, tristemente, no es diferente.
Y tras este rápido paseo, nos vamos a Coulon, para hacer el paseo por los canales de "La Venecia verde".

Paseo en barca por los canales
Ya en el embarcadero Cardinaud, y nada más bajar de los coches, se pone a llover de nuevo. Es nuestro sino. Y pudo ser peor que una simple lluvia porque, refugiados algunos bajo los toldos de la caseta de control y taquillas, uno de estos toldos, lleno de agua por lo caído, se vacía casi sobre sus cabezas con un golpe de viento, que hizo el juego sucio del intento de chaparrón artificial. Pero hubo suerte y no quedó más que en un sobresalto.
Embarcamos en dos botes, conducidos, el uno, por una recia batelera que hablaba buen castellano y por un garçon que no sabía decir en nuestro idioma mucho más allá de sí y no, el otro. Así que nos distribuimos entre las dos embarcaciones, con el compromiso de la muchacha de acercar los dos botes y avivar la voz para las explicaciones más interesantes.
La cosa es que "Joselito" nos tenía "preocupados" por su intención de hacer el paseo de pie en el bote y, la moza, hizo un amago como para hacerlo dudar de su equilibrio, pero Jose es mucho Jose y aguantó. Yo seguí, en todo caso, con la cámara a punto por si había que inmortalizar el momento. Pero no hubo ocasión (lástima, je!).
Afortunadamente, la lluvia nos respetó durante todo el paseo, que fue entretenido. Los canales son interminables y los amenizaban ora el paisaje y las vacas de las riberas, ora las explicaciones de nuestra guía, que, llegado un momento y entre ambos remeros, nos montaron un pequeño espectáculo de "fuegos fatuos", removiendo el cieno del fondo entre los dos barcos y aplicando un mechero en la superficie, para prender el metano desprendido. Poco metano y poca llama, pero curioso el efecto que, aunque conocido, nunca había observado.
Y ya de vuelta a los coches, pises solucionados (con algún pecance involuntario en el excusado, pues estaban ya cerrando y se nos dejaron a alguna encerrada), vuelta a llover pero con tiempo justo de subir a los coches. Camino a Poitiers.

Paseo express por Poitiers
Hoy era día apretado y el paseo por Poitiers, vacío a esas horas nocturnas, fué también breve. Una catedral preciosa, unas calles con las primeras casas de arquitectura tradicional, con esas vigas de madera al aire, que hacen a la vez de soporte y decoración, con esos tejados inclinadísimos de pizarra, las chimeneas altas... Casas de cuento que hacen imaginar historias fantásticas y películas infantiles.
Ya de noche, tomamos camino al hotel "Futuroscope" en donde, en unas amplias habitaciones, nos podemos reposar, lavar, tender, cenar... y dormir, que el día de mañana será de trotar todo el día.

Viernes 6:
Futuroscope a tope

En estado de revista
Desayuno tranquilo. A las 9! No me lo puedo creer. Así, incluso con todos los controles que nos hacen para entrar al restaurante, sobra tiempo.
Y a la cola del control para entrar al Parque "Futuroscope". El control es estricto tanto para el COVID como para la seguridad. Hay, los vimos más tarde, hasta soldados armados haciendo labores de vigilancia. A Almu, acostumbrada navajera (para uso en el pelado de frutas y confección de varitas mágicas para Elena), la hacen volverse a la habitación para desprenderse de la navajita que lleva encima.
Nos hacemos con el "pass premium" que nos evitará las colas en las cinco atracciones para las que habilita el acceso.
Foto de rigor para el momento y al punto de reunión para recoger las audioguías... en el que ninguno atinamos. El resignado Topo se hace cargo de la recogida y distribución de los aparatitos, ya que unos por despiste y otros porque no encontrábamos el lugar, no los habíamos recogido.
Y a partir de ahí... mis agujetas y yo, sufridos, continuamos con todos el itinerante recorrido por las atracciones del parque.

Día de atracciones
Mucha realidad virtual en breves muestras que, aunque algunas pueden producir una cierta sensación de vértigo, tampoco son como para amedrentar a cardiacos y dolientes diversos con el fin de sus días, tal como anuncian en las entradas a las atracciones. Pero hay que curarse en salud, no sea que alguno se les estropee en el intento.
Hoy es el día de los niños. Y pasamos por múltiples atracciones de nivel infantil, para que Javi, Daví, Marcos, Elena y Sara puedan disfrutar de otras cosas que piedras y paisajes, aunque Sara, más crecida, aprecia más el valor de la cultura y el paisaje.
Saltos en camas elásticas (parece ser la atracción estelar de la expedición, porque repetimos de ello en varios lugares del viaje), montañas rusas, tirolinas, cosas que suben y bajan, te agitan, te sacuden... Y, al fin un momento de descanso mientras se hace la hora del espectáculo nocturno de luz y sonido. Un momento que aprovechamos mis "hermanas de coche" y yo para solazarnos con unos refrescos y descansar.
Hay una atracción en que algunos de los valientes expedicionarios se pretendían subir... "El baile con los Robots". Pero algunos se acochinan cuando les sugieren que primero la vean en acción antes de subirse. Y menos mal, porque el asunto es un brazo que te agita como una coctelera. Así que pocos valientes se suben. Samuel y Daví, Los Maganto, Marcos... y ya, si no me fijé mal. Lástima que no pude atinar a inmortalizar más que a Samuel y Daví, porque tuve un contencioso con el flash que no pude resolver a tiempo. Pero quede esa muestra de su valor para la posteridad.
Bueno, y a mi, del "pass premium", me sobraron la de la montaña rusa (que permitió repetir a alguno) y la del baile con los robots, pues, sobre todo en ésta última, los avisos sobre la integridad sí eran serios y no tiene uno ya cuerpo de agitador ni de agitado.
Los Topos, en plan más tranquilo, hacen una competición en los camiones de los "Pompiers" (que se refiere a "bomberos" no a "pompis") con sus vástagos. Ahí se nota que INEF deja huella y la sangre de competidora de Almu sale a relucir... Pero un error en el manejo de palancas, hace que no ganen la competición, quedando en un honroso tercer y último puesto.

El espectáculo de Luz y sonido
Ya por la noche, y tras una cena relajada porque había que hacer tiempo, todos a coger sitio para el espectáculo. Aguantamos el tirón del animador que mantiene al público entretenido mientras se llena el aforo y llega la hora de comienzo. Todo va a empezar... y Jenny, pobre o afortunada, se tiene que ir a la habitación con Daví, que ya no puede aguantar más por lo trotado en el día.
El espectáculo, un cuento fantástico de una investigadora teletransportada a un mundo amenazado por una especie de troll y protegido por un mago al que ayuda a deshacerse del monstruo malvado. Todo presentado con unos hologramas proyectados sobre una fina cortina de agua. Muy vistoso y original, aunque a los niños parece que no les gustó y Elena incluso pasó algo de miedo.
Y tras este intenso día en el parque, todos a dormir, que buena falta nos hace a algunos.

Sábado 7:
De Chinon a Chenonceau

Paseo por Chinon: agua sí o non
Se convirtió la lluvia en una tradición con la que iniciar los paseos. Parece mentira, pero es cierto. Va amagando poco a poco y, al final, una rociadita más o menos gorda. Ya se está convirtiendo en un estándar del protocolo de viaje, aunque en ocasiones nos llueve durante el viaje y para, más o menos, al llegar a destino.
Pasada la llovizna intermitente del inicio, nos ponemos en la ruta circular por el exterior de la muralla. Pero el paseo ha de ser forzosamente raudo, pues hemos de llegar al hotel para registrarnos a medio día. Aún así, me entretengo para hacer algunas fotos con cierto detalle, aún a riesgo de algún chorreo del líder alfa.
Es Chinon una preciosa ciudad amurallada, con calles en el interior del casco antiguo que merecen la pena ser paseadas con cierto detenimiento. Así, pasamos por una librería antigua, como la casita de chocolate de un cuento, y con un aspecto romántico y original, en un edificio con sus vigas de madera al aire, constante de la arquitectura según nos dirijamos al norte, que bien podría ser escenario de alguna película de Harry Potter. Son calles con casas de hechura antigua, bien conservadas por ese "chauvinismo" francés (bendito él) que les hace mimar todo su patrimonio, con algunas paredes cubiertas de hiedra y el sabor de un pueblo medieval.
Pero la ruta continúa y hay que seguir.

Castillos "on the fly"
Unos cuantos kilómetros nos separan del destino y hay que apresurarse. Por eso pasamos al vuelo por delante del castillo de Ussé que, los que van con las manos desocupadas y/o tienen coche con techo corredizo, intentan inmortalizar al paso por la ruta, que nuestro Topo-organizador ha trazado para llegar al castillo por su perspectiva más favorable. La verdad es que el muchacho se lo curra y se desvela con este lujo de detalles.
Así que Almu, que va en cabeza (como lideresa consorte) y tiene mejor opción, a despecho de la llovizna, saca medio cuerpo fuera (como se solicita en la famosa jota) y hace varias instantáneas del castillo para compartirlas con el resto en un “Whatsapazo”. Fino detalle.

El Ibis reiniciado y los pollos crudos
Llegamos sin mayores problemas al super, donde compramos la manduca para comer a continuación, y de allí nos vamos al hotel.
Llegamos al susodicho hotel, que parecía Fort Knox por las barreras que había que pasar y por las claves que introducir para que éstas se abrieran. Pero conseguimos llegar al parking y arrear con la compra y las maletas a registrarnos y recoger las llaves para comer.
Ja! Pero no. Parece ser que el procedimiento estándar para registrarse en un Ibis es que te reinicien primero la aplicación informática correspondiente. Porque llegamos y la muchacha de la recepción nos dice que no puede registrarnos, por no sé qué problemas y excusas que, al final, derivan en el conocido procedimiento de "encender y apagar" ("Éteindre et allumer", que se debe decir por allí). Momentos de amontonamiento en el escuálido hall (por decirle algo) y por fin, con bastante retraso, conseguimos las llaves y las habitaciones y nos vamos rápidamente a hacernos la comida.
Parece ser que algunos (Julios y Santanas) compraron para comer, por hacerlo en caliente, unos pollos que aparentaban estar más sabrosos que a medio hacer y, entre las prisas y el hambre, (y creo también que por efecto del etiquetado en francés) les dieron solamente un somero calentón, en el microondas comunal del hotel, que dejó el pollo templado, pero tan a medio hacer como venía. Así que, entre maldiciones y lamentos, se comieron la parte más exterior del pollastre, que poco fue, y tiraron lo demás. Todo un logro gastronómico.
Después, como no había tiempo ni opción a reparar el asunto, salimos hacia Chenonceau, el primero de los dos castillos que habríamos de visitar por dentro.

Chenonceau: una concesión al fotógrafo
Y llegamos al castillo. De momento, aparcar, porque la cosa de coincidir a la vez parece ser complicada con esto de los GPS, que cada uno tiene voluntad propia. Después, hacer la cola para pasar el control COVID y esperar a que el Líder se hiciera con las entradas.
Una vez cumplido el trámite, nos adentramos en los inmensos jardines que rodean al palacio, con el entretenimiento previo, según previsiones, de intentar perdernos en el seto-laberinto que, me da a mí, está hecho facilito para que nadie tenga que hacer noche en él. Luego seguimos camino, para aparecer aguas abajo por la ribera del río y remontar por los jardines próximos hasta el castillo en sí.
Un placer visual la llegada a la orilla con el río, el castillo y los jardines que aprovechamos para hacer otra foto de grupo, inmortalizando el momento oceánico, y después cada uno sus selfies y fotografías propias; momento que, para mí, es además un reencuentro con el castillo y viejos recuerdos. Después, nos concentramos en la puerta del castillo para hacer la visita como grupo y adelante.
El castillo sigue estando perfectamente conservado, y guarda una buena parte del mobiliario. La visita es razonablemente breve, porque el castillo tampoco es muy grande, aunque si precioso.
Foto oceánica también en el salón principal del castillo y visita a todas las salas, cocinas y rincones que ofrece el castillo.
Después, el generoso líder extiende la visita para poder hacer más fotografías aguas arriba del castillo, con el sol a la espalda, porque la entrada (no podía el hombre controlar esos detalles tan específicos) la hicimos a contraluz y yo quería poder fotografiarlo con mejor iluminación y otra perspectiva. Gracias, amigo, por la consideración y la ampliación del horario.
Después, fotos a los Maganto, que querían tener también su foto con el castillo al fondo, todo el mundo llenando sus móviles de recuerdos, un paseo por los jardines y a otra cosa.

De cena por el parque en Loches
Después de la larga visita, vuelta al coche para ir, vía Montrichard y Montresor (non-stop) hasta Loches, en donde teníamos prevista la recogida de unas crêpes en el restaurante "La Crepicoise", gente que, la verdad, se merecen la mención por cómo se ocuparon de atendernos. Allí, medio en francés e inglés chapurreados de nuevo a lo indio, nos entendemos para que no nos falte de nada. Y es que mi acento francés deja mucho que desear, por lo que voy comprobando, y allí, además, como te vean dudar, empiezan a abreviarte las frases y como quitan el contexto, si las palabras que dejan no "me vienen" en mi modesto y ralo diccionario... la liamos. Y es que, además, como no pronuncies a la perfección, no te pillan (y no los pillas).
Luego de cenar las ricas crêpes en un parquecito, con mesas y todo (cuan personas de bien), un nuevo breve paseo (pasado por agua, como no) por lo antiguo de la ciudad, con despiste protagonizado por Samuel y yo mismo, que nos separamos del grupo y bajo la lluvia para más INRI, que nos supuso tener que dar una vuelta atrás para reencontrarnos con todos y terminar la visita.
Y hacia el hotel.

Domingo 8:
Día de castillos y mercadillos en Amboise

El trenecito
La primera acción de la mañana es un paseíto por Tours de algunos, más madrugadores, para ver los alrededores de la catedral, haciendo tiempo hasta la hora de la ruta en "trenecito", en que nos reuniremos de nuevo todos para hacer este paseo, típicamente "guiri" pero descansado.
La catedral aparece de repente tras doblar una esquina, impresionante al fondo de la calle, impactante a la vista por lo inesperado.
Una vez llegada la hora señalada y reunidos casi todos (los Julios llegaron más justitos de tiempo), foto ilustrativa del momento, mientras que la conductora del trenecito ponía su "drapo" ("bandera", que esta vez entendí, pero que pensé que no lo entendía porque no veía la relación, y es que era la clásica pancarta sujeta a un palo, anunciando sus servicios) y para arriba del tren.
Aquí nos enteramos de lo que supuso la segunda guerra mundial, barrios que desaparecieron, monumentos casi derruidos... debió ser muy duro.
Y después de este interesante y relajado viaje, salimos camino de Amboise.

El atasco de Amboise
Pues sí, después de varios desacuerdos de nuestros respectivos GPS, acabamos en una larga cola para cruzar el puente que nos debería llevar al mercadillo local. Debimos tener la suerte de concurrir allí con "cienes y cienes" de personas autóctonas y alóctonas, que tenían esa misma intención. Así que paciencia y a aguantar.
Ya dentro de la ciudad, las pretendidas plazas de parking estaban en manos de otros privilegiados y empezamos a dar vueltas. Vueltas que nuestros respectivos GPS interpretaron cada uno a su criterio, lo que supuso que nos separáramos una vez más. Así que en cuanto pasé una vez más por la cercanía del puente del atasco, desembarqué a mis hermanas de desplazamiento para que se fueran con el resto hacia el mercadillo, o a donde fueran capaces con aquel gentío, mientras yo iba a la desesperada, río abajo y en dirección opuesta al mercadillo, a buscar un lugar donde dejar el auto.
Y la suerte es de los osados. Un centenar de metros más abajo, lo que hace el pensamiento positivo mezclado con la suerte, consigo encontrar una "visitanta" (obsérvese el término inclusivo) que abandona su plaza, amplia, a la sombra, en la ribera del río y bajo el castillo... Así es la vida.

Comiendo cada uno a lo suyo
Como ya estamos separados, decido seguir por libre, desechando la idea de andar de mercadillo, y me doy una vuelta por las calles de los alrededores del Castillo, que, ya que no hay opción a visitarlo por dentro, sí al menos verlo por fuera.
Me encuentro a los Julios buscando desesperados donde comer, con lo que decido que para qué perder tiempo si en el coche llevo mi neverilla con restos de pitanza y, sobre todo, cerveza fresca que me permitirán disfrutar más tarde un bocata a la orilla del río. Genial idea. Así que visito los alrededores del castillo con más calma, subo hasta las alturas de un mirador para disfrutar las vistas de la población... Un lujo.
Y luego el mayor lujo de bajarme hasta la orilla del Loira, sentarme en una pequeña balsa embarrancada bajo la sombra de un árbol... y zamparme un rico bocata de jamón, una cerveza bien fresca y un melocotón de postre... Sin igual!
Luego de mi solaz y almuerzo, me pongo en contacto con mis compañeras de viaje y los Topos, que todavía andan ultimando su comida, pues se han sentado en un restaurante y aún están en ello. Así que, con calma y precisión inglesa, paso a recogerlas para continuar camino hasta Chaumont.

Chaumont y los minicastillos
El castillo de Chaumont era otra de mis "deudas pendientes" porque, en su día, no lo visité por lo disparatado del precio de la entrada y no se podía fotografiar. Así que agradezco la nueva oportunidad de visitarlo al fin.
Cómo no, está en obras de restauración en su fachada oriental, pero son obras menores y no estropean la vista exterior del castillo.
El interior es un deleite de detalles de enseres que están muy cuidados. Es curioso que, al contrario que en otros países como el nuestro y el vecino Portugal, estos enseres no están sujetos ni atados con cables de acero como llegué a ver, ya años atrás, en el palacio da Pena en Sintra. Lo que hace la educación y el civismo.
Después del castillo en sí, visita a los anexos, caballerizas y otros edificios, que alojan, como ocurriera en el interior del propio castillo, diversas exposiciones de arte moderno. Vuelta por los jardines para obtener otras perspectivas y tras la visita, que se me antojó corta, francamente, pero que se compensó con el vueltón que tuvimos que dar, tras intentar salir por donde entramos, para llegar a la salida "oficial". Y continuamos camino al parque temático de los "Mini-Châteaux de la Loire".
Este parque se me antojaba que sería algo así como muy infantil. Supongo que por prejuicios personales de lo "mini". Pero no. A alguien, en 1996, se le ocurrió construir este precioso parque, que recrea los castillos con una mimosa fidelidad. Unos cincuenta maquetistas lo construyeron. Solo para construir el castillo de Chambord fueron precisas 2500 horas...
Es un paseo por unos castillos hechos a una buena escala, con todo el lujo de detalles incluso en los jardines que los circundan, hechos a perfecta imagen de los reales. Un placer verlos en una especie de "a vista de pájaro" que permite observar múltiples detalles que no serían visibles salvo a "ojo de dron". Un acierto inmenso, dada la imposibilidad de visitarlos todos tanto por cuestión de tiempo como "de base imponible".

De las cenas por libre
El plan permite cena "cada uno a su bola", con lo que cada unidad en lo automotriz decide por su opción preferida.
Los Topos y los Julios optan por seguir el plan en el Burguer King sin mayores contratiempos, pero los innovadores que deciden visitar Le Mans... Mejor reproducirlo en sus mismas palabras merced al testimonio escrito de WhatsApp:
Los Magantos optan por una cena romántica: Le Mans chulo! Pero todo cerrado. Hemos intentado comer en dos sitios pero no ha habido suerte. Uno lleno y otro que tenía bastante buena pinta con raclette, fondue, ... cerrado. ...No problema, cenamos en el hotel cuando lleguemos!
Los Santana, por algo funcional en KFC: ...aquí nos quedamos presos en el drive-thru del kfc por el antojo y nos rindió casi 1 hora ... fue un horror, una vez que entramos nos quedamos presos en la fila… pero al menos me comí el pollo bien hecho (Lo que visto con perspectiva, no deja de ser un logro).
Y las "Hermanas Banet", comimos en el "Bistro Régent". Agradablemente, en las mismas palabras de Ana: Nosotros hemos cenado muy bien en frente del burger, hay varios que están abiertos. En la zona que tenía previsto mi hermano. Si es que no hay nada como seguir la planificación hecha con esmero por el loado líder! Y, además, mis queridas hermanas en lo gastronómico, tuvieron la inmensa amabilidad de invitarme a la cena. No se puede acabar mejor un buen día: Gracias!

Fase III: Normandia, St. Michel... y volver

Lunes 9:
La larga marcha a Normandía

Museo del desembarco
A una hora decente, como las nueve, nos dirigimos a Arromanches para visitar el museo del desembarco, que íbamos a visitarlo nada más abrir. Buena idea, porque a la salida vemos que hay una cola importante para entrar.
Nos da tiempo, cronológico y climatológico, para un breve paseo por la preciosa playa antes de entrar al museo, en el que lo más relevante es la muestra de la ingente obra de ingeniería de lo que llamaron el "Port Winston". Y la verdad es que lo que allí se construyó en tan poco tiempo, un puerto con superficie equivalente a 1000 campos de fútbol, fue impresionante. Aún quedan en la costa resto de los arrecifes artificiales que se construyeron para su protección.
Las maquetas que se pueden ver en el museo, incluso con simulación del oleaje, muestran a escala la que fue una impresionante construcción, con puentes articulados desde el puerto hasta la playa.
La verdad es que, quien más quien menos, todos nos sentimos conmovidos al ver los documentales de la época, imaginando lo que debió suponer aquello.

Por los caminos de cabras donde me lleva Sygic
Ahora tocaba la visita a los restos de las baterías de costa alemanas, así que al coche.
La cosa es que pongo mi GPS (SYGIC) que me lleva hasta un camino de tierra que está bloqueado porque parece ser un camino privado a alguna de las fincas agrícolas. Decido meterme a mi criterio por otro camino paralelo, aún peor, que hace que mis pasajeras, y yo mismo, dudemos del correcto fin de la aventura. Tuve que ir por fuera de las rodaduras marcadas en el camino para evitar charcos de profundidad indeterminada y posibles golpes en los bajos (del coche, aunque temía que ocurriera como si fuera en los propios) y así, deslizando a veces en el verde y otras chapoteando inevitablemente en algún charco, llegamos, embarrados pero enteros, al destino.
De estas baterías aún se conservan varias, suficientes para hacer las fotos de rigor, subidos en los cañones que aún quedan. También observamos los cráteres, ya cubiertos de hierba, de los impactos de los obuses con que fueron bombardeados. Debió ser un horror.
Breve recorrido circundando el recinto y nos vamos para Bayeux, donde estaba prevista la comida.

Paseo y llantar en Bayeux
Al llegar nuestro coche a Bayeux damos una pequeña vuelta de más (cómo no), debida esta vez a que me esperaba un parking abierto y en la calle. Y no, resulta que, aunque abierto, estaba en una especie de patio de manzana interior de un edificio. Pero llegamos a tiempo, los primeros, si no contamos el incidente.
Luego, a buscar el restaurante "Le Florentin", que encontramos coqueto y rojo en su decoración exterior. No tenía mucha pérdida.
Pero lo grande fue para la sufrida posadera que nos tenía que recoger la comanda. No sé cómo no se hizo el harakiri con el boli. Los 17 que éramos, cada cual intentando explicarle en idiomas surtidos y entremezclados nuestra elección. Para que luego digan de la amabilidad española. La francesa no se queda atrás. Porque lo único que sabíamos decir correctamente (el Topo para eso no perdona) era lo de "eau petillant" para pedir el agua con agujeritos.
Pero, con dedicación y paciencia, pudimos hacer nuestros encargos para comer más tarde y nos fuimos a dar el paseo de rigor por la ciudad, pequeña pero vistosa, con su río encajado entre las casas, su catedral, que no hay ciudad que se precie y no tenga una, sus casas con vigas de madera...
A medio comer casi, Jenny y Joselito se adelantan para hacerse el consabido test COVID, llevándose los walkies y dejando a sus respectivas parejas sin comunicación por radio, lo que merece también algún comentario cáustico al respecto.
Test negativo y camino de la playa de Omaha.

Omaha: triste historia, preciosa playa
A ver, que no se diga, esta vez la culpa de irnos al siguiente destino, saltándonos el de Omaha, fue por la equivocación al seleccionar las coordenadas en el GPS, no del GPS en sí. Pero la gracia fue que nos fuimos, sin duda ni sospecha, hasta Pointe du Hoc, en lugar de al cementerio americano de la playa de Omaha. Así que fue un viaje de ida y vuelta. Y, para colmo de males, se me acaban las baterías de la cámara, ya viejas y que cargan poco.
Pero que no se diga. Habiendo móvil para tirar de él y aprovechando que las condiciones de luz son buenas, no me voy a echar a llorar.
Triste recuerdo ante la recurrida imagen del cementerio plagado de cruces, y alguna estrella de David, perfectamente ordenadas. Un cierto escalofrío por el recuerdo de la barbarie vivida en aquella playa. No me parece tampoco de debiera ser un lugar para el turismo, como aparenta, quizá ser más lugar de peregrinación. Pero hemos venido a disfrutar, además de a conocer, así que, tras la visita al cementerio, nos bajamos a la playa, en plena marea baja.
La playa está preciosa con tanta extensión de arena. Aquí las mareas no son cualquier cosa. Hasta tractores llevan a la orilla para el acarreo de embarcaciones.
El agua no está tan fría como anunciaba la programación. No llevábamos termómetro, pero viendo que Almu metía los pies sin problema, no podía estar fría. Así que breve paseo hasta la orilla y las fotos de rigor.

Intercambio de camisetas del Maganto y Sarita
También en esta playa ocurrió otro hito a señalar: De repente, alguien cae en la cuenta, tras varias jornadas de uso, de que a Jose la camiseta lima-pistacho le está raquítica y que a Sara la suya le está tremendamente holgada... Y Jose se percata del hecho de que, al ponérsela por primera vez, ya notó cierta dificultad para abrocharse los botones... Joooooopéeeeee! Resulta que en el reparto de camisetas que se hizo en casa de los Topos, en el briefing pre-viaje, se las repartieron mal. Y se dan cuenta ahora! Claro que con las sudadas ya no es plan de intercambiárselas en esta ocasión, pero queda anotado para esta crónica.
Después, vuelta atrás para ir hasta la "Pointe du Hoc", algunos por segunda vez (qué se le va a hacer), en donde hacemos un breve recorrido por los restos de bunkers de la zona.
Y tras esto, a Caen, en donde hacemos una breve visita de la ciudad, castillo y catedral incluidos, para después ir a cenar, cada cual a donde le apeteció.

Martes 10:
Mont Saint Michel: Al fin!

Segunda concesión al fotógrafo
Por fin! Mi asignatura pendiente, al alcance de mi cámara. No quiero aburrir con mis viejas historias, pero este era un lugar que quedó pendiente hace muchos años y me emocionaba especialmente el estar allí. Miedo pasé, porque el tiempo nublado y la luz acompañaban poco para unas buenas fotografías. Pero el tiempo fue clemente y me propició incluso unos cielos nubosos para mejorar el paisaje.
Esto supuso mi separación del grupo y el dejar el momento de la comida para cuando fuera posible, porque vivir aquello con delectación era prioritario. Así que retrocedí por la pasarela desde donde nos dejara el autobús gratuito que, desde el parking no tan gratuito, era el único medio de transporte rodado a la isla.
Me fui alejando del camino de todo el mundo para irme por las praderas laterales hasta donde empezaba la línea de marea alta, a derecha, y por la izquierda hasta donde me dio, para hacer mis soñadas fotos. Hice no sé cuantas para no perder la oportunidad de tenerlas con las mejores perspectivas a mi alcance y, sobre todo, para asegurar que tendría, al menos, una sin errores ni problemas.
Luego ya fue cuestión de no matarme en el lodo deslizante y de aguantar con las piernas que, aunque ya sin las dichosas agujetas, tenían que aguantarme para la vuelta y, lo más duro, la subida por las cuestas de la isla.

A la búsqueda del grupo perdido
Y a ello me puse. En cuanto estuve al alcance de la radio, pedí información de la ubicación del grupo, que estaba ya comido y haciendo sobremesa hasta la hora de visitar la abadía. Pero... las explicaciones del querido líder no están a la altura de mis entendederas, por lo que después de ir y venir (subir y bajar, mejor dicho) varias veces siguiendo sus indicaciones, consigo aparecer justo por encima de ellos, lo que me permite hacer una foto del grupo en su reposo y, tras pasar por un estrecho paso descendente, en el que lo del COVID no parece ser un inconveniente, me reúno con el grupo.

El paseo por la catedral y el lodazal
Tras el momento de reunión y un breve reposo, mi comida queda para más tarde, nos vamos subiendo hacia la entrada a la abadía. La verdad es que está visto que el COVID lo coge el que lo tiene que coger, porque con el amasijo de gente que deambula por las estrechas calles, por mucha máscara y mucha historia, y aunque estemos en el exterior, la cosa es como para pillarse hasta algo venéreo. Pero, visto que nadie ha denunciado contagio, se ve que somos resistentes.
La subida es rampante, y se ven algunas fuentes con grifos como para gigantes, no sé si para que los antiguos abates se limpiaran el barro de sus andanzas por el exterior de la isla o para calmar la sed de subirse las cuestas increíbles.
Pero merece la pena el esfuerzo. La construcción es magnífica la mires por donde la mires. Los arcos y contrafuertes, bóvedas inmensas, altísimas, hacen valorar la habilidad e ingenio de los canteros que las construyeron.
Luego de ver el impresionante interior, hacemos un recorrido por la muralla exterior para alcanzar la entrada y, los más osados, irse a enfangar por los alrededores de la muralla, aprovechando que la marea está baja y que hay un camino ya muy pisado por el que transitar sin embarrarse hasta los tobillos. Así Marcos y Elena (Elena y Marcos, tanto monta) consiguen culminar el periplo a la isla.
Tras este recorrido, que yo aprovecho para comerme un apetecido bocata y mi cervecita, iniciamos el camino de regreso.

El photocall
El camino de regreso se hace a pie, para disfrutar del paisaje en un improvisado photocall en las praderas circundantes con la abadía de fondo; ilusiones fotográficas de Raquel, con la ayuda de Jenny como "camerawoman" en arriesgadas poses, incluidas.
Momentos frustrados de foto romántica de los Topos, con su prole que se les pega en la inmortalización del momento, pero a la que consigo lidiar con la ayuda del resto para hacerles una instantánea "de novios". Y, ya puestos, lo mismo con cada pareja. Salvo las hermanas, que regresaron antes para disfrutar de un descanso en una terracita por el camino de vuelta, todo el mundo tuvo su foto.
Así que, parada en la chocolatería donde habían recalado Ana, Inés y Ángeles para hacer nuestro propio descanso y refresco, y al parking, a sacudirnos los 15 euracos de la tarifa plana...
Por el camino, elección de menú para avanzárselo al del grill donde cenaríamos, que era requisito indispensable para que nos atendieran, por lo de la hora a la que llegaríamos, y hasta el día siguiente.

Miércoles 11:
Saint Malo - Dinan - Rennes

Empezamos un día "rarito"
Ya en la hora del desayuno, la cosa amenazaba que iba a ser un día peculiar. Gloria, que venía con su bandejita hacia mi misma mesa, me va a gratificar con su compañía sentándose enfrente de mí. Llega, se sienta... y desaparece de mi vista. Un error de cálculo al pensar que la banqueta estaba fija, hace que se siente más atrás de lo debido y... culada al canto. Menos mal que la cosa fue despacito porque se iba agachando con cuidado y le dió tiempo a que la bandeja quedara sobre la mesa en lugar de llevársela puesta. Al fin, afortunadamente, la cosa queda más en orgullo herido que en maltrechas posaderas. Pero inció lo que sería la tendencia del día, según explicaré después.
9:00H de la mañana. Preparados para salir hacia Saint Malo. El topo pregunta si estamos todos listos para la salida y yo, el último del convoy en ese momento, al ver a todos los coches alineados para la salida, agarro el walkie, contesto un rotundo "todos listos" y el convoy arranca. Como veo que Julio se queda parado, pienso: "eso es que va a respetar el orden que veníamos trayendo". Pero no. Hay que saber que ver los coches alineados y con el conductor, no corresponde exactamente con el concepto "todos listos". Resulta que Gloria aún estaba de camino. Así que Julio salió un momento después... en dirección a Nantes. Un error al poner la dirección en el GPS. Así que, tras una hora de camino, se percata del error y el GPS les anuncia que tienen dos horas de regreso a Saint Malo...

Una broma. Y Gloria que quería ver especialmente esta ciudad. Mala suerte.

De paseo por preciosas ciudades medievales
Así que el resto nos ponemos a la vistita a la "fragata corsaria", un bonito barco de época (o imitación minuciosa) que evoca películas de piratas y sueños de travesías por altamar. Después, iniciamos el paseo por la ciudad, preciosa y amurallada, reconstruida en su interior al ser devastada durante la segunda guerra mundial, con una arquitectura en piedra, conservadora conforme al gusto francés, pero con un encanto muy especial. También hay tres fuertes de los que dos quedan accesibles en marea baja, de los que los Magantos, que quedaron retrasados en la visita, pudieron visitar alguno.
Fotografía del grupo, (parcial, por el episodio de Julio) junto a la estatua del corsario Robert Surcouf, héroe local que estuvo dando por saco a los británicos al servicio de Napoleón I y que llegó a coronel de la Guardia Nacional en la ciudad.
Y salimos a Dinan para la cosa del comer.

Todo el mundo quiere "piñarse"
Reunidos con los Julios y comidos, iniciamos el paseo por Dinan.
Como comentaba, hoy parece ser el día de las galletas, y aunque me lo perdí, parece que Jenny se pegó un curioso revolcón en juegos de pilla-pilla con Daví. Afortunadamente, sin mayores consecuencias que un pequeño raspón y, una vez más, el orgullo herido. Si es que ya no estamos para carreras, oiga. Qué necesidad habrá...
Dinan es una encantadora ciudad, con un casco histórico repleto de casas antiguas, al estilo que ya hemos visto, con un sabor aún auténtico y evocador. Me despisto accidentalmente, y los Magantos también, e inicio un recorrido por mi cuenta, disfrutando de las imágenes que voy pudiendo tomar, hasta que recibo un mensaje de Gloria en que me anuncia: "Banet, apunta, Julio lo ha dado todo corriendo detrás de los niños y se ha dado el revolcón del siglo". Yo le contesto con una humorada, "El día de las galletas", pero la suya ha sido gorda y con complicaciones. El hombro jorobado, las costillas afectadas también... El hombre se resiste a acudir a un hospital, tras verificar que parece no tener dada roto o, al menos, "roto-roto", así que tras un rato de reposo, continuamos camino hasta Rennes, en donde, todos en reunión, vamos a cenar.

El espurgado de una crêpe
Llegados y aparcados, damos una pequeña (pequeña) vuelta por la ciudad para hacer tiempo y llegar a la crêperie "La Rozell", curioso restaurante ubicado en una entreplanta con un escaparate muy evocador y que dispone de una terraza interior, más bien patio, en donde, tras aclararnos con la extensa carta de crêpes, bebidas y combinaciones de platos posibles, nos ponemos todos a disfrutar de nuestras peticiones.
Los Magantos y yo compartimos una sidra local que no está mal. El resto, sidras, cervezas y aguas (petillants o del grifo, siempre al gusto) y, todos, una serie de crêpes variadas, con ricas mezcolanzas al gusto de cada cual... salvo la del maese Topo, que, no habiendo reparado en que la suya podía llevar cebolla, no hace la observación al pedirla y... zas! Cebollazo al canto! Pobre muchacho, qué disgusto! Esta vez no en forma de caída, claro, sino de rato dedicado a expurgar los trozos de cebolla con minuciosidad quirúrgica y soportar el regusto cebollero, que ya sabemos que en esto de detectar la cebolla, es como si fuera perdiguero o sabueso.

Vuelta a Francia nocturna con Sygic
Ya de vuelta a Rennes, embarcado con mis hermanas de viaje, y merced a mi querido GPS, les ofrezco a éstas un estupendo tour nocturno por procelosas y variadas carreteras, haciendo un recorrido nocturno e inesperado, para acabar, una vez más, encaramado en el camino de bicis/peatones por el que la inefable locutora de Sygic insiste en llevarme hasta el hotel. Menos mal que la comprensión de mis queridas Ana, Inés y Ángeles, sigue intacta y no hacen leña del caído árbol (por segunda vez).
Pero, finalmente, llegamos a nuestro IBIS querido y finalizamos el día sin más quebrantos.

Jueves 12:
Nantes - Niort - Burdeos

El trenecito de Nantes
A pesar de los primeros temores, lo de Julio parece que va mejorando. Duerme bien y parece que se maneja, más o menos. Una tranquilidad.
Salimos pues para Nantes, hacia la isla que forma el Loira en medio de la ciudad, en donde aparcamos para empezar a disfrutar de una mañana lúdica.
Primero vamos dando un paseo hasta al castillo, que queda fuera de la isla, en donde los más se quedan disfrutando o viendo disfrutar del tobogán gigante que recorre la muralla por su exterior. Pobre Elena que, por falta de talla, no le permiten bajar.
El resto de decididos, se desliza a toda velocidad cuantas veces pueden mientras yo hago un recorrido por lo visitable del castillo. Al final, llego a tiempo de capturar una imagen de la bajada de Raquel, que desciende con cara de velocidad, lo supongo, porque entre mascarilla y gafas de sol es difícil si la lleva de felicidad o de terror.

Del tobogán del castillo a la Isla de las máquinas
Y de allí nos vamos a la parada del "trenecito" junto a la catedral (en obras, cómo no) que nos llevará en una nueva interpretación de "turistas guiris" por las calles de la ciudad, visitando, cómodos y sentados, los sitios más interesantes a criterio del conductor/propietario del convoy.
De nuevo en la isla para ver las máquinas y atracciones de la Ciudad de las Máquinas, parque de atracciones formado por unas máquinas alucinantes diseñadas por François Delarozière y Pierre Orefice a partir de los universos mecánicos de Julio Verne y Leonardo da Vinci. Sólo vimos la parte exterior, pero el impresionante elefante mecánico resulta de una genialidad increíble. También alguna otra máquina más que, junto con el tremendo carrusel elevado, forman lo más atractivo de la visita.
La opción del carrusel grande se ve frustrada para el paseo de los pequeños, que tienen que conformarse con la versión reducida y económica de un tiovivo más normalito.
De ahí, camino del restaurante donde comeremos, pasamos por un escenario "lunar" en donde, cómo no, hay también camas elásticas donde los pequeños, y algunos no tan pequeños, saltan y hacen las cabriolas necesarias y otros aprovechamos para descansar.
Fotos de rigor por el camino, incluyendo del destructor-museo amarrado en la otra orilla y otros experimentos visuales con los Maganto y a comer.

De pollos y ensaladas (y cerveza!)
Llegamos al tremendo merendero que vive de servir unos ricos pollos que, por lo que se entiende, tienen denominación de origen pero que, debido al COVID, no son los que pueden servir en estos momentos.
Aún así, una vez conocido y entendido el método de atención al público, nos hacemos con nuestros pollos y bebidas para disfrutarlos en unas mesas corridas, una especie de "Mingo" madrileño pero en un entorno menos castizo y a la orilla del Loira en lugar del Manzanares, que sale perdiendo como río por goleada.
Después de comer, y espontáneamente, se va acumulando una pirámide humana que inician los varones más "pequeños" de la expedición, a saber, Marcos, Daví, Javi y Jose, que se suben a un banco elevado, a modo de jueces de silla de un partido de tenis, y a la que se van incorporando poco a poco el resto de integrantes de expedición. Miedo me da, porque el banco no está previsto para tanto peso, pero aguanta y no sufrimos ningún nuevo percance.
Y a Niort.

En Niort y no vimos más que el parque... snif
Niort... Niort... Me suena. Pero como aparcamos en un parking en el centro moderno de la ciudad, no la reconozco. Después, ya de vuelta en casa, compruebo que había un vetusto castillo también, con su río, La Sèvre Niortaise, al pie... una oportunidad de castillo perdida.
Bueno, en todo caso, es momento previsto en especial para los infantes. Ahora es cuestión de juegos de agua en los chorros de la fuente de un parque. Los más pequeños lo disfrutan como lo que son, tapando los chorros o corriendo bajo ellos. El resto, mirando y descansando a la sombra.
Luego a una heladería/gofrería en donde se remata la faena con uno u otro dulce al gusto de cada cual.
De ahí nos vamos a cenar a un autoservicio Flunch, en Sainte Eulalie, una pequeña población camino de Lormont en donde pasaremos nuestra última noche francesa.

Viernes 13:
Duna de Pilat - Alhama de Aragón

El atasco en la duna (Una tradición perdurable)
En esta ocasión, decido descansar de la opcional visita a la duna en cuestión, ya que estoy molido y, aunque según el Topo, y la guía que ha consultado, es lo más visitado de la zona tras el Mont Saint Michel, me quedo para reunirme más tarde con ellos allí, en el parking de la duna.
Este año, el atasco me toca a mí, pues a ellos, más madrugadores, el tráfico los ha tratado bien. Pero no importa, aunque pensaba que me daría tiempo a ver algo de la duna. No hubo caso y no me quedó más que aguardar para que regresaran todos.
La duna es un tremendo montón de arena acumulada entre el mar y un pinar en el Parque Natural Regional de las Landas de Gascuña, en la boca estrecha de la Bahía de Arcachón, que, pienso yo, irá perdiendo terreno poco a poco, si no es que los turistas se la acaban llevando pegada en los pies.
Gloria, esforzada ella, llega a tiempo de alcanzar la cumbre de la duna y disfrutar del panorama.
A todos les ha parecido estupenda la aventura de subir por el empinado arenal, fotos hay que lo atestiguan, y me critican lo que me he perdido por un poco más de sueño. Pero a lo hecho, pecho, con lo que quedamos dispuestos para el regreso al solar patrio.

El paraíso perdido (Julio strikes again)
Así que volvemos a los peajes, al calor y a los extravíos. Vamos intentando ahorrar gasolina para llegar a repostar a España, para ahorrar unos euros, pero al final, entre que los límites de la frontera no están muy claros y que me lío en una gasolinera sobre el tipo de gasolina (y su precio elevado), acabo saliendo de la autovía para encontrar otra opción. Y ahí la pifia. Luego de dar un montón de vueltas consigo encontrar una y volver a la ruta.
Pero los Julios y los Santana también han tenido sus más y sus menos con el GPS, por lo que también se pierden un rato para encontrar la ruta adecuada.
Como vamos con demasiado retraso, pedimos el favor de que nos recojan la pitanza del restaurante donde nos la preparan y nos vamos directamente al destino donde comeremos, un sitio de saltar en camas elásticos y piscinas de foam, cerrado exprofeso para nosotros.
Julio sigue con su tradición de cascar algo del coche en cada Oceánica. Y esta vez la cosa es seria. El coche pierde el líquido refrigerante y se pega un calentón. Tienen que parar y dejar enfriar el coche, intentar llegar a una gasolinera para comprar líquido... Gloria dice que el sistema de refrigeración les consume gasolina excesivamente y, al final, el coche dice basta y los Julios tienen que abandonar y regresar sin el coche a Madrid. Una tristeza, pues se pierden la parte del paraíso del relax y el cierre de la experiencia Oceánica.
Comemos los retrasados a la trágala y Raquel, con tanta hambre que hasta olvida quitarse su corrector dental... Tiempo justo para unos saltos más, por agitar la comida, y a seguir camino al balneario.

Voluptuosidad vintage
El balneario es un edificio clásico, mucho (de 1860), en el que se disfruta de un ambiente que evoca el lujo antiguo, con la amplitud de la construcción con sus altos techos y todos los detalles del edificio remozado.
El entorno del lago y los baños termales, con su SPA, completan unos momentos de relax que ya van siendo muy necesarios. Aunque la experiencia del SPA, con el dichoso gorrito de baño calado hasta las cejas, no resulta visualmente muy atractiva, los chorros que te sacuden en la espalda merecen la pena.
Y como los Julios no usarán su habitación, por la ausencia inevitable, y no devuelven el "parné", Ángeles y yo nos damos el gustazo añadido de disfrutar cada uno de una estupenda habitación individual. Lo dicho: voluptuoso.

Y cenamos, a pesar de todo
Luego ya, el momento cena que, como parece que hay alguna fiesta o evento local, es una tarea que se complica para encontrar un sitio para hacerla. Menos mal que, merced a que los Topos son clientes usuales de otro hotel de la zona, nos colocan amablemente unas mesas para que podamos degustar pizzas y hamburguesas.
Durante la cena, momento emotivo en el que hacemos una conferencia con los Julios para ver cómo estaban y tener la oportunidad de despedirnos de ellos, al menos.
También llegamos a la conclusión de que BMW ya no es lo que era y Almudena aprovecha para darles, a los de BMW, un rejonazo de muerte.
Como estamos alejados de la luz ambiente, no tenemos más medio para ver lo que hacemos/comemos que usar los móviles a modo de luminarias improvisadas. Supongo que debido a ello Raquel se pone la hamburguesa de corpiño, pero el daño no es demasiado y todo queda en un repaso y retirada de algunos restos por su fisonomía.

Sábado 14:
De regreso a casa

Último desayuno y cada cual a los suyo
Llega la última mañana de la expedición Oceánica de 2021. Bajada a desayunar por turnos. Turnos que no parece que el personal del hotel se empeñe mucho en hacer respetar, porque nos sentamos en las mesas que van quedando libres sin mayor control, asi que, al final, coincidimos todos en el restaurante.
Desayuno finalizado y llega el momento de las despedidas. Los Maganto y los Topos aún disfrutarán un rato más del lago y el SPA, pero mis hermanas adoptivas y yo optamos por el regreso tempranero.
Abrazos y efusiones de despedida, agradecimientos al Topo por sus desvelos, al resto por lo disfrutado en su compañía, y de vuelta a la ruta para acabar depositando indemnes a mis compañeras de viaje, Ana, Inés y Ángeles, con la esperanza de que hayan disfrutado tanto como yo del viaje.

A modo de resumen
Una vez más se confirma que los viajes en compañía son mejores que en solitario, especialmente cuando se hacen en tan buena y escogida compañía y que el esmero del Topo en el cuidado de los detalles, permite que todo encaje, en más o en menos, y evita muchos contratiempos, permitiendo ir con despreocupación (salvo en lo de respetar la planificación) por los sitios visitados.
También se confirma que existe una rivalidad entre los GPS para hacer las rutas distintas de las de la competencia, porque la disparidad de rutas que planificaban para cada destino, era motivo de chascarrillos y bromas y que, a veces, resultaba un tanto cabreante el intento de las locuciones para reconducirnos por caminos distintos de los que le marcaba el líder.
Y que he notado, con tristeza y envidia, que las carreteras españolas son bastante peores que las francesas y que, a mi pesar, también he de reconocer que la educación vial (y en general) de los franceses, supera con creces a la de los de los paisanos de nuestra tierra.
Hay que hacer mención especial de lo observados que hemos sido con nuestras indumentarias uniformadas, por las veces que nos han interpelado por nuestro origen e intenciones, con lo que te queda una sensación de responsabilidad y compromiso por la imagen de ciudadanos del reino que vamos dejando por ahí. Pero, asunto de mudas aparte, he de reconocer la utilidad del uniforme para reunirse cuando uno se aleja del grupo.
También, que lo de los horarios apretados es causa de las continuas búsquedas de Toilettes en cada parada que hacíamos: No hay paradas sin un pis (al menos).
Que Julio tiene una rara habilidad para complicarse los viajes con los "sucedidos" en sus coches, a lo que, en esta ocasión, pudo contribuir la siesta de tres horas en el coche con el aire acondicionado encendido, de reposo tras su "accidente en las carreras". Aunque, también hay que decirlo, tiene suerte dentro de la mala suerte, porque el coche se le podía haber estropeado justo al principio, que hubiera sido mucho peor.
Y que, también Julio, tiene unas ranas mimadas y telecontroladas que, a pesar de Telefónica, cuida con desvelo.
Por fin que, a ciertas edades (o en ciertos días u ocasiones, no sé), no es bueno correr y que hay que mirar antes de sentarse...
Y que, queridos todos, ha sido un placer compartir con vosotros todas estas experiencias.
Un abrazo bien grande y que los dioses os guarden.